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3800 Palabras
Respira, Ari, no puedes morir hoy, no físicamente. La fecha me mata lentamente, son las cuatro de la tarde y siento que ha pasado dos años en esta cama. Las reglas de hoy son claras. No salir. No hablar. No pensar. Vale, la última era demasiado extrema. —Esto es deprimente. —concuerdo con el desagradable olor de mi vida. Recibo la tercera foto de Kenia y su novio. Según ella si veo lo mucho que se aman podré aspirar a amar a otra persona que no sea yo. Imposible. Empezando desde lo ridículos de sus muecas en la selfie hasta el mismo color de vestimenta. Es absurdo vestirse del mismo color ¿Dónde está la emoción? Giro los ojos. Cosas de parejas que jamás entenderé. No, yo no aspiro nada que luzca como patos aplastados. Reviso mi bandeja de chats, nada, todo está tan mal, y no solo es el queso chédar de la pizza, las anchoas saben fatal. Eso me pasa por comprar pizza congelada a mitad de precio. Doy un sorbido a el jugo de gelatina. Subo mis lentes oscuros, creo que impiden ver mi alma. Y el enorme buzo es muy cómodo, sobretodo en lo suave de su tela. Ignoremos que su temática es de un oso panda. Ni me pregunten como tengo una cosa de esas en mi armario porque no tendré cara para responder. Juego con la pajilla en mi boca, mis ojos están sobre una cadena en mi cama. Suspiro recordándolo. Nick dejó esta cadena con una mini guitarra colgando de ella sobre mi cama, es suya, se la he visto antes, sé que no se le cayó o terminó ahí por accidente, estaba estirada y bien puesta sobre la sabana de mi cama. Idiota que va por la vida olvidando sus cosas por cada rincón del mundo. Miro el televisor, el programa me aburrió, pienso en si cambiar de canal me sería conveniente. Vale, a cambiarlo. Voy pasando los canales con el control remoto en mano, y lo peor del día es lo que están trasmitiendo los otros canales. Películas románticas. Besos. Cercanía. Drama melodramático. Chicos tan irresistibles como irreales. Apago el televisor fatigada. Cierro la caja con la mitad de la pizza, me acomodo más en la cama, tomo mi celular reviso mis r************* . f*******: para ser sincera. Oh, Dios. ¿Cómo pueden dejar que las personas presuman sus romances por esta plataforma? Fulano está en una relación con Fulana. Y las publicaciones de amor en las que me ha etiquetado Kenia. Me salgo de la app, sin saber que hacer. —Ya ni en f*******: se puede estar —mascullo molesta, le marco a Kenia, me contesta rápidamente—. Me dejas de estar etiquetando en esas ridiculeces que públicas. —¿Qué haces? —Procesando oxígeno. —Qué esperas para abrirnos. —¿Abrirnos? —me confunde, qué pregunta es esa—, ¿De qué hablas? —Vinimos por ti. —No te basta con hacerme sufrir con sus fotos —resalto levantándome de la cama, niego a lo que camino—, ahora quieres restregarme su amor cara a cara. Los veo detrás de la puerta, tomo la llave que deje en la repisa para ir a abrirles. No sé, en algún sentido me entusiasma verlos, que no se olvidarán de mí en un día que deben pasar juntos ellos solos. Cuelgo el teléfono y abro la puerta, Kenia es la primera en entrar y abrazarme, a Luca le choco el puño. —Lo pensamos —dice mi amiga, tomada de la mano de ese imbécil—, pero vinimos a sacarte de aquí. Mi entusiasmo se disuelve. Se diseca. —No iría con ustedes, no soy un buen tercio. No quería admirarlos besarse ni oírlos decirse cursilerías baratas. No era mi plan. —Sabíamos que dirías eso —interviene Luca—, y pensamos en que vinieras con otra persona. Cruzo brazos. —Otra persona. —repito parpadeando, sin emoción. —Como Nick. —continuó él. —Por ejemplo. —secunda Kenia. —No saldré de aquí. —decreto inflexible. —¿Ni por unos cien dólares? —pregunta una voz desde la puerta, una voz que me hace cerrar los ojos y maldecir internamente. Fueron capaces de llamarlo, estoy cincuenta porciento enojada y cincuenta porciento avergonzada. ¿Qué le dirían a Nick? Oh, Nick, podrías venir con nosotros y acompañar a Ariana que estará sola, pobrecita, ni un ciego la pela. Le encaro, detrás de los lentes oscuros lo inspecciono. Chaqueta de cuero con tachuelas, muy parecida a la que usaba el día que le conocí. Camisa de un color oscuro, su pantalón igual, y botas grunge negras. Y, lo noté, se peinó el cabello. Vaya, debe ser una fecha especial para que eso suceda. Céntrate. Está aquí para sacarte. SACARTE ¡No puedes ceder! —Ni por el doble. —respondo de malhumorada, con una línea en los labios. —Triplico. —se acerca cruzando brazos también. ¿Trescientos dólares? Era una cantidad considerable. —He dicho que no. —sostengo. —Vamos, Ari, no seas terca. —regaña mi amiga. —Ven con nosotros —ahora es Luca—, iremos a pasear por el parque e ir de compras. Será divertido. —Se divertirán más sin mí, créame, tengo un humor que ni yo me soporto. —Lo notamos —murmura Kenia—, pero queremos estar contigo. Bueno, era un gesto muy bonito de su parte. Bajo los brazos, solo me queda algo, lo miro. —Y tú —alzo el mentón a él, Nick sonríe— ¿Qué te da risa? —Te ves adorable. Frunzo el ceño. ¿Qué de mí le parece adorable? ¿Mi buzo de oso? ¿Mi cara molesta? O todo de mí. Él ve en mí cosas que nadie se atreve a ver. Él no solo ve la superficie. —Nick —menciona Kenia preocupada por mi silencio—, no creo que sea buena idea decirle eso teniendo el humor… —Ok. —acepto directo a sus ojos, no me quito los lentes ni mis labios en línea. —¿Qué? —inquiere Kenia mientras que la sonrisa de ese lunático crece. —Iré, pero —entono la palabra, toco con mi índice el cuero de su chaqueta, lista para imponer— mando yo —le enarco mi ceja— ¿Ok? Acerca su cara, traspasando con sus ojos el vidrio de mis lentes oscuros. —No ok. Cubro mi cabello con la capucha del buzo y meto las manos junto a las llaves en sus bolsillos, cruzó la puerta y camino por la acera esperando a que me sigan. —Nunca creí que viviría para ver a Ariana salir un catorce de febrero. —Camina rápido, exagerada. —apresuro echando un vistazo atrás. —Ok, ok. —se adelantan, me alcanzan. Esperamos a que el semáforo deslumbre su verde. —¿A dónde iremos primero? —me da curiosidad, vigilo que nadie me note. Excepto por el rascacielos con patas a mi lado. —Al centro comercial. —me contesta Nick. —¿Qué haremos? —Nosotros compraremos globos, esos dos —apunta a Kenia y a Luca que se besan apasionadamente— si no se tragan ahora, irán de compras. Los asuntos de Kenia y Luca son lo que menos me importan, y los que incluyen escenas de transmisión de saliva mucho menos. —¿Me sacas de la comodidad de mi cama únicamente para comprar unos globos? —Sí. Ya con el semáforo en verde cruzamos la calle. —¿Qué harás con globos? —Demasiadas preguntas. —apresura su paso. Toco su brazo. —Respóndeme. Nada, continúa caminando. —Nick, contesta. —salto a sus espaldas para que me escuche. Ni un efecto. Me irrita que no me responda. Gruño, él ríe mirándome sobre su hombro. Y vuelve a otear al frente. —Ari, deja de ser tan intensa. —regaña Kenia y Luca ríe con ella. Giro los ojos, no lo captan por mis lentes. —Ustedes sigan compartiendo gérmenes por la boca. —aconsejo, así tendría la boca ocupada y no para burlarse de mí. El lunático camina lento y relajado, golpeo su brazo. —Nick. —Ariana. —Lunático. —Enana. Golpeo más fuerte su brazo, se queja sobando el área aporreada por mí. —No soy enana, soy menos alta que tú —corrijo, pero no es eso lo que quiero decirle—. Ya dímelo. Suspira, me sonríe y retoma la caminata junto a mis amigos. Le piso los talones. Se ríe. —¿Me oíste? —Sí. —rechista descaradamente. Se carcajea. Niego muy irritada. —Crosby —doy uso a su apellido, y logro detenerlo, veo que su apellido tiene poder, vuelve a mí—, ya dilo. Todavía ríe. Idiota. —¿Hablas en serio? —Muy en serio —musito entre dientes, aumento su risa, me enoja—. ¡Deja de reírte! —Es que con ese buzo no puedo tomarte en serio —carcajea acercando su mano a mi mejilla, ahí me pellizca sutilmente—. Lo siento. Me he de imaginar lo dulce que lucia con el buzo, toda una cariñosito. Vomitaré de lo patético. Mi mejilla pica, su tacto hizo cosas ahí que no deduzco, no reconozco, sensaciones raras. Su sonrisa elimina toda idea razonable en mi cabeza, solo me gusta esa pequeña curvatura en sus labios, muerde el inferior, moviendo su piercing. Pestañeo, con mi espíritu pisando el suelo de nuevo. —Odio este buzo. —comento como distracción, exhalo retomando el paso a mis amigos. Nick me imita, vamos paso a paso. Estamos cerca del centro comercial, un par de calles más y ya está. El camino en esta fecha es fatal, casi cruel, a donde mirarás había parejas dándose amor, entre ellas Kenia y Luca, la ridícula sonrisa que le ponía a mi amiga el que su novio le tomara de la mano era un bochorno para mí. Hubo un par de paradas en el parque que quedaba paso al centro comercial, Kenia pedía y para Luca era deseos que conceder. Como los collares de flores para enamorados, Kenia amaba a ese imbécil, fuese el tonto que es, lo ama. Y sé que él a ella, por los cielos, se nota a kilómetros que suspiros son para ella y su amor es para siempre. Aunque terminen una semana y regresen luego de haberse extrañado mucho. Ellos han pasado por tantas rupturas, por tantos retos y ahí están. Amándose más que ayer. Quizá… enamorarse sí sea para algunas personas. —¿Estas sonriendo? —cuestiona Nick. Enfrío mi expresión rápidamente. Niego a la nada, llevo mi vista lejos de mis amigos abrazándose. —Par de patéticos. —bufo resignada. —Eres un Grinch de San Valentín. —carcajea comparándome con ese bicho verde y amargado. Que no te afecte, Ari, no te afecta. —¿Qué harás con los globos? —devuelvo secamente, sin verle. —Girl Crush de Harry Styles. —me recomienda, de golpe. —¿Qué? —¿Algodón de azúcar? —elude mi pregunta con otra. Bien, juguemos a eludir preguntas. Le sonrío a medias. —¿Porqué no tiras un polvo y te desapareces? Se acerca controlando sus labios para no sonreír tan patético como él sabe, pero se remoja el labio inferior, mi vista va a ellos, y al movimiento sexy de su lengua contra el piercing. —Depende de que tipo de polvo te refieras. —me susurra. Localizo el otro sentido a su oración. Degenerado, estábamos en un lugar publico, era un delito. —Estamos en un parque. —le arqueo mi ceja. Ahora sí sonríe como debe, ladea su cabeza. —Es decir, que si no estuviéramos en un parque sí aceptarías. Oh, no, no, no. ¿En qué tipo de pregunta trampa he caído? ¡No! ¡Mil veces no! —¡Morboso! —mascullo alejándome del sonido de su risa, pasando por el centro del par de novios. Nos adelantamos, no sale el tema otra vez, gracias al universo, después de dos calles hemos pisado el centro comercial, Kenia arrastra a Luca a la primera tienda de ropa que le pasó por la mirada. El pobre Luca terminará en la ruina si la complacerá en todo. —Era broma. —aclara ya estando a solas, caminando sin dirección por los pasillos. —Era broma. —lo mofo de brazos cruzados. —Amargada. —Morboso. —Intensa. —Ridículo. —Adorable. Gruño frustrada, cierro mis ojos, me relajo con el recordatorio de no tener licencia para matarlo, respiro hondo. Avanzo por el pasillo, me copia. —¿Porqué odias este día? —Apesta. —resoplo. —Tengo una idea. Lo atrapo en mi mirada expectante. —¿Qué? —Decretemos este día como —piensa y sonríe— … El día internacional de lo patético. Rio, es una completa locura digna de un lunático como él. Me gusta su idea de cambiar la perspectiva de este día. ¿Porqué no? —El día internacional de lo patético —lo medito encarándolo—, como nosotros lo creamos, nosotros ponemos las reglas ¿no? Me sonríe. —Así es. Miro a sus espaldas, una tienda de disfraces y decoraciones de fiesta. Sonrío por la idea. —Primer decreto que el día de lo patético —carraspeo, está atento—, debe celebrarse disfrazado de lo más patético que crean. Su sonrisa divertida es lo que necesito para guiarlo a la tienda de fiestas, ahí encontrará globos de todo tipo, de colores y de diferentes formas, tomó una bolsa de los más simples, no entendía nada, y cada pregunta que hacía quedaba más ignorada que la anterior. Era inútil preguntarle. Caminamos a la sesión de disfraces emocionados. —¿De qué te disfrazarás? —inquiere, al igual que mi cerebro. Paso mis ojos por las opciones que ahí. —No creo que tengan un disfraz de café descafeinado. Se ríe de eso. Yo también lo hago. —Me da miedo preguntar de qué te disfrazarás. —confieso jocosa, mirando los disfraces infantiles, quizá encuentre algo aquí. —¿Crees que tengan disfraces de zanahorias? Rompo en risa. —Deja de bromear así —carcajeo devolviendo el disfraz de pirata a la estantería—. ¿Puedo elegir tu disfraz? —Eso sería peligroso. —Sí o no. Entrecierra su mirada. —Solo si elijo tu disfraz también. —Trato —le extiendo mi mano. La estrecha. —Trato. Nos sonreímos retadores. La platica queda ahí, nos ocupamos de encontrar un disfraz muy patético para el otro. Nos separamos, no le mostraré lo que elegiré hasta que estemos en los probadores. Estudio cada disfraz que están en el estante de niñas, tenía que buscar algo muy bonito, algo que Nick no se pondría. Además de ser algo patético. Algo tan patético como ese overol de unicornio rosado de allá. Regreso mi vista al peluche. A veces amo el cerebro que tengo. Voy directo a ese estante, reviso las tallas y hay de adultos. Sonrío llevando la talla más grande. Me río imaginando lo ridículo que se verá vestido de unicornio rosado. Estoy loca como para hacer algo así. Pero amo esta sensación de adrenalina y felicidad. Entro en mi cubículo, en el área de vestidores. Acordamos intercambiar disfraces estando en nuestros cubículos, y sí, silba y veo arriba de la puerta su mano con el paquete, reemplazo el paquete por el de su disfraz, cogiendo el que eligió para mí. —Espero te guste. —desea a carcajadas. Me asusta, el paquete está volteado, respiro confiando en que no hay ser cruel, o que Nick no lo fuera, giro el paquete revelando su temática. De ver la imagen de la niña disfrazada me calienta las vías sanguíneas. —¡Crosby! —vocifero cabreada. No responde. —¡Al menos tú no eres rosa! —grita en respuesta. Rio. Me encanta. Bueno, tratos son tratos, a cumplir. Tardé mucho en subir el cierre del disfraz, el de la camisa, odiaba el gorro con campanitas, las medias de rayas, y ni hablar de mis botas extravagantes. El disfraz me queda bien, a pesar de no haberlo escogido yo. Me gusta como resalta me veo. Salgo del vestidor y toco su puerta. —¿Listo? Abre la puerta y asoma la cabeza, o su mágico cuerno dorado, luego enseña todo su cuerpo. El disfraz le va, es rosa y tierno, usa unas gafas oscuras para darle el toque Nick al atuendo. Tiene sus manos en los bolsillos del overol. Luce tan adorable, y patético. Como se me escapan unas carcajadas tapo mi boca con la mano. Él analiza mi apariencia. Sonríe ladeado. —De qué te ríes, duendecilla. —arquea su ceja. Sí, mi disfraz era de duende. Otra ofensa a mi altura. —Pareces haber salido de My Little Pony. —rio mirándolo de pies a cabeza. Abre su boca, indignado se acerca. —¿Y qué? —encoje hombros— Santa se olvidó de ti. Paro de reír, y golpeo su hombro. Se mira al espejo. —No puedo creer que Nick Crosby —recalca—, el chico que ha roto seis narices, decenas de costillas, y ha ganado peleas esté vestido de un pony. —Unicornio. —corrijo. —Un puto pony. —¿Has roto seis narices? Me parece una cantidad sorprendente. —Sí. —se limita a decir, no continué el tema, se notaba que le incomodaba hablar de eso. Ya conocía algo de ese lunático. Ha roto seis narices, decenas de costillas y ha ganado peleas. Y se ha convertido en un lindo pony. Pretendemos pagar las compras, sin embargo, la cajera es curiosa, no para de vernos el uno al otro, atribuyo que sea por los disfraces, de lo contrario no sé qué podrá ser. —¿Cuánto tiempo tienen? —pregunta la chica, suspirando. —¿Detestándonos? —supongo con seguridad— Una semana, pero siento que ha sido toda una vida. Camino a la puerta, pero lo oigo claramente. —Es una dulzura, lo sé. —le cuenta Nick a la chica. Fue sarcasmo, lo sé. —Apúrate, lunático. —paso la puerta. Salimos de la tienda con más ánimos. Éramos el foco de atención de todos, y se sentía jodidamente bien. Así se celebra el día internacional de lo patético, bitches. —Apresúrate, aún falta divertirnos. —me gusta esa sonrisa siniestra. Se adelanta, le sigo, acordamos irnos del centro comercial, Kenia y Luca tardarán mucho como para esperarlos, y según Nick necesitábamos preparar los globos y ellos un tiempo a solas. Varias niñas abrazaron a Nick, era un unicornio viviente, con lentes oscuros y mucho estilo, una de las niñas le pidió que la cargara y volara. Fue muy triste la disolución de descubrir que no podía volar. Y yo no me escapé, un niño se quejó conmigo de que santa no le regaló lo que pidió. ¿Qué culpa tengo de que Santa le regalara una bici y no una Xbox? Todavía desconozco que hará Nick con los globos, por la curiosidad me encuentro subiendo las escaleras de un edificio de unos cinco pisos de altura, Nick tararea una canción, su vocecita es muy linda, primera vez que le oigo cantar, aunque fuera bajito. Sostenía la pintura, y él los globos. Abre la puerta de la azotea para mí, me impresiona la vista, es increíble. Mi boca se abre y mis pies se mueven lento. El cielo está pintado de violeta, el atardecer es hermoso y en las ventanas de los edificios lo refleja mejor. —El atardecer tiene su encanto desde aquí. —Sí —admito perdida en las nubes rosas, reprimo mi risa, me he reído mucho de él—, ¿también hay atardeceres así en Equestria? —No tantos, allá con el poder de la amistad basta. Carcajeo, me duele el abdomen. Como bromas de esas estuvo compuesto el camino. Se acuchilla en el suelo, rompe la bolsa de los globos y extiende su mano a mí, entiendo que le pase la pintura. Se la entrego. Me pide ayuda, y llenamos los globos de pintura, la bolsa contenía unos diez globos, ahora eran diez globos llenos de pintura rosa. Me sonríe y lo hace, tira uno por la azotea, una pareja que va de paso por la acera se lleva la peor parte, el globo ha estallado sobre la cabeza del chico. La pareja maldice y se queja mirando a la azotea del edificio, inmediatamente me alejo dejando de mirar. —¿Estás demente? —¿Le preguntas eso a todos los unicornios con los que sales? —Sí, estás demente. Me tiende otro globo con la pregunta que conozco. —¿Te atreves? Yo también estoy demente, por ello tomo un globo. —Si saltas, yo salto. Lanzo el globo y este revienta en otra pareja que desafortunadamente pasaba por ahí, mal día para pasear felizmente por la acera. Ese globo fue el principio a muchos otros desastres, lo que sobraba de tarde se centró en explotar globos rosas a parejas que veíamos pasar, frases sarcásticas, peleas y risas, según Nick tirar globos era una buena forma de felicitarlos por el día internacional de lo patético. Lo decretó esa tarde. Es cruel el chico. —Prométeme que haremos esto el próximo año. —jadeo por la falta de oxígeno, me he reído mucho. —No tengo con quien más festejar el día internacional de lo patético. Echa un vistazo hacía abajo, se pierde en algo que ve. —Míralos —diviso a una pareja que conozco, Kenia abrazaba el brazo de Luca y le sonreía dulcemente—, lucen felices. —Sí —coincido—, pero se nos acabaron los globos. No hay risa, ni gracia en su rostro, los mira con anhelo, como si deseara tener un poco de lo que tiene Luca en su cara. Amor. —Se ven enamorados. —No puedes caer en el amor, Nick —le aconsejo, me observa—, te podría suceder lo mismo que a todas las cosas que caen. Se rompen. Me sonríe. —Algunas cosas están hechas para romperse. No conocía del todo a Nick, pero lo calificaría junto a esas personas que no merecen sufrir. —No mereces sufrir —lo verbalizo—, y mucho menos que te lastimen. Regresa a ellos que ríen por su fortuna. Baja la cabeza. —Además enamorarse es para algunas personas. —certifico bajando también la mía. —¿No para ti? —No. —Y… para nosotros. Levanto lentamente mi cara, lo encuentro atento. Nosotros. —No… No lo sé.
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