POV: Jeanne El refugio de Antonio no estaba en un palacio ni en una academia de prestigio, había decidido el camino de la soledad, tenía demasiados demonios que lo atormentaban. Estaba en las entrañas de una vieja bodega de sal, un sótano enorme y húmedo bajo el nivel del río donde el aire siempre sabía a mar y a hierro. El sonido que nos recibió fue el más familiar y honesto de mi vida: el silbido del acero cortando el aire con una precisión matemática y el choque rítmico de los floretes que resonaba contra las paredes de piedra. Al entrar, nos detuvimos en seco. En el centro de la sala, un hombre de unos cincuenta años, con el porte de un roble de Navarra y una cicatriz que le cruzaba la ceja como un recordatorio de mil batallas, movía su arma con una velocidad que desafiaba los ojos.

