Después de haber recorrido las calles sin rumbo alguno durante la tarde entera, decidimos que era hora de regresar; yo a mi casa y a Bruna, y él a la suya, y a las decenas de llamadas perdidas que debía devolver. Pasando raya, y a pesar de mis mejillas coloradas, la transpiración bañándome la piel y las ampollas en los talones que los tenis me dejaron, lo de hoy ha sido sublime. Lo de hoy lo puedo describir como perfecto e inigualable. Una simple caminata se convirtió en uno de los momentos más felices de mi vida, un momento que voy a atesorar siempre; cada segundo del día que nos llevó justamente ahora, a estar parados frente al portón que separa la calle del jardín. —Estaba pensando en algo importante —digo, estirando la mano para sujetar la pequeña reja de alambre. Ladea la cabeza

