💜 19 💜

3685 Palabras
¡¿SU PADRASTRO?! —Que buena broma. —río nerviosa, ahogando mi risa en el vino de mi copa. —No bromeo. No tienen nada en común, ni físicamente, nada. Nick sonreía, él no. Nick se reía, él no. Nick se la llevaba bien y saludaba a todos con amabilidad, él… no tanto. En los ojos de Nick había dulzura, en los de él una gran muralla de hielo. Y no solo había hielo en sus ojos, también estaba en su trato, era frío, ni hablaba con los invitados. —Bueno, con todo el respeto que no te tengo —pauso en el impulso de sinceridad—, tu padre es todo un insípido. Niega mirándolo. —Es solo superficie, la primera impresión —medita—. Él es amoroso, comprensivo, interesante y dedicado a sus hijos. Ninguna de esas cualidades concordaba con el sujeto. Pareciera que Nick me hablara de otra persona y no de su padre. —¿En verdad? —me aseguro. —No —confiesa riendo—, él realmente es insípido. La voz de Nick bajo en entonación, cae triste. Quizá, lo que dijo antes solo era el modelo de padre que le gustaría, o el que necesita. ¿Es eso todo lo que necesitas? Nick mira a su padre con ganas de abrazarlo, con… afecto, ese sentimiento que no estuvo en la voz de su padre y tal vez en su vida. Siento que hace mucho no han abrazado a Nick, también sentía que podía cambiar eso. Esa fue la razón por la cual tomé coraje e hice lo que por ningún chico he hecho. Dar un abrazo. Para mí un abrazo no era la gran cosa, pero créame, cuando abrazas a alguien que no han abrazado en mucho tiempo, verás el abrazo de otra forma. Ya no es un simple abrazo, es el sentimiento de ser estrujado para que ese abrazo nunca acabe, o… para que nunca te alejes. Mientras que para algunas personas un abrazo es un saludo para otras es algo que necesitan sin saberlo. —Enana. —escucho cerca de mi oído, apoyo mi mentón en su hombro, giro los ojos. —Que llevo tacones. Ríe sobre la piel de mi hombro. —Gracias. —Son diez dólares. —bromeo sonriendo. Planta espacio entre nosotros, me suelta lentamente. —¿Qué? —Es broma —le guiño caminando a la mesa, no me sigue, creo que le gustó el sitio en el que está parado, soy lo que ve—. ¿Qué? Toma respiración por la boca, remoja sus labios, juega con su piercing. —Acabas de guiñarme. Asiento y encojo hombros. —Vienes o… —Vamos. —me corta y finalmente nos dirigimos a la mesa. Nos sentamos y el par ruidoso está muy sonriente. —¿Ya arreglaron las cosas? —No —contesto al mismo tiempo que Nick dice: —Sí. Intercambiamos miradas. —No. —repito. —Oh, claro que sí. Sé lo que quiere, y no, no voy a caer en su juego. Tomo de mi copa. No digo absolutamente nada. Es mejor así. —Amor, me acompañas a saludar a mis tías. —me repugna el tono dulzón que usa Kenia. Luca asiente poniéndose de pie junto a ella. —Ya volvemos. —avisa mi amiga arrastrando emocionada a Luca. Luego de varios tragos a mi copa y silencio con los ojos de Nick en mi cara. —¿Cuál es el problema? —cuestiona poniendo sus codos sobre la mesa. Resoplo. —El problema es que… mi copa se acabó. —puse la copa vacía en la mesa, veo el vacío en ella como si fuese el gran vacío dentro de mí. La copa de Nick está intacta, vierte un poco de su vino en mi copa, veo como se llena. —Ahora —zanja ganado mi atención— ¿Cuál es tu problema? En su voz no hay rudeza, es neutra y pesada. —Mi problema es que… —exhalo, lo confronto totalmente cabreada— no puedes comportarte como si fueses a quedarte, no cuando te vas a desaparecer como si nada. —Solo me fui por tres días. —Te fuiste diciéndome que volverías. —Y aquí estoy. —Tres días después. —repliqué elevando mi tono. —No me iré a ningún lado. Río secamente de lo que dice. No le creo. —¿Por qué te quedarías? —Porque sé que si me quedo podría convertirme en eso que te hace feliz. Una sonrisa pequeña se siente en mis labios. Pero… —No tienes que quedarte. —le aconsejo. Sonríe más. —Tampoco tengo que irme. Que terco. Ojalá sigas siendo terco como para quedarte a mi lado siempre, Nick, ojalá. Porque no quiero quedarme sin ti. Si hay algo peor que estar sola, es estar sin ti, la primera la e experimentado estos meses, pero estos tres días sin ti han sido el doble de solos. —Espero, en verdad espero que nunca te vayas. —confieso pensando en la idea de estar sin ese chico lunático que justo ahora se está inclinando a mí. Nunca te vayas. Por favor. Imploro a mis adentros. Bajo la cabeza. He cruzado mis límites, ¿rogarle a que se quede? Estoy delirando, sí, estoy loca. Nick se calla, y me aturde su silencio. —Espero, pero si quieres irte… —No puedo —me interrumpe firme, alzo mi vista, su rostro es una fusión entre seriedad y la mirada más dulce—. No me tengo permitido irme sin ti. —¿Sin mí? —susurré como tonta, jadeante por su tierna afirmación. Asiente, sonrojado. Sonrío mirándolo fingir que no dijo tal cosa. Le apena, seguro no está acostumbrado a decir como se siente. Juego con mis dedos, quiero reír por su cara avergonzada. —¿Cómo le haces para atontarme? —pregunta cambiando de tema, admirando mi cara jocosa. —Antes de mí ya eras un tonto. —Antes de ti nadie tenía el poder de hacerme sentir especial. —¿Qué? —Tienes ese poder, Ariana. —¿Te hago sentir especial? Asiente, asegurándolo. —También pienso que lo eres. Para ya de sonreír de forma tan boba, Ariana, ya basta. Exhalo. —Bien. —rechisto, y sorbo el vino en mi copa, está bueno, exquisito. Qué cosa ¿El vino o él? Subconsciente, ya cállate, quieres. —Bien. —mofa con voz chillona. —Yo no hablo así. —Yo no hablo así. —continúa imitándome. —Nick, basta. —Nick, basta. Me colma la paciencia. Cruzo brazos sin darle que más mofar con esa horrenda voz. Detestable. —Sabes, te he extrañado mucho estos días. —No es cierto. —doy por sentado. —Extrañaba hacerte enojar, y verte —suspira—, joder, eche de menos esa cara. —¿Esta cara? —uso la peor mueca que me sé, Kenia dice que me veo mal con esa mueca. Nick se ríe de ella. Lo que me motiva a empeorarla. Si es que se podía empeorar, claro. —Sí —su pulgar acaricia el rubor en mis mejillas, y como pasó antes, mi cuerpo responde, se sensibiliza por él—, tu cara. —¿Qué tiene mi cara? —susurro débilmente, comparando el ámbar de sus ojos con la miel más dulce. Su índice marca por donde sus ojos pasan. Toca mi nariz, posa su mano en mi mejilla, se ocupa de repasar cada lugar de mi cara, como usualmente hace. A veces me pregunto cuando se aburrirá de mi cara. ¿Cuándo te aburrirás de esta cara con muchos lunares, lunático? —Es la cara de la chica que me tiene tonteando —suspiro, y conectamos miradas, mueve su pulgar a mis labios, acaricia lo que ve, mi labio inferior—. Eres asombrosamente hermosa. —Gracias —agradezco, sin embargo, no lo aparto—. Y yo no hablo así de horrendo. —Sí —baja su mano—, sí suenas así. —Claro que no. —uno mis cejas. —¿Ahora porqué pelean? —Luca nos inquiere sentándose en la mesa. —Nada. —musito acabando con mi copa. —Todo. —replica Nick, contradiciéndome. —¿Pueden creer que aquella pareja de allá recientemente se casó? —comparte Kenia impresionada, les diré porque, la pareja es de jóvenes quizá menores que nosotros. —¿De verdad? —se integra el lunático. —Ujum, tienen dos semanas ¿No son adorables? Los miro. La chica limpiando el saco a su esposo y él susurrándole profanidades al oído. Bien, tal vez no eran profanidades. —Por parejas como esa existe el divorcio. —El divorcio —repite Nick—, un tema muy acorde a la ocasión. Una boda. No me importa. Igual… —No me voy a casar nunca. —¿Por qué? —se une el metiche de Luca. Además de no tener el novio... —Si no te casas —gruñí pronunciando esa palabra—, no te divorcias. Una conclusión brutal, lo sé. —Tiene que haber una razón válida. —alega Nick, queriendo saber cuál es. —Tú cállate, ni siquiera viste mis mensajes. —Luca no te dijo que mi celular se averió ¿verdad? —¿Qué? —mis ojos atraviesan a Luca. Se remueve inquieto en su puesto. Traga seco. —Quizá se me olvidó ese pequeño detalle. —Con el golpe que te voy a propinar no se te olvidará ni el día en que naciste, imbécil. Tengo la iniciativa de ponerme de pie y llevar a cabo la acción en mis palabras, él se anticipa al hecho y es quien se levanta de la mesa, toma la mano de Kenia jalándola con él. —Mejor vamos a bailar. —huyen a la pista, desaparecen entre las parejas que ahí bailan. —Cobarde. —mascullo en voz baja. —Cómo sabes tanto de divorcios. —se llena la boca de sarcasmo. Nick está muy interesado en saberlo todo, dispuesto a oír hasta los detalles más insignificantes. Lástima que no quiera hablar de eso. Se lo resumo a dos palabras. —Mis padres. —Oh... ya veo. —entiende mi tono incómodo. —Sí —unos murmullos me desconcentran, provienen de la mesa de atrás, todos en esa mesa hablan de la vida de otros como si ellos tuvieran los ejemplares perfectos de vida, niego oyendo como se burlan del vestido de una chica en la pista de baile—. Chismosos. Nick se acerca riéndose por lo bajo, es porque he cruzado de brazos. —Lo sé —coincidimos—, no viven ni dejan vivir. —Son de lo peor —los veo por encima de mi hombro, regreso a él, luego recuerdo estar enfada, y me pierdo en otro lado, lo eludo. —Ariana. —… Amaba ignorarlo. Resopla frustrado. —Solo fueron tres días. Nada. Niego con el ceño fruncido, no quería hablar de eso. Gruño. —No volveré a aventarle café a nadie. —promete. Sonrío internamente. —Enana. —¡Que llevo tacones, imbécil! —exclamo levantándome de la mesa, más enfadada. Lo veo volcar sus orbes y ubicarlos en mí cuando se levanta también. —¿Control más Z? ¿Qué? Frunzo el ceño sin entenderle nada. —¿Qué quieres decir con eso? —Borrar todo y empezar de cero. Control más Z. Borrarlo todo. Empezar de cero. Eso quería. Sus ojos me suplican que solucionemos esto. Que nos solucionemos. Pero aún no sabía la razón por la que no respondía mis mensajes ni llamadas. —¿Qué le pasó a tu celular? Acercándose hace puchero. —Un salvaje lo tiro al excusado. ¿Un salvaje? ¿Qué…? —¿Cómo sucedió? —cuestioné boquiabierta. —Lo dejé y un salvaje lo tomó, lo lanzó a un inodoro. Y… tengo que comprarme un celular nuevo. Pero, pude recuperar la memoria —su voz se carga de alegría por eso—. ¿Control más Z? Vale, ahora sé que paso. Y no suena a una excusa barata, tampoco parece mentirme. Entrecierro los ojos, él hace lo mismo, pero con una sonrisa. Me hace reír. Además, está intentando remendar. Ok, podemos borrar este problema, podíamos hacerlo. Sí puedo. Suspiro y asiento. —Control más Z —repito sonriéndole, sintiéndome mejor—. Siento mucho lo que le pasó a tu celular. —Él que lo lanzó al caño también lo siente. —revela. Suena a otra fractura de huesos. O de nariz. —Rayos. —Truenos. —la diversión tira de un lado de su sonrisa. Frunzo el ceño y una sonrisa similar se posa en mis labios. —Relámpagos. —comento siguiéndole el juego. —Centellas. Cubro mi boca. Reiré si seguimos. —¿Qué? ¿Centellas? —río—, eso no iba. —No, pero ¿Quieres ir a bailar? Río por como mezcló dos temas completamente distintos. Las centallas con ir a bailar. Se pone de pie y me extiende su mano Y por una milésima de tiempo lo contemplo, así, con su mano esperando la mía, de pie vestido formalmente, con el cabello peinado de forma elegante, no parece él. Casi ni lo reconozco. ¿Es este el mismo chico que me lanzaba bolas de papel a la cara? El chico de vestuario oscuro y aura ruda. El chico que hizo todo por no decepcionarme. Sonrío, poniéndome de pie, recordando nuestras presentaciones. —No. —dije cruzando brazos, negándome a aceptar su mano, como en aquel día. Estruja su ceño, baja la mano, me conoce, lo hace, sonríe dando un paso. —¿Por qué no? —No te reconozco. —ladeando mi cabeza, enarco una ceja, no le miro mal. Oigo su risita cantaría muy baja, tan baja como su rostro, el mismo que sube con emoción para verme. —Nick —menciona su patético nombre, y creo que sí, su sonrisa es encantadora, lo es—, alias el chico más irresistible que has visto. Eso me hace reír. —O el lunático que se fugó de un manicomio. —Aún no he perdido del todo la cabeza por ti —menciona sonriendo y tendiéndome nuevamente su mano—. Ahora démosles de que hablar a esos chismosos. —Me gusta el plan. —elevo mi mano, la guío hasta corresponder la suya y a su mirada. —Y a mí. Sus pies se adelantan a la pista, se abre paso conmigo de su mano, la canción cambia, el grupo musical cambia su ritmo a uno más lento, llegamos a un espacio entre las parejas. Nuestro espacio. Nick suelta mi mano, estamos frente a frente, se sacude y no está convencido de lo que por su mente pasa, pero se arriesga, se inclina en una reverencia, y vuelvo a ser lo que su mano espera. —¿Me concede esta pieza? —De verdad, no te conozco —tomo su mano riéndome—, pero, acepto. Ríe tanto como yo, no sabemos mucho de como bailar, más la posición de las demás parejas nos sirve de consuelo. Una mano con la suya, la otra en hombro, la de el en mi cintura, y a bailar. Necesitaba una distribución, algo que me desenfocara de los efectos de su cercanía. La canción, escucha la canción. Oh, por supuesto, estamos en una boda, ya se idearán la letra de la canción. Una canción de amor. Mal, muy mal, una canción de amor es lo último que requería en este preciso instante. Pero no es solo la canción, el silencio entre nosotros es inquietante. Así lo siento, entre más silencio, más cercanía. Por eso lo reemplazo con mi voz nerviosa. —Que canción más patética. —mascullo, ideándomelas para no estar espiritualmente en el momento. Era imposible. Es muy complicado fingir no estar presente cuando sus esferas solo quieren estar en las mías, y lo peor es que, en algún espacio profundo de mi alma, yo también quería reflejarme en ese ámbar. Me veía mejor ahí, aunque no sepa el porqué. Sonríe, bajo la vista. Me vuelvo rígida. Es la melodía de la canción dulce y tierna, como se supone que debe ser. Es lenta, como nuestra respiración, pero llegando al coro explota hermosamente como nuestros corazones cuando se sonríen. La voz de Stephen Sánchez es la cinta que nos envuelve tan fuerte, tan tenazmente que no podemos separarnos, tampoco es que pensáramos en hacerlo. —Muy patética. —susurra abandonando mi mano, atrapando mi cintura con la suya, haciendo nuestros cuerpos chocar. Sorprendida e incomoda dirijo mis brazos a su cuello, sin verlo. ¿Porqué me avergüenza verle? Rayos, yo nunca fui tímida, pero ahora, ahora no sabía si respiraba bien. Si es que tenía noción de mi respiración. —Demasiado patética. —susurro muy débil, elevando cuidadosamente la vista a él, con temor a lo que pueda hallar, con miedo a lo que me pueda atrapar. Sus ojos me hacen tragar el grueso nudo en mi garganta. ¿Qué me estás haciendo? —Patéticamente hermosa. Sí, era hermosa. La voz angelical, el ritmo lento y romántico, era... realmente hermosa. Me guardo lo que pienso, sigo danzando torpemente. —Todos deben de pensar que eres mi novia. Giro mis ojos, es cierto, estamos haciendo de esas parejas asquerosamente empalagosas, que mal por mí. Suspiro, solo debía continuar y ver esta boda como algo menos deprimente. —Nick —le llamo—, no arruines el momento. Disfruta mis pupilas. —No habría nada que pueda arruinarlo, no cuando son contigo. ¿Así se siente tener a alguien? No, ni siquiera lo tengo. Bajo la cabeza, recostándola en su hombro, internamente agradezco a mis tacones por hacerme alcanzar su hombro. Sonrío viendo a Kenia bailar con Luca, hacen un buen equipo, lo que le falta a uno lo tiene el otro, se complementan y armonizan. Escucho la canción, muevo mis pies a su ritmo. ¿Podemos estar así de cerca por los siglos de los siglos? ¿Podemos? ¿O serán solamente estos tres minutos? —¿Qué tan buena eres haciendo playlist’s? —pregunta de repente. —Muy buena. —rechisto sin apartar mi cabeza de su hombro. —¿Tan buena como para hacer playlist de lo que sea? Ese tono vanidoso me hace sonreír. —De lo que sea. —refuerzo confiada en mi don para ello. —Si te pidiera una playlist sobre… —piensa en algo complicado, pero no sabe que para mí no lo hay—, Felicidad ¿Cuál sería la primera canción? —Happier. Reviso mi almacén de información musical dentro de mi cerebro. —Y si fuera de Zombis. —¿Zombis? —río mirándolo—. No creo que haya canciones de zombis. —Sí las ahí. —No. —Sí. —Dime una. —No se me ocurre ninguna, pero seguro que la hay. —No hay tal cosa. Estaba segura. —Hazme una. —¿Una canción de zombis? —palidezco. —No —carcajea de mi reacción—, una playlist. Vuelvo a respirar. —¿De qué sería? —Es fácil —dice relajado—. Cada vez que me recuerdes escuchando una canción la añades a la playlist. No había problema en lo que me pedía. Suelo oír muchas canciones, amo hacerlo, no hay cosa que haga sin música, sería muy fácil. —¿Algún nombre para la playlist? —La singular melodía del amor. —¿Por qué ese nombre? —¿Crees que el amor puede oírse? ¿El amor? ¿Oírse? Frunzo el ceño. No lo sé. —No —rechisto extrañada—, y si tuviera su melodía sería rara. —Rara —considera la denominación—, yo diría que un poco… singular. —Hablas como si la hubieses oído. —No, no la he oído —me sonríe—. Quiero oírla en tu playlist. —Ok. —acepto ocultando mi sonrisa rara en su hombro. —Ok. —mofa descaradamente. Golpeo su brazo. —Bailas bien para ser una enana. —Que llevo tacones. —lo repetía hasta el cansancio, palabras que no quedaban en su cabezota. —¿Y…? Me hace rodar los ojos. —Y aún pienso que clavártelos en la yugular es la mejor forma de usarlos. Sonríe más. —Que rico. No lo entiendo. —Estás mal, Crosby, muy mal. —Me tienes mal, Frizplanck. Me tienes. Mi respiración va rápido. En verdad lo dijo. —¿Te tengo? —la seriedad tiene peso en cada sílaba. —¿Por qué crees que estoy aquí? —Por la comida. —intento, pero he fallado, niega. —Por eso estás tú. Río, tiene razón. ¿Por qué más vendría a una boda? —¿Por quién crees que estoy aquí? —hace mejor la pregunta. Oh, rayos, aquí no puedo decir: El buen vino. —No lo… —Por ti —me interrumpe, no espera, solo lo saca—. Estoy aquí porque quiero que mi tiempo pase contigo. Otra oración que me inmoviliza la lengua, pasa un largo silencio. No sé que decir. —Pensé que vendrías por el ramo de la novia —bromeo nerviosa, muy nerviosa. Muy nerviosa de que hable en serio. Mis pies paran y quedamos estáticos. —No voy a bodas, ni uso trajes, tampoco me gusta bailar, ni los lugares elegantes y sofisticados como este, sin embargo… El mundo lo sintió conmigo, tal vez no más que yo, pero todo se paralizó mientras él hablaba. Cada eufonía en su voz era mágica, era música, era la única música que yo podía oír en ese momento. —Aquí estoy —finaliza susurrante— por ti. —¿Gracias? Lo hago reír. —¿De nada? —devuelve igual, jocoso, retomamos el baile. Aquí estaba por mí, como una oportunidad solamente para mí. La pregunta era… ¿Tomarlo o perderlo? No lo sé, pero sé que canción añadiré a la playlist hoy. Until I Found You.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR