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3128 Palabras
ARIANA FRIZPLANCK —¿Que hicieron qué? —Kenia arma todo un acto en la cafetería de su novio, y por un solo motivo. Yo. Bueno, concretamente a lo que hicimos Nick y yo. —Sí —me hundo en mi silla, sorbo mi bebida—, puedes calmarte. —¿Se disfrazaron y arruinaron el San Valentín a otras parejas lanzándoles globos con pintura? Asiento. Tenía tres días con la insistencia de que le contara, desde ese día hablar de Nick no es lo mismo, cuando lo menciono me siento rara, y a de ser porque me expreso muy bien del chico, y… yo nunca he hablado bien de un chico, soy más de hablar de lo estúpidos que son. —Ustedes eran los locos que el guardia de seguridad estaba buscando. —comenta Luca, es su tiempo libre, y si fuera su jefa, ya estaría desempleado por meterse en conversaciones ajenas. Metiche. Aguarden. —¿Nos buscaban? Asiente con cara de barbaridad. —Todos decían que vieron a un unicornio junto a un duende lanzado bombas de pintura. La primera vez nadie les creyó, hasta que fueron cinco parejas a quejarse. —Apenas y me entero —se sienta con nosotros un silencio incómodo, lo veo—. ¿No tienes un trabajo que atender? Luca me sonríe. —Yo también te quiero, cuñada postiza. Giro mis ojos. —Awww —expresa su novia—, te dijo cuñada. Mi cara no puede estar más rígida. ¿Qué cara se pone en estos patéticos casos? No sé. Solo sé hundirme más en la silla. —Te amo. —dice Luca. Ojalá pudiera estrangularlo. —Yo te amo más. —le sigue Kenia. Luca continuaría empezando el círculo vicioso de nunca acabarse de decir cuanto se quieren, por ello no lo permito. —¡Basta! Tengo náuseas. Luca ríe, dirá algo imbécil. —Estás celosa, no tienes a Nick para molestarlo y darle amor. Pestañeo seca. Miro fulminante. —Vuelves a repetir eso y te clavare esta silla en tus partes no tan nobles. —mascullo cruzando brazos. —¿Y Nick? Evalúo la pregunta de Kenia. ¿Nick? El lunático Crosby, el idiota, el rascacielos humanizado, el Jirafasaurio. No tengo idea. —También me pregunto lo mismo. —musito recordando todos los mensajes que le enviado, mensajes sin respuestas. —¿No se han hablado? Bajo la visión al vaso de café. —No. Desapareció, no sé que pasa con él. He intentado llamarlo, joder, lo he estado llamando tres veces al día sin tener éxito. Le he escrito, hasta le di los buenos días, YO NUNCA DOY BUENOS DIAS. Siento que no lo valió. —Ayer estuvo aquí —me interesa lo que dice Luca—, pidió un descafeinado, y otros cuatro cafés. Se veía mal, tenía unas ojeras marcadas. —Imbécil. —musito enojada con él. —¿Le dijiste? —le inquiere Kenia. —Sí, dijo que sí. No entiendo de que hablan. —¿Qué cosa? —expulso queriendo saber. —Nada —deniega—. Más tarde iré a la tienda. —Díganmelo. —exijo, menos suave. —No. —sonríe Luca. —Ya veo —me levanto, tomo mi bolso—, no me digan nada, adiós. Acomodo mi bolso a lo que cruzo la puerta, el brillo del sol cae en mis ojos, impidiéndome seguir la acera, las nubes posan a mi favor y el camino se torna claro. Vuelvo a la tienda con muchos pensamientos. A decir verdad. ¿Lo valió? Encariñarme. Pensar que por fin podía tener algo. Un amigo quizá. Cómo pude sentir que se quedaría si solo iba de paso ¿cierto? Me encariñé muy rápido. Eso no es muy Ariana Frizplanck. Esa no fui yo, fue la necesidad de sentirme menos sola. Suspiro, esos problemas son los que menos peso tienen en mi vida. La hipoteca y la estabilidad emocional de papá. Ayer lo fui a visitar. No come mucho, cena con la Sra. Jones en su casa, ambos están solos, los hijos de las Sra. Jones se han ido a vivir sus vidas, la han dejado en el nido, y ayer tuve la oportunidad de cenar con ellos, fue tan bonito. No había hipoteca, tampoco preocupaciones, solo un grato plato con comida casera con sabor a hogar. Quise entablar el tema de la hipoteca con papá, pero apenas lo dije se retiró a su habitación, no sé que pensar sobre eso, papá no sabe de mis planes para esta tienda. Al final, era su propiedad, podía hacer lo que quisiese con ella, pero ahora es complejo, yo quiero esta tienda. Nadie ve el potencial que yo le veo. Nadie sabía que en cada pared hay una marca que hace historia. Esta tienda es mi hogar. Es algo similar a lo que busco. Un lugar en el mundo. Y esta tienda podría serlo. Podría ser mía. Para eso tengo que trabajar muy duro. Empezando por buscar un trabajo de verdad. Enciendo mi laptop, reproduzco mi última canción y la disfruto, me muevo a su ritmo y reescribo con mis pies su melodía. Es buena. Me siento y abro el periódico en mis manos en la sección de trabajos. Considero cada oferta. Remarco con marcador los que pienso me irían bien. Por cuestiones de hambre hago un pedido de pizza que recibo al rato después. Me pongo cómoda, aumento el sonido de las canciones. Miro al techo sintiendo las notas sonar, cada acorde vibra en mi pecho, cada palabra se queda en mi mente. Y no creo que pueda cansarme, no he tenido suficiente de la música. He aquí un pequeño hobby, compongo melodías, sí, aunque no me atrevo a compartirlas, son solo melodías sin letras. Soy realmente mala escribiendo canciones, no se me dan, por mucho que exprima mi cerebro, de ahí no saldría una canción jamás. Miro mis cuadernos apilado al lado de la cama al lado de mi guitarra, tengo un tiempo sin tocarla, mis ánimos estos meses no han sido los mejores. Pero solo es una mala racha, ya llegará mi golpe de euforia. Lo sé. Sanuk, Sabai, Saduak. —Sanuk, Sabai, Saduak. —repito en voz alta. Como lo decía mamá. La canción termina y mi cuerpo se siente vacío. Tomo otra rebanada de pizza. Tocan a la puerta, por las pausas que da el timbre sé que es Kenia. Traidora. No quiero abrirle, pero no dejara de timbrar hasta estallar o averiar el timbre. Voy con mucha pereza a recibirla, si se le puede denominar abrir la puerta y cruzar brazo como una recibida. Kenia va bien vestida, muy elegante. Casi como estrella de Hollywood, su vestido rojo es precioso, y sus tacones me hacen mirarla con el mentón arriba. Genial, otra que para hablar debía otear al cielo. —¿De dónde has salido? —le refuto impresionada. —De donde vas a ir tú. Frunzo el ceño. —Me he perdido, ¿Cómo que yo? —Sí, irás conmigo a la boda de mi abuela. Información mal procesada. —¿Qué? —Ven —tira de mí—, primero iremos por un vestido y unos tacones, luego puedo maquillarte en los vestidores, tenemos dos horas para que todo eso suceda. —Oh, Kenia, ¿yo maquillada? —niego— Eso no va a suceder. —Necesito cubrirte esas ojeras, de lo contrario dirán que eres enferma o algo así. —Primero, ni siquiera me preguntaste si quería ir —libero mi brazo, enarco una ceja—. ¿Qué pasa si no quiero ir? Sonríe. —Ariana, habrá comida gratis, y no dejaré que te deprimas oyendo música todo el día. —La música no deprime. —Díselo a Lewis Capaldi. No, bueno, sí tiene razón. Espera por mi autorización. —Bien —accedo, y chilla de la emoción—, pero nada de rubor exagerado ni vestidos pomposos rosas. Nada de vestidos. No quiero parecerme a una princesa. —Usa un vestido, porfa, por mí. —Ok, solo por ti. Me pondré una chaqueta y vuelvo. Hacía mucho frío, me coloco la chaqueta, peino mi cabello con las manos, salimos y cierro la puerta. A mi criterio me veo bien, y con mis vans negras más. Kenia dijo que el vestido correría a cuenta de Luca. ¿He dicho lo mucho que adoro a mi cuñado postizo? Ugh, soné muy mal. Mejor vuelve a ser el imbécil de Luca. La tienda a la que entramos está repleta de vestidos con lentejuelas, no exagero, no hay vestido sin esas cosas pegadas. La tienda era muy refinada pero sus vestidos eran demasiado extravagantes. Yo solo quería algo sencillo. —¿Qué tal este gris? —Kenia agita el vestido. —Con eso le haría la competencia a la bola disco. Y ganaría. Muchas lentejuelas. —Eso pensé. —susurra devolviendo el vestido. Hemos estado recorriendo toda la tienda, y nada tiene mi estilo. —Mira ese —señala uno puesto en un maniquí—. Es muy elegante. Era turquesa, muy lindo, discreto y sexy, lo sensual está en lo descubierto de la espalda, y… extrañamente me gusta. —Es este. —le sonrío. Pedimos el vestido a mi talla, la chica nos lo llevaría a los vestidores, en donde estábamos Kenia y yo en el intento de maquillarme. Mis ojos resaltaban con el delineado, y mis labios cubiertos por labial rojo oscuro era lo mejor de mi rostro. Me encanta como quedé. Luzco… linda. —¿Qué haremos con mi cabello? —Una coleta. —Bien. La chica aparece con el vestido, Kenia me empuja a medírmelo, me trago la queja, tengo que ponerme este vestido. Los zapatos están ahí, me meto en el vestido, lo acomodo a mi cuerpo, falta el cierre, estiro lo más que puedo mi brazo sin lograr alcanzarlo. —Ya vuelvo. —manifiesta y oigo sus pasos alejándose. —¡Kenia! —estoy cerca de tomar el cierre— ¡Ven, ayúdame! Nada. Nada por un buen rato. Vayamos adelantándonos con los tacones. Abro la caja descubriendo unos tacones negros muy altos y bonitos. —Asombrosos. —aprecio el terciopelo en ellos y me los pruebo. Me quedan. Soy feliz. Con estos dos centímetros más que un cono de transito o un llavero. Oh, no pensé eso ¿cierto? Si tan solo pudiera decírselo. Mira, ya no soy enana. Pero… sí puedo. Busco mi celular dentro de mi chaqueta en el perchero, pulso la cámara y tomo una foto en el espejo, se la envío. Ariana Foto Mira, ¿Quién es enana ahora? 7:34 pm Me decepciona no encontrar ni un solo mensaje. Solo están los míos. No quiero preocuparme, pero ya son tres días sin saber de él. Exhalo expulsando esas ideas de mí. Vuelvo a flexionarme para subir el cierre. No. Me doy. —Kenia, juro que si no vienes y me ayudas con el cierre de este vestido voy… a… no sé, pero algo muy despiadado se me ocurrirá. La tela de probador se desliza, Kenia pasa y me ayuda, es raro que no me haya insultado o silbado al verme. Sube el cierre y recorre con su dedo mi espalda, y su tacto es muy ruidosos a mi piel, despierta cada bello, me eriza completamente y silencia los sonidos solo para oír mis pálpitos. —Resalta tu tatuaje. —dice divertido, respirando contra mi hombro. Su voz. Sonrío internamente, alzo mi cabeza encontrándolo. En verdad estaba ahí. —Gracias. —respondo susurrante. —Pensé que odiabas los vestidos. —Aún los odio, solo que Kenia me lo pidió como favor y como negarme. —La quieres mucho. —Demasiado, no sé que sería de mi vida sin su amistad —admito y noto lo cursi que soné, me mira extraño, le espeto—. ¿Qué? —El turquesa es tu color. Sonrío. —No ok. Sonríe. —Solo me falta un tatuaje. —Ese jamás lo verás. —me giro encarándolo. —Sí lo veré. —No. —Sí. —No. —Sí. —¿Qué…? —le preguntaría porque está aquí, pero su vestimenta me lo aclara. Viste un esmoquin. Y su cabello, está peinado de forma muy elegante, al estilo DiCaprio. —Nunca te creas menos que jodidamente hermosa. Me repaso con mi vista, como si yo tampoco creyera estar vestida así. Le sonrío. —Tú… te ves irresistible. —Quizá sea el saco. O su patética sonrisa. Entonces recuerdo que no se ha dignado a responder mis mensajes. Cruzo brazos. —¿Porqué desapareciste? —le recrimino secamente. —No desaparecí. —¿Porqué no quieres hablar conmigo? Frunce su ceño confuso. —Estoy hablando contigo ahora. —Dijiste que volverías. Te esperé. —Tuve unos problemas. Pero ya está solucionado. —Bien por ti. —refunfuñe, tomando mis pertenencias y saliendo del vestidor. La chica que pasaba por ahí se nos quedó mirando con pena, con el peor de los pensamientos en su cabeza. Simplemente ignoro, a ella y a el Jirafasaurio a mis espaldas. Kenia me espera con una sonrisa. —¿Listos? —nos pregunta a ambos. Genial, también irá, Luca tiene el mismo porte que Nick. Y solo es la boda de la abuela de Kenia, no los Grammy’s. —Sí. —musito de brazos cruzados. Nick asiente. Luca le guiña el ojo amigablemente, tengo entendido que Kenia le dijo que Nick la invitó a salir, es de sobra contar que lo hizo con el vil propósito de despertar celos en él, cosa que no tiene ahora hacía Nick, su trato de amigos ocasiona que pregunte: —Y ustedes ¿desde cuándo son tan amigos? —Desde que Nick le aventó un café a mi jefe en la cara. —Luca confiesa, mirando a Nick con admiración, tal vez por hacer lo que él por respeto no puede. Mi mirada también va él, enarco una ceja, luego de percibir la exigencia de una explicación en mis ojos responde. —¿Qué? ¿No puedo aventarle café en la cara al jefe de alguien? Niego rendida. Es caso perdido. El imbécil de Luca se percata de la hora en su reloj de mano, ve que vamos tarde. —Vamos en mi auto. El auto de Luca espacioso no era, dos personas adelante y dos personas atrás. Me tocó compartir con Nick, Kenia estaba en confabulación con Luca, querían juntarnos o hacer de cupido a ambos. Yo solo buscaba desaparecer al estilo Nick. —Enana. —me llama el anteriormente nombrado. —No me llames así. —advierto mirando las tiendas pasar por la ventana. —¿Porqué no? No es obvio. —Tengo tacones. —¿Y…? Inhalo, exhalo. —Y puedo clavártelos en la yugular. —Me necesitas vivo. Me saca una risa corta. —¿Para…? —Robar un banco y cumplir tus sueños. No respondo. —Enana. —¿Qué? —mascullo sintiendo mi paciencia agotarse. —¿Porqué no quieres hablar conmigo? —¿Cuánto falta? —le inquiero a Luca, eludiendo a Nick. —Poco. —rechista y vuelvo a ser de la ventana. —Ok, lo capto, estás enojada conmigo. —Siempre estoy enojada contigo, Nick. —No es cierto. —Sacas lo peor de mí. —No es así. —Sí lo es. —No lo es, te enojas por todo. Lo encaro. —¡No me enojo por todo! —Ya te enojaste. —sonríe. —Por tu culpa. —Claro que no. —Es tu culpa. —No. —niega. —Sí. —No puedes culparme de tu mal genio. —¡Yo no tengo mal genio! Resopla. —Y el café descafeinado no apesta. —Realmente apesta. —abucheo. —No apesta. —Sí, es un asco. —No, no es un asco. Suspiro cansada. Le dedico mi mirada desolada. —¿Me llevarás la contraria para siempre? —¿Se puede? —No lo soportaría. Estoy segura. —Sí lo harías. —No. —Sí. —¡Nick! —exclamo rehusada a seguirle el juego. —Enana. —Cállate, Jirafasaurio. —Teletubi. —Vete a la… —¡Llegamos! —anuncia exageradamente Luca. Bajo del auto, acomodo mi vestido. Vamos en grupo y trato de no caer en la mirada juguetona del Jirafasaurio, Kenia se presenta a la chica que pasa lista de los invitados, nos conceden la entrada y tengo que decirlo. El salón era magnífico. La ambientación, excepto por las velas y rosas. Del resto no hay porque quejarse. El grupo musical tocaba a las parejas que bailando se hallaban en la pista. Y lo crucial para mi presencia. Comida. Hay un bufé de comida muy extenso, comedor y mucha más comida. —Así que tu abuela se casa. —oí que Luca le dijo a Kenia. —Sí —sonríe—, se casa por octava vez. —¿Octava? —jadeo pasmada. Asiente. —La octava vez, pero tercera vez que se casa con el mismo hombre. —Vaya. —me deja sin palabras. —Son el uno para el otro, aunque se hayan divorciado dos veces. Siempre regresan, son felices así —cuenta Kenia—. Sabemos que unos meses pelearán y se divorciarán para volver a casarse. La historia está interesante, sin embargo, Nick no le ve lo interesante, se queda estático unos pasos atrás de nosotros, ve a un punto fijo entre los invitados. Estoy a mitad del camino, de un lado estar irme con Kenia y ver como habla de casarse con Luca o atrapar el ramo de la novia, y del otro extremo está Nick, no lo soporto, pero no tolero el tema de las bodas. Regreso por Nick. No solo yo vuelvo por él, un señor también se nos acerca. Viste al igual que todos los hombres un esmoquin, la tela de su traje es costosa y la corbata de marca. Y su perfume muy embriagador. El problema era su expresión de rigidez facial. ¿Hace cuánto no se ríe? —Sr. McGlee. —le saluda Nick cordialmente, agachando la cabeza. Me sorprende que lo conozca. Yo nunca he visto a este señor. —Joven Crosby. —corresponde al saludo no tan gustoso como Nick. Ninguno menciona nada más, es incómodo el silencio que los asfixia. Es pesado como roca, y el presentimiento de que algo explotará se hace mayor a segundos. Se va. Si decir nada, el señor se aleja. —Que señor más insípido. —digo lo que pienso, tomo una de las copas que me ofrece el camarero. —Sí —coincide él, tomando también una copa, la choca con la mía en brindis—, es mi padrastro. ¿Que él era su qué?
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