Capítulo 1: El Filo de la Humillación
POV: Henry Philippe
El carruaje real, un prodigio de madera lacada en azabache y molduras de oro, se mecía con una violencia que Henry Philippe encontraba extrañamente satisfactoria. Cada bache en el camino hacia Versalles era un eco del desprecio que rugía en su pecho.
A sus veinticinco años, el Delfín de Francia no estaba acostumbrado al rechazo, y mucho menos a la humillación de llegar a un territorio lejano para recoger a una prometida y tan solo encontrar una habitación vacía acompañada de una nota impregnada de un perfume barato de lavanda.
“No seré un peón en su tablero, Alteza”, decía la carta de Anne Marie.
Henry apretó el pomo de su florete, el frío metal grabado con la flor de lis enterrándose en su palma.
—Cobarde —susurró para sí mismo, mirando a través de la ventana cómo los bosques de Maine se cerraban sobre el camino como las fauces de una bestia.
No le dolía el corazón; el amor era un concepto que su educación rígida había diseccionado hasta dejarlo sin vida. Le dolía el orgullo.
Su madrastra, la Reina Consorte, estaría celebrando en este momento. Podía imaginar su sonrisa gélida mientras conspiraba con su hermanastro para arrebatarle el trono.
Sin un matrimonio, sin un heredero, Henry no era más que un príncipe en espera de una ejecución política.
—Alteza, su mente está muy lejos de aquí —la voz de Marco Pinneult lo sacó de su trance. El capitán de la guardia real estaba sentado frente a él—. Si sigue apretando la espada de esa forma, va a romper el acero antes de que lleguemos a palacio.
—La próxima vez que mi padre me ordene casarme con la hija de un marqués para salvar la corona, Marco, asegúrate de que la mujer esté encadenada al altar —respondió Henry con amargura.
—El amor es confuso para quienes solo conocemos la guerra, Henry —dijo Marco, usando su nombre de pila en la privacidad del carruaje.
—La seguridad del reino es lo primero, Henry—dijo Marco con seriedad—. Su madrastra moverá ficha en cuanto pise Versalles sin una mujer al brazo.
Henry iba a responder, pero el carruaje se detuvo en seco. El relincho de los caballos fue cortado por un grito humano que se apagó rápidamente.
Silencio, un silencio denso, cargado de la humedad de la noche.
Henry no esperó órdenes. Pateó la puerta del carruaje y saltó al suelo de tierra, su capa negra ondeando como el ala de un cuervo. Marco estaba a su lado en un segundo, desenvainando su espada con una eficiencia letal.
Frente a ellos, una banda de forajidos bloqueaba el paso. Eran sombras envueltas en harapos, pero bien armadas. Henry sintió una chispa de excitación eléctrica recorrer su columna.
Esto era lo que necesitaba: algo a lo que pudiera herir, algo real, con lo que se pudiera desquitar.
—¡Entreguen las pertenencias y la vida del noble será perdonada! —gritó un hombre desde la oscuridad.
Henry soltó una carcajada seca, desenvainando su florete. La hoja brilló bajo la luna plateada como un rayo capturado.
—Vengan por ella —desafió, su voz fluyendo con una autoridad aterradora—. Pero les advierto que mi honor cuesta más que todo el oro que cargan sus mulas.
La lucha estalló en un caos de acero contra acero. Henry se movía con una gracia depredadora. No era el baile coreografiado de la corte; era una danza de muerte. Desvió un hachazo, hundió su bota en el estómago de un asaltante y, con un giro de muñeca, desarmó a otro. Pero entonces, lo vio.
Desde el flanco derecho, una figura surgió de las sombras. Era más pequeña que los demás, vestida con un jubón de cuero oscuro y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro. Un pañuelo oscuro cubría su boca y nariz, dejando solo sus ojos a la vista.
Henry se quedó sin aliento. Eran los ojos más extraños que había visto: un azul profundo que viraba hacia el violeta, brillantes como amatistas bajo el fuego de las antorchas.
El desconocido cargó. Su arma no era un machete tosco, sino un florete de una calidad sorprendente. El choque de sus hojas produjo un sonido cristalino, una nota alta que vibró en el aire. Henry bloqueó una estocada dirigida a su garganta y sintió la fuerza del impacto. Era un espadachín hábil, rápido como una cobra.
—¿Quién te enseñó a pelear así, forajido? —preguntó Henry, su voz volviéndose baja, casi íntima, mientras sus hojas se deslizaban una contra la otra en un forcejeo constante.
El oponente no respondió, pero sus ojos se entrecerraron en un desafío silencioso. Henry comenzó a presionar.
Sus movimientos se volvieron más fluidos, más arriesgados. Buscaba la cercanía. En un movimiento audaz, Henry giró sobre su propio eje, quedando a escasos centímetros de la espalda del extraño, y pasó la hoja de su espada por el costado del otro, no para herir, sino para desestabilizar.
Al chocar cuerpos, Henry sintió algo que no cuadraba. Debajo del chaleco de cuero, hubo una resistencia flexible, una suavidad que no pertenecía a un hombre. Su brazo rozó una curva que lo dejó paralizado por una fracción de segundo.
Es una mujer...
El descubrimiento envió una oleada de calor a su sangre. Henry cambió su técnica de inmediato. Ya no quería matarla; quería desarmarla, desnudar su secreto. Se volvió descarado. En el siguiente cruce, en lugar de retroceder, Henry avanzó hasta que sus rostros estuvieron a milímetros. Podía olerla: no era el aroma a sudor y suciedad de los demás, sino algo parecido al acero frío y a la libertad.
—Peleas como un ángel caído —susurró Henry, su mirada fija en esos ojos violetas mientras sus espadas formaban una "X" entre ellos—. Pero te mueves como alguien que tiene mucho que esconder.
Ella intentó zafarse con una patada, pero Henry fue más rápido. Atrapó su muñeca y, con un movimiento magistral de su mano libre, enganchó el borde del pañuelo que cubría su rostro.
Lo tiró hacia abajo.
El tiempo se detuvo. Debajo del sombrero, unos mechones de cabello platinado, casi blancos como la nieve pura, cayeron sobre su frente. Su piel era pálida, sus labios finos y apretados en una mueca de furia. Era una belleza salvaje, una criatura que no pertenecía a los salones de Versalles, sino a las leyendas.
Henry quedó hechizado. Su guardia bajó por un instante, el corazón martilleando contra sus costillas con una fuerza que nunca había sentido por sus amantes de seda y perfume.
—Tú... —alcanzó a decir.
Pero no pudo terminar. Un golpe seco y brutal impactó en la nuca de Henry. El mundo se inclinó. La luz de la luna se volvió una mancha borrosa. Sus piernas cedieron y cayó hacia adelante, su peso arrastrando a la mujer con él. Ella, herida y sorprendida, no pudo evitar que el cuerpo macizo del príncipe la derribara.
Lo último que Henry vio antes de que la oscuridad lo reclamara fue el rostro asustado de la chica bajo él y el brillo de una flecha que, de la nada, se clavaba en la espalda de ella.
Un grito mudo quedó atrapado en su garganta mientras el frío del suelo y el calor de la sangre de ambos se mezclaban en la tierra del bosque.
—¡Henry! —el grito de Marco fue lo último que escuchó.
Marco, que acababa de derribar a dos hombres, vio cómo su príncipe caía inconsciente sobre la chica. Antes de que pudiera llegar a ellos, una ráfaga de flechas lanzada desde la espesura del bosque —por el propio líder de los forajidos traidor— obligó a Marco a retroceder.
Una flecha rozó su brazo y otra se clavó en la espalda de la joven.
Al ver a Henry bañado en sangre y rodeado de enemigos que parecían no tener piedad, Marco tomó una decisión desesperada. Sabía que no podía contra todos solo si quería salvar la vida del heredero.
—¡Resistan! —rugió, montando uno de los caballos de escolta que había quedado libre—. ¡Traeré refuerzos!
Marco galopó hacia el puesto de avanzada más cercano, con el corazón en la garganta, dejando atrás lo que parecía ser una carnicería.