NICK CROSBY
Quizá sea al ambiente, el olor de las velas aromáticas, y hasta el sonido del piano la razón por la que Ariana no lo nota. Su cabeza está en mi hombro, sus brazos hacen el esfuerzo de rodearme del cuello, si fuera un poco más alta lo conseguiría. Me abstengo de decirlo, es un buen momento, tal vez nuestro momento, no lo quiero arruinar.
—¿Te das cuenta que vamos por la tercera canción? —me susurra.
—Ah. —es lo que emito, no le oí del todo.
—Hemos bailado tres canciones.
—¿Tres canciones? —repito sorprendido.
—Increíble.
—Bailemos otras tres. —propongo.
Dios, quiero bailar mi vida con ella.
—Está bien, bailemos otras tres canciones. —aprueba recostando su cabeza en mi hombro, ha estado muy cariñosa, culpo al vino por eso.
¿Culpo? No, agradecía al vino por eso.
La sostengo muy cerca, lo más cerca que me permite, solo quiero hacerle saber que es la única.
—Ariana.
—Uhm. —musita girando su cabeza a mí.
—No me dejes de hablar, no volveré a aventarle café a nadie.
—¿Estaba caliente?
Frunzo el ceño sin entender, muy confuso.
—¿Qué?
—El café ¿estaba caliente?
—Casi hirviendo.
—¿Se lo merecía? —sonríe.
Me preocupa el rumbo de esta charla.
—Llamó imbécil a Luca.
Y nadie insulta a mis amigos, solo yo.
—Pero Luca en verdad es un imbécil.
Carcajeo, es verdad.
—También mi café descafeinado tenía mucha azúcar.
—Descafeinado —corrige exhausta, resopla— ¿cuántas veces tengo que decírtelo?
—Pensé que habíamos superado al café descafeinado. —digo a propósito, exclusivamente para irritarla.
Funciona, suspira y me clava sus brillantes ojos.
—¿Directo a la cara?
Oh, el café.
Asiento.
—En su cara. —pronuncio con satisfacción.
—Bien aventado —felicita asombrándome—. Nadie puede decirle imbécil a Luca, solo yo.
—¿Gracias?
—¿De nada?
Reímos y por mucho nuestras miradas se cruzan, es ahí donde no reímos, en nuestras pupilas únicamente hay atracción, una fuerza invisible que juega en mi equipo, causando cosas en su mente y corazón.
¿También lo sientes?
Ojalá también lo sientas.
Es donde sube si cabeza del todo, muestra cada facción que he grabado en mí, y conozco cada lunar de ese rostro, lo admito, bajo la luz dorada de esta noche ella podría ser mi luna, brilla y sonríe, sencillamente deslumbra.
No hay nada más ni nadie que quiera mirar. Soy todo ojos a ella, y ella a mí.
—¿Una copa de vino? —sugiero queriendo perdurar esta conexión.
Ladea su cabeza, sonríe.
—¿Qué te parece la botella?
Le gusta el vino, captado.
—Tengo una idea loca y desastrosa —le murmuro cómplice—. ¿Te atreves?
—Si saltas, yo salto —amplia su sonrisa—. Te sigo.
Oriento nuestros pasos lejos de la pista, lejos del salón, freno en el pasillo de donde salen los camareros. Veo exactamente a uno salir de la única puerta que hay, una puerta con el cartel de “restringido el paso, únicamente personal autorizado”.
Sonrío travieso, no hago esto desde hace mucho.
Espero a que el camarero salga del pasillo, apenas lo hace camino relajado hacia la puerta. Siendo mi mano detenida por una más pequeña, la de Ariana.
—¿Qué rayos piensas hacer? —masculla en voz baja— ¿No ves el cartel?
—Pediré una botella de vino. —empujo la puerta, abriéndola completamente.
Paro denotando a una sola persona en la cocina. Un camarero.
—¡Estás demente! —las replicas de Ari quedan estampadas con ella en mi espalda.
Ambos ojeamos al camarero. Le sonrío amablemente.
—¿Qué se les ofrece? —inquiere pasando su vista por los dos.
—Una botella de vino —voy al grano sin vergüenza alguna, Ari golpea mi brazo, después de quejarme lo recuerdo—, por favor.
—Eso no será posible. —nos informa sin considerarlo.
Suspiro, frunzo el ceño, un poco cabreado.
—Amigo, he fracturado seis narices —menciono activando su estado nervioso, me mira y lo arponeo con mi mirada—, no querrás ser el número siete.
Asiente, ahora sí lo considera.
—¿Vino blanco o Vino tinto? —nos cuestiona.
Se los dije, tener historial en peleas puede ser de ayuda. Mis ojos se centran en ella.
—No me gusta el vino blanco —manifiesta—, el vino tinto está aceptable.
Me extiende la botella de vino tinto, la recibo sonriente.
—Gracias.
—De nada. —musita inaudible, sin sostenerme la mirada.
¿Tanto miedo le doy? Debo moderarme.
Ariana aprovecha y toma dos copas vacías, sale y le sigo, vamos pasando los pasillos, buscamos un buen sitio para sentarnos a degustar el vino.
—Amigo, he fracturado seis narices —mofa Ari en burla, poniendo mueca bravucona—, no querrás ser el número siete.
Se convierte en risas.
—Y pensar que chillaste por un bebé hablando así.
Ja. Ja. Muy chistosita.
—Y pensar que no creciste por estar burlándote así.
—Ah, quieres pelea —acepta el reto, opta por una postura desafiante—. Pelea tendrás.
—Uhm.
—Uhm, nada, a mí me respetas, lunático. —casi se ríe, es que yo me llevo riendo desde que me declaró pelea.
—¿Respeto? ¿Sabes siquiera qué es? —me quedo a mitad del pasillo.
—Claro, con respeto se le avienta café en la cara a las personas.
Su risa se intensifica.
—Teletubi.
—Rascacielos.
—Amargada.
—Idiota.
—Gusano.
—¿Gusano? —copia horrorizada—. No lo dijiste.
Oh, espero que no.
—Me pasé ¿cierto?
—Si me das la mitad de la botella te disculpo. —establece cruzando brazos.
—¿La mitad?
Asiente.
—¿Puedes con la mitad de la botella?
—Puedo con la botella entera. —alardea.
Ella continúa y finalizamos el pasillo, hemos dado con el patio, un gran patio, espacioso con una vista al cielo impecable. No hay en donde sentarse, pero no es un problema cuando al bajar los tres escalones de la escalera al patio Ari se sienta, yo la imito y ocupo el primer peldaño.
Abro la botella y vierto el vino en las copas, sus ojos brillan hartándose del líquido, sonríe tomando su copa, con ese gesto en definitiva grita lo mucho que le gusta el vino.
—Así que puedes con toda una botella. —retomo lo anterior, oliendo el vino.
—Con todas las botellas que quieras.
Toda una fanfarrona.
Esbozo una sonrisa benévola.
—Eso no salía en tu currículum. —bromeo haciéndola reír.
Eleva sus hombros.
—Te conformaste con mi presentación de f*******:, nunca viste mi currículum.
—Ahora no estoy tan conforme con tu presentación —bajo al mismo escalón que ella, carraspeo y me tiene en sus ojos, gozo de su atención—. Hola, Señorita bonita Frizplanck, seré su jefe, quisiera saber de sus habilidades para postularse a este trabajo.
—Mis habilidades —busca en su cabeza alguna fuente que le ayude a responder, exhala—. Soy muy ordenada, sé bailar, tengo buena cultura musical, sé escapar muy bien, también tengo experiencia abriendo cerraduras con un clip, engaño con facilidad, sé hacer trampa en el póker, y… he comido grillos fritos.
Qué.
Todo eso era… sorprendente, y fascinante.
—No sabía que tus estándares de comida exótica eran tan extremos.
—¿Extremos? —minimiza la palabra, como si fuera de chiste—. Mi papá come gusanos, Nick, asados, pero gusanos al fin.
Espero que para ser su yerno no tenga que comerme un grillo o un gusano… sí, mejor un grillo.
—¿Tengo lo buscas para el empleo? —cuestiona.
—Tengo una última pregunta.
—Suéltala.
—Qué sabe mejor ¿Los grillos o los gusanos?
Empieza llenar el frío silencio de la noche con su risa fresca.
—Los grillos —jadea—, definitivamente loa grillos fritos.
Trago grueso, mi estómago se queja de considerar siquiera la opción de comer grillos.
—No pongas esa cara —me pide—. Fui engañada para comerlos, papá me dijo que era una ensalada, después de terminármela me lo confesó. Hija, has comido grillos —imita la voz de su padre, agacha la cabeza, ríe—. Lloré por una semana completa, lo acepté, pero nunca volví a comer una ensalada, les temo.
Yo tampoco lo haría.
—Le temes a las ensaladas.
—Sí, pero ninguna me ha perseguido en un sueño con un cuchillo. —bromeaba.
—No sabes lo que se siente.
—Uhm. —emite, y empieza a contar un par de cosas más, no le doy oído a lo que dice, mi vista solo se dedicaba a los movimientos de sus labios mientras habla. En como el arco de cupido desaparece cuando estira su labio superior, y ni hablar de como se muerde el inferior si siente risas venir.
—Es un poco loco ¿sabes? —eleva el tono—. ¿Me estás prestando atención?
Demasiada atención, dulzura.
—Háblame de tus habilidades para besar.
Mi intención no era cerrarle la boca con eso, tampoco era decirlo, últimamente soy más sincero y franco de lo normal, cosa que no me gusta, he tenido muchos problemas por decir las estupideces antes de pensarlas. Como ahora.
—¿Besar? —baja su copa a sus piernas, se limita a verla, uno de sus brazos soba el otro, me esquiva.
Súper, la he puesto incomoda.
—Es broma. —aclaro.
Aunque era un requisito importante para el trabajo.
—He besado a dos chicos a lo largo de mi vida, ninguno se ha quejado, pero tampoco han dicho que soy buena.
Que par de imbéciles afortunados, tuvieron sus besos y yo sigo aquí, fingiendo que es broma mis emociones para no asustarla. Ay, vida, como apestas.
—¿Dos chicos? —indago porque me interesa, que se vaya esta noche escuchándola hablar de sí misma.
—Dos patanes.
—Imbéciles.
Me sonríe.
—La respuesta a tu pregunta sería —suspira—. No lo sé, no sé si tenga buenas habilidades para besar.
Algún día lo sabré por mí mismo, por sus labios.
—Bien, y… qué hay de tu experiencia abriendo cerraduras con un clip.
—Es una larga historia.
—Tenemos toda una botella de buen vino para escucharla.
Chocamos copas, siendo los mejores cómplices de las estrellas.
Vale, la historia sí era larga, pero no me aburría jamás de oírla, de oír como lucha por no reírse para seguir adelante con la historia. La botella fue vaciándose con cada carcajada, con cada mirada chispeante y con esta cercanía atormentadora de la tensión entre nosotros.
Tensión.
Me le acercaba y su voz se voz se rigidizaba, su respiración variaba y solo estábamos cerca, hablando, mirándonos. Solo estábamos sintiéndonos.
Esa misma tensión que ahora nos empuja los más cerca del otro, hace varios segundos se ha detenido, hace varios segundos que me estoy preguntando si sus labios de rojo saben mejor con vino.
Moría por saborearlos.
—¿Entonces? —inquiero porque se ha quedado callada.
—Eh… —colisionamos mirándonos, sus pupilas se achican, pestañea— ¿en dónde iba?
Quiero reírme de lo nerviosa que está. Es tan linda.
Me precipito a seguir cortando el espacio de por medio, espacio más vacío que la botella de vino.
—Ibas a besarme. —franqueo sin conocer la vergüenza.
—No —les murmura a mis labios—, no lo sé.
No sabes muchas cosas, enana, tampoco sabes que estás cayendo al igual que yo.
Mi frente toca su coronilla, por momentos parece ceder a fluir y dejar que suceda, pero no del todo, no cuando aparta la vista pensándolo mejor, mientras yo espero a que suceda.
—Quiero dejar de ser esto que soy. —admite de la nada, temerosa, mostrando una Ariana tímida y sensible.
¿Dejar de ser lo que es? Una chica asombrosa. Mi chica asombrosa.
—¿Qué es lo que detestas? —toco su vena sensible.
Seguimos teniendo nuestras frentes apoyadas, encerrándonos en nosotros.
—Mis defectos. —le duele contarlo.
—Dámelos —le ruego—, yo los querré, a ti y a todos los trozos rotos que puedas tener. Si son míos ya no los podrás odiar, haré que los ames como lo hago yo.
Con eso baja totalmente la guardia, cae, sus ojos se humedecen, baja la cabeza hasta dejarla sobre mi hombro, y sale el dolor, lagrimea y solloza ligeramente.
Le retribuyo toda la culpa al alcohol de que esté tan vulnerable.
Esa noche no solo yo necesitaba un abrazo, ella estira sus brazos y me envuelve con ellos, oculta su rostro en mi cuello, se siente muy mal oírla llorar.
No le permitiría volver a tomar vino si seguía llorando así.
Todos detestamos nuestros defectos, pero a ella le duele que los demás los detesten también, nadie ve la gran chica detrás de ellos, quizá le han atribuido defectos que no tiene. Sé que en la superficie es fría, pero todos tenemos sentimientos, y ella no es hierro ni es perfecta. Es especial.
—Supongo que consolar a una chica no estaba en tus planes hoy. —menciona tiempo después, evidenciando que las malas emociones ya pasaron.
—Tampoco lo estaban robar una botella de vino, pero ya ves.
Le saco una leve risita, me enorgullezco de eso, sé que puedo sacarle una carcajada.
—Ariana, sabes que no te juzgaré si ves porno gay ¿verdad?
Echa una sonora carcajada, pero sus mejillas se entintan de rojo al final de su risa.
—Nick.
—¿Sí?
—Si amenazáramos al guardia de seguridad del banco local con ser la nariz fracturada número siete —retira su cabeza de mi cabeza mostrándome su nariz roja y ojos llorosos— ¿crees qué nos daría acceso a las bóvedas?
—No —lo considero—. Mejor asaltamos una joyería.
—Pasaríamos cinco años en la cárcel. Es un mal plan.
—No lo es, borracha sensible.
—No soy una borracha sensible, soy una borracha con hambre.
—Vi unas cuantas comidas refinadas en el bufé ¿vamos?
—Vamos. —le ayudo a ponerse de pie, no está tambaleándose ni nada, pero como dije, quiero mantenerla cerca.
Las copas y la botella vacía son dejadas en la cocina, afortunadamente no había nadie, la fiesta continúa ajena a nuestra ausencia. Igual que nuestros puestos en la mesa, Kenia y Luca parlotean de algo.
Cuando regreso mi vista a donde se supone debería estar Ariana, ya no está, giro a todos lados, la encuentro sirviéndose un plato, troto tomando un plato vacío y acercándome a ver que ha seleccionado.
—¿Qué es eso? —inquiero viendo la mezcla extraña de comida.
—No sé, pero sabe bien con esto. —señala la sustancia morada sobre el filete en su plato.
Me arriesgo y pruebo lo purpura, no me iba a quedar con la curiosidad.
Qué.
—Es gelatina.
—¿En serio? —emite volviendo a probar la gelatina.
—No las juntes con el filete. —aconsejo preocupado.
¿Quién come filete con gelatina?
—Pero saben bien juntos. —replica.
—Podría darte un dolor estomacal.
—Pero sabe bien. —hace caso omiso, se va a la mesa.
Me pido paciencia, le sigo volviendo a mi puesto.
—¿En dónde han estado? —suelta Kenia muy molesta.
Ariana devora la comida, ni escucho la pregunta.
—Fuimos a tomar aire —respondo en su lugar—, no somos de estos ambientes románticos.
Kenia comprende, pero condena a Ariana con sus ojos.
¿Qué pasa?
—¿A qué sabe el postre imaginario? —Luca expone señalando mi plato.
De ahí el motivo de su sarcasmo.
Mi está plato vacío.
Se me olvidó elegir algo de comer.
Ariana tose, ríe del sarcástico comentario de Luca.
—Postre imaginario —carcajea—, brutal, si tienes neuronas se fueron en eso.
—Ahora me darás de tu plato. —ataco arrebatándole el plato.
No permitiría comerse toda esa asquerosidad, si me tocaba sacrificarme lo haría, pero no se tragaría esto.
—¡Ey, devuélvemelo!
Velozmente me sirvo su filete sin tocar su gelatina, le paso el plato con la gelatina, tiene un poco de la salsa del filete y sus papas, y el filete estaba dulce. Incomible.
—¡Mi filete!
—Era. Ahora es mío.
—¡No es justo!
—La vida es injusta.
Lo siento, dulzura, pero no comerás esto.
En el primer mordisco siento las arcadas, el líquido subiendo hacia mi garganta, sabe horripilante. No puedo, no tengo el estómago de acero.
—Iré por un poco de dignidad a la cocina. —murmuro retirándome de la mesa, iría a la cocina a quemar este filete, o botarlo por el excusado, pero el objetivo era uno: DESACERME DE EL.
Lanzo el plato al fregadero, emite un estruendoso sonido y creo que lo he partido. No me preocupa, no es el primer plato que rompo en un restaurante. Exhalo pasando pulgares por mis cejas, peinándolas.
—Nick. —esa voz femenina a mis espaldas me rigidiza, volteo fruncido el ceño.
Une sus manos, me ve tímida.
—Kenia, qué…
—Quería agradecerle —me interrumpe, no veo el porque de su agradecimiento y es notable en mi ceño más fruncido—, por lo que hiciste por Luca esta mañana.
Mi frente se aplana, entiendo y asiento.
—No tienes que agradecerme, su jefe era un sangrón.
Se lo merecía.
Ella lo sabe ya que se ríe.
—Cierto, nadie había hecho algo así por él, lleva tiempo en el puesto porque no sabía como renunciar, fuiste la razón para plantear su renuncia.
—Luca se merece un trato mejor, un jefe que vea el gran desempeño que le pone a todo.
—Sí, gracias —la sinceridad le sonó muy agradable, asiento un poco extraño, esto no me suele pasar, nadie se había tomado tan en serio mis acciones, a excepción de Ariana—. También quería hablar sobre Ariana.
Sonrío, —Adelante.
—No la lastimes —sus cuerdas vocales tiemblan diciéndolo, ponen mi cabeza a vibrar—, Ariana ha tenido ya bastantes decepciones, pero… tú —exhala aliviándose a pequeñas dosis—, creo que eres lo que justamente necesita, nunca la vi reírse tanto, ya no es una gruñona ni una amargada —para, lamentándose, se asusta—, no le digas que te dije eso.
Me río ¿le tiene miedo? Si ni muerde. Oh, espero que sí muerda.
—No recuerdo lo que dijiste —le guiño en complicidad, finjo no saberlo— ¿Qué dijiste?
Baja sus hombros, su tensión se marcha, se tranquiliza mirando a su nuevo amigo. Yo.
—Gracias por arriesgarte con ella, por favor, no la hieras, ya no tiene piel para heridas ni un corazón que partir, pero es una gran chica.
—Lo sé —suspiro soltando la emoción—, es asombrosa.
—Ves, también la conoces.
Asiento.
La conozco, no completamente, pero para eso tenemos toda una vida ¿no?
—No te preocupes, haré todo por no lastimarla —le garantizo—, no es de mi interés hacerlo.
—Confío en ti.
Agradecería por su voto de confianza, pero el bullicio en la pista nos distrae del asunto. Hay muchos gritos y murmullos.
—¡Vieja bruja! —vociferaba una voz que ambos conocíamos.
Más voces subían el alboroto.
—Ariana. —nombra Kenia yendo de regreso conmigo.
Nuestra mesa estaba rodeada, fue difícil llegar al centro, en donde estaban ellas peleando. Ariana y una señora.
—¡Que saquen a esta jovencita! —ordenaba la señora creyéndose la dueña del espectáculo.
—¡Que la saquen a usted por metida! —le devuelve Ariana muy cabreada.
Me acerco a ella para tomarla del brazo.
—Ariana, cálmate. —le pido viendo como los guardias venían a nosotros.
—Tú no te metas —jala su brazo liberándolo, agarra la copa intacta de Luca y se vuelve a la señora—. Por gente como usted el mundo es una mierda.
La señora se ve ofendida.
—Insolente.
—Falsa. —y no lo pude detener, pasó muy rápido, agita la copa llena de vino hacia la señora, provocando que su líquido caiga regado por su costoso vestido de marca.
La reacción de todos fue una gran exclamación de impresión, como ha de esperarse. La señora quedó pasmada, no cree que su vestido tenga vino, es graciosa la risita de Ariana, y aún más la cara de pánico de su víctima.
Pobre señora, sí me da pena.
—¡Ey! —exclama Ariana, uno de los guardias la ha tomado de los brazos, ella pone resistencia empujándolo— ¡Suéltame!
La llevan a afuera.
—¡Suéltala! —demando frenándolo. No la trataría así.
Deniega en un momento de cabeza.
—¡Te partiré la madre! —amenaza saltando.
Entre más se resiste, más fuerza ejerce el guardia.
Ya era hora de llevarla a casa, o destruiría la boda.
—Yo me la llevo. —me ofrezco y he acertado porque el guardia la empuja a mí.
—Idiota. —masculla Ariana a su espalda.
—Vámonos.
—Sí —cede cruzando brazos, esquivándome para ir a la salida—. este no es mi ambiente.
Pensé que sería más difícil convencerla.
Es casi de madrugada, la brisa fuera del local es álgida, aparte del sonido y las voces de la fiesta no hay otros ruidos en la acera. Ariana ve un punto exacto en la calle, medita sobre su mal comportamiento tal vez.
Niego memorando su locura allá dentro.
—Aventarle vino —expulso jocoso— ¿en serio?
—Oh, discúlpame —finge tristeza—, se me olvidaba que tenia que ser café hirviendo.