NICK CROSBY
—No… —sonó dudosa.
Y esa leve pero existente nota de confusión en su voz me dio una razón para sonreír.
¿Por qué?
Porque en su cabeza existe un nosotros.
Bien pudo decir “Tampoco” en una definitiva negativa.
Río por lo bajo.
Sí hay una diminuta posibilidad de que el amor también sea para nosotros, solo debo esperar.
—De qué te ríes. —le molesta que me ría en un momento tan serio, hablando de un tema muy serio para ella.
—Ya somos un equipo.
—Sí —sonríe aligerándose—, lo somos. El equipo del desastre.
El equipo del desastre.
Al fin, somos algo. Y no “Esto".
En sus pupilas se reflejan los colores del cielo caído, derrotado. Tonos morados y rosas nos envuelven. Es lindo, pero es hermoso desde donde ella lo aprecia, lo veo en sus ojos.
—Seis narices. —dice de la nada, mirándome por el rabillo del ojo.
—Seis historias.
—Quiero oírlas todas.
—La primera fue en sexto grado.
Como olvidar esa golpiza.
—Que precoz.
—La segunda fue en unas fiestas en la universidad. Y las otras ya no las recuerdo.
No quiero adentrarme a ese tema, ya saben, al viejo yo.
No ahora que he tenido avances.
—¿Seguro que no puedes volar? —bromea, no se cansa de hacerlo—, nos serviría de mucha ayuda para irnos de regreso.
Río negando.
—No, pero puedes tomar prestado el trineo de Santa.
Lo admito, se ve tan adorable de duendecilla. No importa cuantas veces se queje del gorro. Se veía dulce y tierna, dos cosas que en realidad no es.
—Queda más cerca la tienda que el polo norte, genio. —explica sarcástica.
—¿Y si tomamos un bus?
Asiente y marcha despacio a la puerta de salida.
—Me parece.
Partimos del edificio, cruzamos semáforos y esperamos en la parada un bus, llego y ya en carretera, compartiendo puestos fui consciente del acto tan patético que he cometido en mi vida.
Vestirme de unicornio, y uno rosa con la cola esponjosamente morada.
No haría esto por cualquiera.
Espero ella lo sepa.
—Está oscureciendo. —percibe desde la ventana.
—Ya el sufrimiento acabó.
—Sí —exhala aliviada—, ya terminó.
—¿Porqué lo dices así?
Como si no fuese lo que quisiese. Detesta este día, tenía que hacer algo al respecto, cambiar ese humor, y lo hice. No soy nadie para decretar efemérides, sin embargo, uní nuestros mundos en esta fecha, solo ella y yo la celebraríamos.
Y no se trata de ser romántico.
Oh, vamos, yo ni soy romántico, y eso por esta vez no es un problema. He estado en relaciones que han durado poco por ese defecto, las chicas me veían como un príncipe azul que las rescataría del castillo embrujado. Nada que me va bien. Yo no soy eso.
Con ella es diferente, si está en peligro ella misma es su héroe. Y eso me encanta. Ella no me pide rosas, sabe que eso no funciona.
Ella es única. No, ella es especial.
Es tan especial que no debo desvivirme en ser romántico para conquistarla. No funcionaría. Y amo eso.
—Fue un gran día. —sus ojos me sonríen.
—Feliz día de lo patético, enana.
—¿Me estás llamando patética? —enarco una ceja.
No quise decir eso.
Porque soy tan bocazas.
—¿Empiezo a correr desde ya? —bromeo.
—Si ni vuelas, gallina.
—Tal vez no pueda volar, pero con mis dedos puedo hacerte sentir que vuelas. —bromeo para ver como reacciona.
Se sonroja, pilló el doble sentido en… el cien por ciento de la insinuación.
—Idiota. —golpea mi hombro.
—Auch. —me quejo, ya pagué mi error.
—Feliz día de lo patético para ti también, lunático.
Lunático.
Y por encima de todas las cosas SU Lunático.
El paisaje acaricia las ventanas y cada calle fue recorrida hasta llegar a nuestra parada. Bajamos, ella busca la llave dentro del buzo que ha arreglado a bolso agarrando sus mangas, algo ingenioso. Abre la puerta y gira sobre su eje.
—Ayer dejaste algo aquí. —recuerda y pasamos.
Lo sé. Fue intencional.
—Mi collar —manifiesto adentrándome a la tienda, viendo la decoración y ña variedad de instrumentos, es una tienda hermosa, giro sobre mis pies captando todo el entorno, me surge una duda—. ¿Es tuya? La tienda.
—Eh, no —busca el collar, en cuanto lo halla me lo devuelve—, es de mi padre, yo solo me hago cargo de ella.
—Es antigua ¿verdad? —le sonrío a la edad de esta tienda—, si mis deducciones están en lo correcto, esta tienda debe ser de los años sesentas.
Tomo mi collar, lo guardo en mis bolsillos rosas.
—La época dorada —he acertado, me ve impresionada—. ¿Cómo lo sabes?
—Es demasiado evidente ¿Has pensado en modernizarla?
Sus ojos bailan sobre el ambiente, ve cosas que yo no, visualiza lo que quiere.
—Tengo planes para cada rincón —sonríe entusiasmada—, quiero transformarla a un local de eventos.
Empieza a pasear por la tienda. La acompaño.
—Quiero un gran escenario por allá. —indica la zona y quedaría muy bien.
—¿Qué tal un karaoke?
—¿Estás demente?
Río, —Estaría bien un poco de diversión.
—Un karaoke —lo considera—, definitivamente estás demente.
—Y tú estás loca.
Sisea para que me calle, termino riéndome.
—Este lugar será el mejor local de eventos del mundo. —sonríe.
—Lo lograrás.
Suspira bajando su ánimo.
—Necesitaría robar un banco.
—Tú di cual y lo asaltamos. —bromeo y ríe.
—Hablando de dinero. Mis trescientos dólares. —veo su mano vacía, sonrío.
—Sí, eh… son ciento cincuenta.
—¿Qué? —jadea boquiabierta— ¿Por qué?
¿En serio?
—Mírame —su mirada me recorre. Oh, Dios, hazlo de nuevo. Odio que lo haga cuando luzco así—, soy un puto pony.
—Unicornio. —arregla.
—Es lo mismo.
—No lo es.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—¡Que no! —me desespera.
Sonríe notando como pierdo el mando. Cruza brazos.
—¡Que sí!
—No lo es. —me acerco, copiando su postura.
—Sí —traga grueso—, sí lo es.
¿Nerviosa?
—No lo es.
—Como sea —se aleja quitándose el gorro y tirándolo a la basura—. Mi dinero.
Saco la billetera y pago por la mejor cita que he tenido. No fue romántica ni el ideal, y amo porque fue única, fue con ella.
Me muevo explorando la tienda, viendo que hay un mini estudio al final. Intento ir a él, pero ella se me atraviesa nerviosa.
Doy un paso y choco con su cuerpo. No se quita.
—Ya es tarde, se te hará difícil conseguir transporte a estas horas. —se molesta en decirme, en preocuparse inconscientemente por mi bien.
—Pediré un taxi —la contemplo bostezar, ladeo mi cabeza, esta cansada—, tienes que descansar.
—Sí, este disfraz pica y odio los vestidos. —rasca su espalda.
Me trago la risa.
—¿Me le das un recado a Santa?
—A ver —ríe un poco—, ¿a ti también te regaló una bicicleta en vez de un Xbox?
En mi mente vino el niño malhumorado que se quejó por eso, pobrecillo, Santa fue muy cruel, o él un mal portado.
—No —niego cesando la risa—. No tengo quejas sobre mis regalos, fueron los indicados, era más bien una queja al departamento de personal.
—Si es una queja sobre mi desempeño laboral, no se la haré llegar.
Tramposa. Me encanta.
—Nada de eso, es que… ese uniforme —la mido con mis ojos— ¿para un duende? ¿No es muy sexy?
—¿Sexy? ¿Qué ves de sexy en estas medias de rayas?
—Tus piernas.
Vale, me he pasado de lanzado, se ha quedado perpleja. Mueve la boca más ninguna palabra sale de ella. Descubre su voz y grita.
—¡Lárgate!
Pongo mi cara de inocente, y la que creo tierna también.
—Es broma.
Pero si quieres no es broma.
Cruza brazos, desvía la vista.
—Te diría que también eres sexy, pero sería como decir que puedes volar.
Yo puedo hacerte volar si me lo pides. Mentalmente guiñé.
—Eso dolió.
—Lo sé.
—Lo sé. —la mofo a sus espaldas, se gira.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
¿Qué? Quiero conservar mi vida.
—Idiota. —masculla de ida a la entrada.
—¿Cómo puede Santa contratar a duendes tan gruñones?
—No soy gruñona.
—Claro, y yo vuelo mejor que una mariposa —río solitario.
—Aún puedo lanzarte de la azotea y veremos si te crecen las alas a lo que llegas al suelo, c*****o.
—Aún puedes crecer dos centímetros más y dejar de ser un lindo llavero, enana.
Ay, me he pasado de nuevo. Cierra sus ojos y aprieta sus manos, se vuelve a mí, y puedo ver como me hace sonreír, le colmo la paciencia, amo ver como la altero.
—Retráctate.
Muevo la cabeza a ambos lados.
—No.
—Hazlo. —exige muy opresiva.
—No.
—Eres tan… idiota.
—Sí.
Da un grito exasperada y renuncia a la discusión. Sabe que conmigo no funcionan sus insultos. Lo sabe de sobra.
La sigo al mostrador.
Desde ahí vemos las personas que pasan por la acera, ella está apoyada a la pared del lado opuesto al mío, ambos situados en los costados del mostrador.
—¿Enojada?
—Cállate.
Sonrío.
Delineo cada facción de su rostro en estado de enojo, y es hermoso que aún permanece angelical. Sus cejas se juntan y la comisura de sus labios rosados se alza. Mueve la mandíbula. Me le acerco despacio.
—No eres patética —confieso, llegando a ella—, no para mí.
Nunca he dicho algo con tanta seriedad como en esa frase. Esa era mi verdad.
Atraigo sus orbes azules, la luz de la luna se esparce en ellos haciéndolos más mágicos.
—Tú tampoco lo eres.
Esa sonrisa me dice que ya el enojo se fue, es mi turno.
Me quito una de mis pulseras, la dejo sobre la repisa discretamente para que no la note, volvería mañana y necesitaba una excusa, esa pulsera sería el pretexto perfecto.
—Ya debo irme. Volveré mañana.
—Nunca me dejarás en paz ¿cierto?
—Nunca. —y es una promesa.
—Goodbye, lunático. —camino de espaldas sin dejar de verla.
—Goodbye, enana enojona.
Me giro y tiro de la puerta, le dedico una sonrisa y la cruzo con la sensación triste de no poder repetir este día.
El taxi estaba esperándome en la parada, con el llego a mi departamento temporal, en el camino me he ocupado de reproducir cada escena del día de hoy con temor de luego olvidarlas.
La chica de la recepción me ve sorprendida, ¿Qué? Una ha visto un unicornio en su vida, me da la tarjeta de mi habitación, subo el ascensor con las miradas de todos los que ahí estaban.
Y de pronto sonrío, me he recordado a la chica de la tienda, la que se pensó que éramos pareja. Y la respuesta de Ariana.
¿Detestándonos? Dos semanas, pero siento que ha sido toda una vida.
Paso la tarjeta y accedo a entrar, me quito los zapatos, y con ellos el disfraz, dejándolos por el suelo.
Me siento tan bien. Tan eufórico. Necesito contarle a mamá.
Me echo en el sofá saco mi celular, pulso el contacto de mi madre, ojalá no esté con mi padre. No responde, la llamada va directamente a buzón.
Suspiro.
No hay de otra.
Estiro mis brazos poniéndolos detrás de la cabeza, mirando el techo.
—Nick —me menciono—, puedes tratar de ser menos lanzado con ella, la vas a ahuyentar.
Suspiro.
—No puedo, ¿has visto lo hermosa que es? —jadeo llevándome una mano al pecho—. Es hermosa y muy hermosa.
Todas las personas en mi mundo tenían una sinfonía única, unas alegres, otras más lentas, pero la de ella. Su sinfonía era magnífica. Quería formar parte de su sinfonía.
Y estando juntos somos como un acorde místico, como una prosa perfecta, como una sinfonía única. Como si fuéramos una canción.
Muevo mis píes sobre el sofá ocasionando que cayera un cuaderno al suelo, al percatarme que es mi cuaderno de composición me apresuro a recogerlo. He escrito estos días, he salido de ese gran bloqueo en el que estaba sumergido, es difícil encontrar inspiración o motivos para seguir, estos días me has salido cinco canciones, oficialmente ya estaba librado del bloqueo.
Roger se alegrará de saberlo.
Vuelvo a mi celular y busco su contacto, lo encuentro y lo selecciono para llamarle.
—Hey, Roger.
—Hasta que me recuerdas, a qué se debe este milagro.
—He salido con alguien.
—Buena la broma, pero no estoy para que me veas la cara de estúpido, no ahora.
—No bromeo.
—Nick, no sales con chicas desde que… mira, ya ni lo recuerdo.
Desde que las mujeres eran algo muy complicado para mí y deje de sentir interés en entenderlas, hasta que…
—La encontré. —completo.
—¿La inspiración?
Con ese hombre todo es trabajo. Hablémosle de negocios entonces.
—He salido del bloqueo.
Se oye sus exclamaciones de felicidad.
—Yo lo sabía, sabía que superarías esa mala racha.
—Sí, tengo cinco canciones.
—¿Cinco? —carcajea eufórico—, hombre, las tenemos, los chicos también han escrito algunas, tenemos nuevo álbum.
—Y… los chicos, ellos ¿Cómo están?
—Ahora no te entienden, pero, lo harán, no pueden estar molestos para siempre.
—Me siento en parte culpable. No debí haberme ido, y menos así, sin decirles el porque.
—Boberías —resta importancia—, ellos ya no son unos niños, van a entenderte, no te preocupes, preocúpate por la chica.
—Respecto a eso.
—Nick. —me nombre a su pesar.
—¿Qué?
—No le has dicho ¿verdad?
—No es el momento.
—¿Cuándo va a ser el momento? —me increpa molestándose.
Cierro los ojos, esto no se me está haciendo fácil.
—No lo sé.
—Nick, te di estás vacaciones porque me dijiste…
—Sé lo que te dije —le interrumpo—, pero también sé que me costará, necesito más tiempo.
—Tienes hasta el último concierto de la gira. No más.
—Está bien. —acepto no muy gustoso.
—Que descanses, debo irme a impedir de Zedd no se tome todos los licores de la barra. —cuelga.
Aprovecho que estoy en el historial de llamadas realizadas y pulso sobre su contacto.
Enana Enojona.
Llamando…
—¿Llegaste? —contesta.
—Sí, ¿Qué haces?
—Hablo contigo.
Sarcástica como siempre.
—Y antes de hablar conmigo ¿Qué hacías?
—Organizaba mi playlist.
—¿Qué canciones tiene?
—Muchas, demasiadas.
—Me encanta —susurro—. Quiero oír.
—No.
—Vamos. —suplico en un puchero.
—No.
—Algún día la oiré. —sentencio.
—Un lejano día —bosteza—. ¿Y nada más llamaste para saber qué hacías?
—No.
—Dime.
—Solo trato de que seas la última persona con la que hable antes de irme a dormir.
Como quería verle la cara, no se podrá. Queda a la imaginación.
Emite un gruñido.
Frunzo el ceño. ¿A qué vino eso?
—Estoy añadiendo el álbum de The Goo Goo Dolls. —admite cohibida.
Le apena decirlo.
Miro el álbum, se lo compré y esta en la mesa frente a mí.
—Lo escucho y no lo creo.
—Ni yo.
—Pero tranquila, tu secreto está a salvo conmigo.
—Gracias —oigo su sonrisa—, yo protegeré tus secretos.
—¿Cuáles?
—Tu miedo a las zanahorias, el que como pony no vuelas, que de zombi te duermes, que eres más alto que yo.
—Eso no es un secreto para nadie —detengo su enumeración—. Se nota que soy más alto que tú por una gran cantidad de centímetros.
—Pero también soy alta.
—No.
—Sí lo soy, somos altos, pero tú un poco más.
—¿Un poco? ¿Un metro te parece poco?
—Mido un metro cincuenta y ocho. ¡No medio metro, Idiota!
Carcajeo.
—¿De verdad? Pensé que era medio metro.
—Nick, juro que voy a matarte mientras duermas.
—Déjale eso a la zanahoria asesina.
—Buenos noches, y, por cierto, dejaste una pulsera aquí. —dice y cuelga.
—Que sensible. —me digo, y le escribo un mensaje.
Nick
Buenas noches.
Pd: Descansa.
9:34 pm
Tarda en llegarme su mensaje.
Enana Enojona
Muérete.
9:45 pm
Carcajeo, respondiéndole.
Nick
Vale, eres alta *le crece la nariz*
9:46 pm
Que mentira.
Enana Enojona
*saca su dedo de corazón* Duérmete.
9:48 pm
Nick
Duerme tú.
9:49 pm
Enana Enojona
Sí, me voy a dormir, Bye.
9:51 pm
Sí, tenía que descansar, y por más que quisiera hablar con ella toda la noche, conocerla a detalle, saber a que le teme o que cosas raras acostumbra a hacer. Ya habrá tiempo para eso.
Es fácil ignorar todo, pero de pronto aparece. Y me interese en la chica que dormía en un hospital, que me insultaba sin vergüenza alguna, que era lo que mostraba.
Tiempo.
Espero que el tiempo se dé a nuestro favor, a favor de que sigamos sintiéndonos mutuamente.
Que la siga sintiendo en mi sonrisa, en cada espacio de mi mente y vida.