Les mentiría si les dijera que Kenia se olvidó del cliente ardiente de la mañana, y como no soy mentirosa les diré la verdad: esa mojigata no ha parado de vigilar la entrada de la tienda. Por cierto, un chico de gorra que pasaba casualmente por la acera de nuestra tienda la ha pillado, se le ha quedado mirando como si Kenia tuviera problemas. Y es que con la saliva a mares quien no.
Kenia no es agraciada, pero cuenta con los encantos suficientes para seducir a cualquiera. Cabello rubio oscuro con reflejos rosa en las puntas. Tez media, morena de playa. Carita de no romper un plato, alma de haber derrumbado una iglesia. Personalidad atrayente. Ojos cafés y sonrisa de ángel. Esa era Kenia.
—Kenia, basta —musito harta, le regalo una ojeada mortal de advertencia, se la ha pasado sentada toda la mañana—. Hay que trabajar, debemos revisar el inventario, también quitar el cartel de solicitud a nuevos trabajadores.
—Ariana.
La ignoro.
—Kenia, hay tanto por hacer, siento que el día no me bastará para hacer todo —me masajeo el cuello, duele—. Estoy cansada y no hemos almorzado.
—Ari.
Dios, soy yo de nuevo, por favor, te suplico que le cierres la boca a ese ser. Por favor.
Paro de organizar las camisetas que encontramos en el almacén.
—Ariana. —insistente e intensa, justo como la detesto.
Lo que vi al girarme era algo para lo que ni me preparé. No, no estaba preparada para verlo, y lo hice evidente en mis parpadeos rápidos e inmovilidad de mi cuerpo.
La emoción tira de sus labios, su piercing brilla y le forman esa sonrisa patética que creí no volver a ver. Me encojo ante sus iris brillantes, me intimida la pequeña inclinación de cabeza, o puede ser el peso de sus ojos nuevamente en mí.
Uno de sus brazos sostiene un casco, la otra una bolsa de comida rápida. Mi pulso aceleró, lo escucho en mis oídos, cada palpitación reduce el aire, y no sé por qué me pasa esto.
Por Dios, Ariana, estás cosas no les pasan a mediocres ¿en qué estamos fallando?
Todos estamos en silencio, la radio vieja de mamá sigue emitiendo canciones de Jimmy Henry, trabajo en regular los estragos en mi sistema.
Suspiro.
Trago grueso y hallo mi voz.
—¿Qué haces aquí? —me golpee internamente por sonar tan alegre… tan no mediocre. Esa no soy yo ¿Qué onda conmigo? Cruzo brazos y endurezco mis facciones—. ¿No te había mandado a freír espárragos?
—Sí, pero está muy aburrido por allá —cuenta navegando visualmente la tienda—. Además, no puedo dejarte en paz.
Kenia lo contempla desde sus morbosas fantasías. Ella se alimenta de lo que muestra Nick, resulta impresionada por tan poca exhibición de imbécil.
Amiga te impresionas con tan poco y con lo más fácil.
Continúo con mi drama.
—¿Qué te he hecho? Sea lo que sea pido perdón. —casi lloro.
—No te dejaré en paz, no hasta que almuerces conmigo.
Suelta la bolsa en la repisa, saca los envases de…
—¿Eso es comida china? —inquiere Kenia acercándose, con el hambre que tenemos podríamos comer un elefante entero.
—¿Les gusta?
—No es mi favorito. —le respondo tomando mi envase con el par de palillos chinos.
—A mí me encantas. —se le salió a Kenia en medio suspiro.
—La comida china ¿cierto? —la salvo.
Nick sonrío inflado, todo lo que me costó pisotear y matar a su ego para que mi amiga se lo resucite. En momentos como estos recuerdo porque sigo en nuestra amistad.
—La comida china, claro —ríe nerviosa reparando la metida de pata—, que más, amo la comida.
Es asquerosa la cantidad de fideos que se ha metido en una mascada. Y todo para aparentar amar comer, que lindas cosas les pasan a los mentirosos.
—Gracias por traernos comida, es un lindo gesto de tu parte. —si Kenia pudiera rezarle a Nick ya el santo tuviera tres velas, una por cada fantasía s****l con él.
Voy de nuevo al lunático, necesito fregarlo. Arqueo una ceja, mi mirada solo le ofrece desprecio.
—¿Trajiste kétchup? —sin kétchup no como, es ley, revuelvo los fideos.
—Sí —busca en la bolsa y me entrega un sobre de salsa—, no abuses, tiene picante.
—¿En serio? —leo en presentación del sobre y efectivamente, contiene chile picante.
Abro la papeleta y vierto un poco en los fideos.
Mi cerebro es malévolo, y eso me encanta. Sonrío por la excelente idea que me ha dado.
—Nick —el nombrado me ve atento—, podrías pasarme unas servilletas que están en el último estante por aquel pasillo.
Le señalé dicho pasillo, obviamente no encontraría nada.
Él, muy bien portado, va por lo que le pedí.
Aprovecho a agregarle el resto de la salsa que es mucha en sus fideos.
—Ariana —murmura en tono severo, me reprendía Kenia—, y si no tolera el picante.
—Mejor aún. —le susurro terminando de vaciar el sobre.
—Aquí no hay nada —avisa Nick— ¿segura de que estaba por aquí?
—Sí —afirmo en un grito, apresurándome a batir bien sus fideos para que no notara el color rojizo—, sigue buscando.
—Él ha sido muy amable, Ari —se apiada mi amiga—, nos ha traído algo de comer, no es justo lo que le haces. Pobrecito.
—Él se lo buscó, no me quiere dejar en paz pues tendrá guerra. —le sonrío satisfecha a su caja de fideos.
—No hay nada. —anuncia Nick saliendo del pasillo.
—Estoy casi segura de que los puse allí, quizá están en otro lado. —niego, falsamente apenada.
—Debe ser —secunda Kenia muy seria—. Y dinos Nick, ¿no eres de aquí? Es que nunca te había visto antes.
Nick revuelve sus fideos, mi mirada cae en sus giros y descubrí las venas sobresalientes de sus manos, que a cada giro se tensaban y saltaban a mis ojos. Ok, lo acepto, tiene buenas manos. Pero como es Nick dudaba de si sabría usarlas bien.
¿Usarlas bien para qué, Ariana?
No es tu problema, metida y cochina conciencia.
—No —recibe mi atención—, no soy de aquí, vine por una chica.
Eso me hace elevar mis cejas.
—¿Novia?
Por qué soné enojada.
—Podría serlo —ojalá se te achicharre la lengua—, pero no. No es el momento.
—Debe de ser muy importante esa chica, no cualquiera viaja para ver a alguien. —dice mi amiga en plan de alabar sus buenas acciones.
—Es importante. —me sonríe diciéndolo.
—¿Y por qué estás aquí y no con ella? —pongo mi agria duda en la mesa.
—Porque me he dejado un disco aquí.
—¿Qué? —frunzo mi ceño.
¿Cuándo?
—¿Habías estado aquí? —un toque mas y Kenia estaría más desconcertada que yo.
—Sí, por un álbum de… —hace que sus codos toquen la repisa, me mira fascinado— The Goo Goo Dolls.
Olvido como respirar.
No.
No.
Qué.
Es que no. No tiene sentido. Él no puede ser el…
—¿Eres el…
—Sí —le responde a Kenia—. El Golden Boy ardiente de esta mañana.
Yo sigo sin voz.
—Estuvo buena la broma. —río nerviosa y tomo una gran porción de fideos.
—No es broma y dame eso. —me quita el envase de mis manos.
Me quejo gruñendo, obviamente con la boca cubierta de fideos no podía hablar.
—Tomaste mi caja.
¿Qué?
Miro mi envase sin tocar y… sorpresa, es cierto. HE TOMADO SU ENVASE.
—Joder. —Jadee hiperventilando.
¡Mi lengua!
—¿Qué pasa? ¿Porqué estás tan roja?
Por la capa de la virgen santa, mi lengua arde. Mis ojos se espesan, el ardor era mucho, daba soplidos buscando inserviblemente de refrescarme. Nada. A cada segundo que pasaba el ardor empeoraba.
Kenia admira mi cara en llamas con una gran sonrisa, Nick solo no entendía que pasaba conmigo. Idiota.
—Agua. —pido abanicándome con mis manos, empezaba a sudar, ¿Qué ingrediente tenía ese kétchup? ¿Karma? Joder, esto quema.
Nick ya no era el desubicado, y si no estuviera retorciéndome del ardor en mi boca le hubiese gritado por reírse. ¿Qué es chistoso?
—Te dije que no abusaras con el Kétchup. —risotea negando con la cabeza.
Kenia no tarde en hacerle tregua, ambos son malas personas.
Lo dice la chica que cayó en su propia trampa.
En mi defensa, nunca dije que fuera astuta.