Escuchando con suma atención mis palabras, empezamos nuestro recorrido. Hablamos de mi ciudad, de mi país y del suyo, e incluso en tanto intercambiamos opiniones culturales le mostré la escuela a la que concurrí y también, pero de lejos, la casa de mi madre y a unas cuántas cuadras de distancia, la de mi padre. —¿En serio fuiste capaz de destrozar su rosal? —pregunta al cabo de unos minutos, tras haber escuchado una de mis anécdotas de la infancia favoritas. Hemos pasado más de treinta minutos caminando y yo no he parado de hablar. A duras penas si le he permitido mediar palabra entre una oración y otra. —No fue mi culpa —me defiendo. Todavía recuerdo aquella terrible mañana. A mamá casi le dio un patatús cuando vio su jardín... Deforestado—. Era el día antes de la fiesta de primave

