—¡Hey! —murmuro, aguantando la risa—. ¿Me puedes bajar? No soy un saco de papas que te cuelgas al hombro cada vez que se te antoja. Continúa caminando e ignora mi pedido. Se detiene frente a la puerta y antes de abrirla, pellizca mi culo. —Pesas más que un saco de papas. Suelto un quejido y a modo de protesta le doy un puntapié. Me encantaría que golpeara directamente sus huevos, se lo merece por pendejo. —¡Acabas de llamarme... —Oh no. No, no, no no —corta, entrando a mi habitación y dirigiéndose expresamente al baño—. Vas a empezar a analizar una a una mis palabras, las vas a malinterpretar y luego te enfadarás conmigo por una conclusión absurda, que sacaste tú misma. —¡Me llamaste pesada! —bufo, removiéndome y evitando a toda costa, que termine aventándome a la ducha—. No só

