Capítulo 24: El Reino de los Sentidos

1994 Palabras
POV: Jeanne El estruendo de los vítores, ese rugido oceánico de miles de gargantas reclamando una esperanza que yo apenas sentía como propia, finalmente se había desvanecido en la distancia de los jardines de Versalles. El repique de las campanas de Saint-Denis, que durante horas había marcado el ritmo de mi ansiedad con su martilleo de bronce, fue reemplazado por el silencio denso, casi sólido y profundamente perfumado de los aposentos del Rey. La puerta de roble macizo se cerró a nuestras espaldas con un eco definitivo, un golpe seco que pareció sellar una época de mi vida bajo llave. Fuera quedaba la guardia de honor, los espías que se camuflan entre las sombras del servicio de alcoba y la presencia tóxica de Madeleine, que seguramente a estas horas estaría desangrándose de rabia en sus propios cuartos. Me quedé inmóvil en el centro de la estancia, sintiéndome como una estatua de sal en medio de un museo de lujos innecesarios. Todavía llevaba la corona puesta; el peso del oro y los diamantes me recordaba que cada movimiento de mi cabeza ahora tenía un precio político y un peso histórico. Henry se acercó por detrás. Sus manos, las mismas que esa mañana habían sostenido con firmeza el cetro de Francia ante la mirada de Dios y de los hombres, se posaron sobre mis hombros. Sentí el calor abrasador de sus palmas atravesar las capas de brocado de plata y seda de mi vestido, deshaciendo el hielo que se había instalado en mis huesos desde el incidente del tirador en la catedral. —Ya no hay más mentiras, Jeanne —susurró contra mi nuca. Su aliento, cálido y cargado de una emoción que no cabía en los discursos oficiales, envió una descarga eléctrica directa a mi columna vertebral—. Eres mi Reina. Ante las leyes de los hombres, ante cualquier altar que elijamos y, sobre todo, ante cada latido de mi corazón. Sentí sus dedos largos y hábiles inclinarse para retirar la corona de mi cabeza. Lo hizo con una delicadeza casi religiosa, tratando la pieza de joyería no como un símbolo de estatus, sino como un estorbo físico que nos separaba. La depositó sobre una mesa de mármol con un sonido metálico que me hizo estremecer. Entonces, sus manos se enredaron en mi cabello platinado, deshaciendo con paciencia los ganchos, las perlas y el elaborado peinado de la ceremonia, hasta que mis mechones cayeron en una cascada libre y desordenada sobre mis hombros. Me giré para quedar frente a él, atrapada entre sus brazos y la inmensidad de la habitación. Henry ya se había despojado de su pesada capa de armiño, que yacía en el suelo como la piel de un animal vencido. Sus ojos azules, habitualmente una superficie de acero impenetrable para el mundo, ardían ahora con una intensidad volcánica que me hizo olvidar cómo se respiraba. No hubo necesidad de diálogos forzados. Me tomó en vilo con un movimiento fluido y poderoso; mis pies dejaron de tocar el suelo y mi instinto fue aferrarme a su cuello, ocultando mi rostro en el hueco de su hombro mientras me llevaba hacia el gran lecho de seda carmesí que dominaba la estancia. Cuando me depositó sobre la suavidad de las sábanas, la urgencia de nuestra noche anterior —aquella marcada por la sombra de la ejecución— se transformó en algo mucho más profundo, pausado y devastador. Henry se tomó su tiempo, como un hombre que finalmente ha conquistado su propia libertad a través de la mujer que ama. Cada botón de mi vestido que desabrochaba, cada cinta que desataba con los dientes o con los dedos, era una caricia intencionada, un reconocimiento de que mi cuerpo ya no era una herramienta de supervivencia, sino su único santuario real. Sus labios siguieron el rastro de la piel que iba quedando al descubierto con una devoción que me dejaba sin aliento. Besó mis hombros, el inicio de mis pechos y las yemas de mis dedos, como si quisiera borrar con su boca cada cicatriz invisible que la vida de forajida me había dejado. El contacto de su piel desnuda contra la mía fue un choque térmico que me hizo gemir su nombre, un sonido que se perdió entre las pesadas cortinas de terciopelo. —Esta noche el tiempo nos pertenece, pequeña forajida —murmuró contra mi vientre, su voz ronca por un deseo que ya no tenía que esconder tras máscaras diplomáticas—. Quiero descubrir cada secreto que Versalles todavía no conoce de ti. Quiero conocer a la mujer que vive debajo de la armadura que ambos hemos tenido que llevar. La exploración fue total. Henry descubrió nuevas formas de hacerme temblar, utilizando no solo sus manos, sino la punta de su lengua y el roce de su cabello contra mi piel en una danza sensorial que me hacía perder el sentido de la realidad. Me enseñó que el placer no era solo un desahogo, sino un lenguaje compartido; podía ser un susurro suave en la base del cuello o un grito ahogado contra su hombro. Sus dedos trazaron la marca de la estrella bajo mi brazo con una reverencia que me hizo sentir sagrada, y luego descendieron para explorar mi feminidad con una destreza que me hizo arquear el cuerpo, buscando su peso, su calor, el fin de la espera. Nos entregamos el uno al otro con una pasión renovada, libres finalmente de la sombra de la muerte. Sus movimientos eran poderosos, rítmicos, pero cargados de una ternura que me desarmaba por completo. En el clímax de nuestra unión, cuando nuestras respiraciones se fundieron en un solo jadeo y el mundo exterior desapareció bajo el peso de nuestro encuentro, supe que no importaba quién hubiera sido yo en las calles de París. En esta cama, bajo el peso de este hombre, yo era absoluta, era real, era suya... Nos quedamos entrelazados durante horas, con la piel perlada de sudor y el cansancio delicioso de la victoria recorriéndonos los músculos. Henry me besó la sien, manteniéndome pegada a su pecho, donde podía escuchar el latido constante de su corazón, el único ritmo al que ahora quería obedecer. —Te prometo que cada noche será así, Jeanne. Este será nuestro único refugio contra el mundo que intentará devorarnos mañana... [Castillo de Eberstein, Frontera de Austria – A la misma hora] Mientras el silencio y la paz reinaban momentáneamente en los aposentos de Versalles, en las gélidas tierras del este, el escenario era drásticamente distinto. Un carruaje cubierto de lodo y nieve derretida se detenía con violencia ante las puertas de hierro de una fortaleza inexpugnable que parecía brotar de la misma roca alpina. La Baronesa Von Weber descendió del vehículo. Su rostro, habitualmente una máscara de disciplina aristocrática, estaba marcado por las líneas profundas del agotamiento tras un viaje frenético que había desafiado las leyes de la resistencia humana. No había regresado a Austria como una fracasada, sino como la portadora de la noticia que cambiaría el mapa de Europa. Fue conducida de inmediato al salón principal, donde las sombras de las antorchas bailaban sobre las paredes de piedra fría. Un hombre de porte imponente, con hombros anchos y unos ojos de un violeta extraño y penetrante que parecían ver a través de la carne, esperaba frente a la chimenea. Era el Duque Alaric de Austria, un hombre cuya existencia se había alimentado de la melancolía y un deseo de justicia que rozaba la locura. —Habla, Von Weber —ordenó Alaric, y su voz no fue un grito, sino un trueno contenido que hizo vibrar el aire del salón—. Mi red de espías me ha enviado mensajes urgentes que no puedo ignorar. Dicen que hoy hubo una coronación en París. ¿Es ella? ¿Es mi Johanna o es simplemente otra de las impostoras que ese cobarde de Philippe ha puesto en mi camino para intentar humillarme?. La Baronesa se inclinó en una reverencia profunda, una que no contenía rastro de la altivez que solía mostrar en Versalles. —Milord, la búsqueda de una década entera ha llegado a su fin. He visto la marca con mis propios ojos. He tocado su piel y he sentido la misma fuerza que habitaba en su madre, la Duquesa Helena. La mujer que hoy se sienta en el trono de Francia lleva la estrella en el lugar exacto que solo nosotros conocíamos. No hay duda alguna, Duque, es Johanna. Alaric cerró los ojos por un instante. Fue un segundo de vulnerabilidad aterradora donde el dolor de una década pareció desvanecerse de sus facciones, dejando solo la fatiga de un hombre que ha vivido en una tumba. Pero la paz fue una ilusión fugaz. La mano del Duque se cerró con una fuerza tal alrededor de la empuñadura de su espada que el cuero crujió bajo su presión. —¿Y qué hay del hijo del Rey Philippe? —preguntó Alaric, su voz volviéndose peligrosamente gélida, como el viento que azotaba los muros del castillo—. ¿Sabe ese muchacho, ese Henry Philippe, que su padre fue quien orquestó el rapto y la muerte de mi esposa? ¿Sabe que Philippe pagó a sus propios guardias reales para emboscarlas en el bosque, para destrozar mi vida y arrodillar a Austria ante sus pies? ¿O es que Johanna es su prisionera, una marioneta en su juego de poder? La Baronesa Von Weber levantó la vista, encontrando la mirada tormentosa del Duque con una firmeza que solo da la verdad. —No es su prisionera, Milord —respondió con una sinceridad que cortaba el aire—. He pasado semanas observándolos, he intentado desenmascararla, he intentado odiarlo, pero he visto cómo él la mira. Henry Philippe la protege con una ferocidad que no es de este mundo. Él no es como su padre; él ha estado dispuesto a morir por ella antes de que se supiera su linaje. Ella lo ama, Duque. Lo ama con la misma intensidad con la que él la defiende de su propia familia. Alaric se giró hacia el fuego, su silueta recortada contra las llamas que parecían reflejar el incendio que crecía en su pecho. La revelación no lo suavizó; lo endureció hasta convertirlo en piedra tallada. —Entonces ella ama al hijo del asesino de su madre —sentenció Alaric, y el odio en sus palabras fue casi tangible en la sala—. Henry podrá ser su soporte hoy, pero lleva en sus venas la sangre del hombre que destruyó a los míos. El amor no borra el pasado, Baronesa; el amor solo complica la justicia. Si ella supiera que los hombres que masacraron a Helena llevaban el emblema que ella ahora ostenta en su corona... El Duque hizo una pausa, su mirada fija en las brasas. —Prepara los caballos y a mis mejores hombres de la guardia negra. Mañana mismo partimos hacia Versalles. No enviaré emisarios ni cartas. Voy a reclamar a mi hija personalmente. Y si ese Príncipe intenta interponerse entre un padre y su derecho de sangre, o si intenta ocultar los pecados de su padre tras un anillo de bodas... descubrirá que Austria tiene una memoria muy larga y una espada que no entiende de perdones. El Duque miró hacia el oeste, hacia la dirección de Francia, con una resolución sombría. La guerra de las coronas estaba a punto de convertirse en una guerra de sangre y legados familiares, y Jeanne, en su lecho de seda junto al hombre que adoraba, aún no sabía que su mayor enemigo no era la Reina Madeleine, sino el pasado que su padre biológico traía consigo: una verdad que revelaba que el reino que ahora gobernaba era el mismo que le había robado la infancia y la madre. Alaric de Austria no venía a celebrar una boda. Venía a cobrar una deuda que solo podía pagarse con el trono o con la vida del hombre que Jeanne amaba.
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