💜 15 💜

4116 Palabras
¿Qué era la paz? ¿La puedo comprar en algún lado? ¿Me serviría para sustituir al papel higiénico? Paso una mano por todo mi rostro. Estoy cansada de pensar que haré. Primero hablaría con papá, me explicaría a detalle la gracia de hipotecar la casa y no su trasero. Rayos, ya no era pobre. Ahora soy pobre y con deudas. Que gran herencia, papá. No dormí, no había lugar para el sueño si los problemas abarcaban la mayoría del espacio en mi cerebro. Eran las tres de la madrugada. Imposible dormir a estas horas. Giro mi cabeza sobre mi almohada, veo mi celular ¿Porqué siento la necesidad de escribirle? Porque molestarlo es tu otra pasión, jefa. Cierto, cerebro. Le escribiría, pero el pobre ha de estar en la cuarta fase del sueño. ¿Pobre? ¿Desde cuando somos tan consideradas con Nick? ¿Desde cuando tengo compasión por otro ser que no sean animales? Estoy mal. Enciendo mi teléfono y leo su último mensaje. Lunático Términos del contrato de trabajos: Las citas serán cuando diga y en donde diga. Toda ofensa a mi persona será sustraída de tu salario. Serás exclusiva y te seré exclusivo. Si admites que soy un Golden Boy recibirás bonus. Déjalo ser. No puedes renunciar sin mi consentimiento. Att: La Gerencia *inserte su firma aquí* 09:45 pm Y después releo mi respuesta. Ariana No me parece ese contrato, hay muchas clausuras que puedo violar, y no, no eres un Golden Boy, pero acepto las condiciones *deja su firma*. Ahora si me disculpas, me voy a arrepentirme por adelantado. 09:48 pm Llamó dos veces, dos veces que ignoré por estar analizando los papeles de la hipoteca, buscaría un contador que me asesore en estos casos, y que me diga que no hay que vender la tienda. Mi subconsciente para la elaboración de ideas, recibo una llamada, descuelgo. Es Kenia. —No iré a trabajar hoy. —¿Razones? —Pasaré el día con Luca. Lo que me faltaba. —Y harán cosas asquerosamente románticas. —anticipo conociéndolos bien. —Sí. —Si me vas a llamar para contarme cuan lindo es Luca no me llames ¿estamos? —Estamos, cuídate y no me extrañes, sobrevive sin mí. —Ya te extraño. —Luca me trajo rosas… —y cuelgo. No escucharía más babosadas. Paso a releer nuestra conversación. Hacía eso cuando tenía ansias de molestarle con SMS tontos. Mi celular se me cae en la cara, la alarma me asustó, y para añadir estaba en vibrador. Lo sé, soy ridícula. Me sobo la frente, duele, me quejo y me pongo en marchar. No tengo toda la vida para lamentarme por un chichón en la cabeza, necesito producir ingresos. Necesito money. Le doy una larga ducha a mi cuerpo, dos horas en mi pobre mundo. Es verdad que si solo oyes silencio tu mente se podrá ruidosa, las gotas me relajan, no lo demasiado, pero es un progreso. Ya no estoy tan tensa. Ato el nudo de mi delantal, ya vestida como lo habitual. Lo habitual: jeans desgastados, camisa con logos hípster, y mis converse negras. Dejo mi cabello suelto, está húmedo todavía. Se ve tan lindo así, lacio y oscuro, es una pena que al secarse pierda la lindura y se esponje. Salgo lista, volteo el cartel para abrir la tienda, y… veo las tiendas de al frente decoradas con corazones rosas, una chica vendiendo rosas, casi oía a los pajaritos cantar enamorados. Ugh, ya mañana era San Valentín. A mí exclusivamente me persiguen desgracias, volteo de nuevo el cartel. Está decidido. Yo también me tomaría el día libre. Más bien buscaría la libreta de papá, que recuerde él tiene un amigo contador, el sujeto perfecto para ayudarme con un consejo en esto de la hipoteca. Papá guardaba sus cosas en un cajón de la recepción, inicio por ahí, sin embargo, hay veintes cajones ¿En cuál estaría sus apuntes? Revisé muchos de ellos sin obtener lo buscado. Pero justo abandonando la partida aparece. Sonrío besando la libreta. —Te encontré. —susurro exhausta, limpio el sudor sobre mi frente, abro la libreta y descubro que tiene contactos ordenandos por apellidos. ¿Cómo se llamaba? Su apellido era por la G. Voy directo a la letra. Diviso los apellidos con mi índice intentando dar con el correcto. ¿Señor Green? No. ¿Señor Gees? Menos. —Aquí está. Señor Grath. Un gran amigo de papá, recuerdo ese apellido, papá lo nombraba mucho. Hace años que no habla de él. El timbre de la tienda suena. Extraigo la hoja de la libreta, la doblo metiéndola en el bolsillo de mi pantalón. Organizo velozmente las cosas y hojas regadas por el suelo. He hecho un tiradero. Medio consigo hacer que se vea como si estuviese ordenado. Camino a la puerta la abro encontrándome un café, un café con unos dedos largos rodeándolo, un brazo con tatuajes que la camisa manga corta exhibe, asciendo hasta hallarlo. Lunático a la vista. —¿Qué le pasó a tu cabello? ¿Qué? Mis manos van directo a mi cabellera, suspiro, le pasó lo de siempre, se esponjó. —Explotó. —respondo, haciéndome una coleta alta. Ve curioso como reduzco mi cabello a una cola de caballo. Me aventajo de que la puerta me refleje, saco mi flequillo y lo acomodo. Listo. —¿Explotar? —inquiere pasando por detrás de mí. —Sí, cuando se seca se espon… ¡Ey! Me ha quietado la coleta. Tanto que me ha costado hacerla. Exprimo mi ceño cabreada. ¿Qué le cuesta dejarme ser infeliz con una coleta? Se acerca, ve mi cabello. Sus pupilas titilaban con gracia. Esperaba una broma como “Que bruja te ves”. —Me gusta. Niego. —Mi cabello luce como el de esos rockstar de los años ochentas con friz. —No es así —da un paso más, toca mi cabello—. Luces bien, es sedoso y suave. Porqué me siento intimidada solo porque toque mi cabello. Desde cuándo sus ojos son mágicos. De dónde salieron esos nervios que me acatan ahora. ¿De él? Pestañeo bajando la vista, subiendo la guardia, giro atrapando su casco, se lo regreso. Respiro profundo, ¿Qué pasa conmigo? —Toma —le entrego su casco—, me cansé de coleccionarlos, que tedioso ir robando casco por la vida. —Debe de ser difícil. ¿Qué onda con esa expresión facial? Odiaba su cara de “Te altero, y lo sé". —¿Qué? Ríe. Ridículo. —Nada —avanza por la tienda—. ¿Sigues si verle lo bueno a la vida? Asiento. Esa pregunta me empieza a chocar un poco. ¿Acaso la vida tiene algo bueno? No lo creo. —¿Cómo conseguiste ese tatuaje? —comento buscando distracciones. Oh, jefa, y vistes sus brazos y dijiste: ¡Que distracción! —Eran gratis. —dice somnoliento. Qué… —¿Te tatuaste por qué eran gratis? Asiente y casi me parto de la risa. —La palabra lunático te queda corta. —sigo riendo. Mi abdomen duele, pero no freno. Y cuando ya mi risa se va, lo chistoso se vuelve ya no chistoso, lo hallo. Mirándome. No sé qué hacer, qué sigue o qué pasa con el tiempo que pasa tan lento. Lo repito con los nervios carcomiéndome. —¿Qué? Niega en silencio. —Si no lo dices te echo a la calle. —No te va a gustar. —bosteza. —¡Dilo! No podía ser tan malo ¿verdad? —Te vas a molestar. —Es por mi cabello ¿cierto? —tomo mi coleta enojada por estar de estúpida con cabello despeinado delante de él, fui el centro de sus burlas en su imaginación. De un tirón me quita la coleta y se queda con ella. Lo encaro enojada. —No es tu cabello. Entonces ¿Qué se calla? Me estresa si silencio. Doy un paso al frente. —¡Ya dilo! Traga grueso. Mira directo a mis orbes azules. Le sigo la corriente. Baja sus hombros, suspira soltándose. —Eres lo más cercano al cielo que he estado. ¿Yo? ¿El cielo? Escucho su respiración, mis ojos se deslizan por sus mejillas casi sonrojadas. Nadie jamás me había dicho algo similar o cerca de eso. De nuevo, como de costumbre, no sé que hacer. Eh… —¿Gracias? Rasca su nuca, su postura es rara. —¿Tienes tatuajes? —pregunta de pronto, queriendo superar lo ocurrido. Sonrío. —Dos. —Muestra. —Pero claro que… NO. —prohíbo, de solo pensar que los vería se me erizaba la piel. —¿Tienes miedo? Esa pregunta se ha convertido en un reto para ambos. —Para nada. —¿No me los enseñarías ni por un café descafeinado? —No —levanto mi mentón, estruje mi frente, parpadeo—, ¿Descafeinado? —Sí, con azúcar. —¿Eso existe? —Desde que lo tomo sí. —le da un sorbo a la bebida. —¿Cómo va a ser café si es DES-cafeinado? La interrogante que va después de “¿Cuáles son las dimensiones del universo?” —Solo es café descafeinado. —Pero si le quitan la cafeína ¿no deja de ser café? Esto está muy interesante. Él ríe. —Sigue siendo café. —alega como defensa. Vuelve a bostezar. Niego. —Deja de ser café, no sé si te diste cuenta, pero… ¡Le quitan la cafeína! —¿Y…? —encoje hombros. Para argumento ese. Noten el sarcasmo. —¡Y que no se le puede llamar café a algo que no tiene café! ¡Paciencia! ¿En dónde estás? Ven a mí ya. —Entonces según tú —me señala— ¿Cuál sería la forma correcta de llamar al café descafeinado? Cierro mis ojos, aprieto mis ojos. Ya me irrita que unan palabras que se contradicen. Café. Descafeinado. ¿Cómo le llamaría? Le sonrío. —Descafeinado. —¿Has oído lo mal que suena? —enarco una ceja—. Imagina que entre a una cafetería y diga —carraspea dramáticamente—. Un descafeinado, por favor. Suena muy mal. —Pero no irías a una “Cafetería” por un “Descafeinado”. Él se ríe. Vale, quizá ya estamos muy a fondo en el tema. ¡Pero yo tengo la razón! —Ah, no ¿ha dónde iría? —carcajea— ¿A una Descafetería? —Sí. Se rompe de la risa. —Hablo en serio. —reclamo seria. Sigue en lo suyo. Reírse de mis argumentos. —Ríete todo lo que quieras, no verás mis tatuajes ni por café y mucho menos por un descafeinado. —Algún día lo veré. —jadea recomponiéndose. —Algún lejano día —corrijo, recordando tener una llamada por hacerle a cierto contador, miro a Nick—. Debo ir a hacer una llamada, ya vuelvo, tú ponte cómodo. —¿Qué tan cómodo? —emite con semblante travieso. —Juicioso. —sentencio robando un vaso de café, el dueño se queja, muy tarde ya he salido de la tienda. Saco la hoja, marco el número que al quinto timbre responde. —¿Señor Grath? —El mismo que calza y viste. O el que le habla. —comenta elocuente. En efecto, es él. Sonrío. —Soy Ariana —me presento—, la hija del Sr Frizplanck, su buen amigo. —Oh, claro que te recuerdo, por cierto ¿Cómo está tu padre? Hace mucho que no lo veo. Entendible, si papá no sale de la casa. —Está en casa, y bien de salud —suspiro—. Seré directa y no le haré perder el tiempo. Tengo entendido que usted es contador ¿no? —Afirmativo, lo soy. —Necesito un consejo profesional. —¿Problemas financieros? —Una hipoteca. —Bien, puedo trabajar con eso, dame detalles de las cuotas y el plazo. —Las cuotas no ha sido pagadas los primeros nueve meses, el plazo máximo es de un año. —Es grave, no se ha liquidado ni un poco el préstamo. Si no me equivoco solo restaría tres meses. Y el monto de intereses por demora ha de ser muy significativa. —Está en lo correcto, y el problema está en que el dueño de la propiedad hipotecada no quiere vender ¿Qué puede hacer? —Lo imposible por pagar todas las cuotas e intereses generados, en otras palabras, pagar hasta el último dólar de la hipoteca. Solo así recuperará la autoridad de su propiedad. —Y si no cuenta con el dinero para hacerlo. —Se acude a la entidad financiera acreedora del préstamo hipotecario para explicarles la situación y tratar de renegociar el préstamo. —¿Se puede hacer eso? —Sí, pero en caso de que la situación económica sea muy difícil y no se pueda llegar a un acuerdo con el banco, los deudores no tienen más opción que dejar de pagar. ¿Así de sencillo? ¿A qué costo? —¿Cuál sería la consecuencia? —Un proceso de embargo y subasta. —comprueba, bajo mi cabeza. El gerente tenía razón. —Eso era todo, gracias por su ayuda, Señor Grath. —Si algún día puedo ayudarlos no dudes en buscarme, salúdame a tu padre. —Con gusto. Cuelga. El timbre del celular me ciega, me hace pensar que… no podré reunir tanto dinero en tres meses. Respiro hondo, doy la vuelta, sorbo mi café y saboreo. Escupo. —Esto es un asco. —escupo junto a las náuseas. Ni se parecía al café. Camino de regreso a la tienda. El lunático ve las revistas que yo ya he ojeado. Son buenas. Hay que admitirlo. —¿Y Kenia? —inquiere divisándome sobre la revista. —Con su novio. Guarda la revista. —¿El chico del almacén? —Sí —internamente riendo—, el ruidoso. —En dónde está el almacén. —su cabeza va a todos lados. Oh, no. Eso JAMÁS. —Nunca te diré. Suspira derrotado. —¿Qué harás mañana? Giro los ojos. Mañana es el peor día de todos. Catorce de febrero. San Valentín. —Encerrarme todo el día y ver un maratón de The Walking Dead mientras bebo un vaso de clorox. —Fantástico. —La envidia es mala, Nick. —le molesto. —Tu humor también lo es. —me molesta. ¿Qué tipo de juego es este? —El tuyo apesta tanto como el descafeinado. —Café descafeinado. —arregla eliminando mi paciencia. —¡Apesta! —hago cara de asco. —Métete con uno de tu tamaño, enana, mi café no te ha hecho nada. ¿De nuevo? Cruzo brazos. —¿Alguna vez te has preguntado cuán duro es el pavimento desde unos... tres pisos de altura? Frunce su ceño, calcula, pero no determina. —No. —Pues lo sabrás cuando te lance de la azotea ¡Sino te retractas ahora mismo! —Oh, hazlo —muerde su labio—, eso sería tan sexy. —¿Todo marcha bien allá arriba? —Veamos Star Wars. No, no van las cosas bien en SU azotea. —Claro —accedo, no tengo más que hacer, hasta que doy con un dato importante—. Pero… —Qué. —Siempre termino durmiéndome. Abre su boca creando una mueca de perplejidad. No se lo cree. Asiento para que lo procese. —Eso fue ofensivo. —¿Lo… Siento? —Cinco dólares menos. —gira sobre su eje, camina a al depósito, mi casi habitación. —¡Ey! —le piso los talones—. No puedes hacer eso. —Soy tu jefe —abre la puerta y se echa en la cama como si fuera su propietario, estira sus brazos ubicándolos detrás de su cabeza—. Sí puedo. —Me estoy enojando, Nick Antoniaco. —Crosby. —¿Crosby? —Mi apellido. Nick Crosby. —Gran combinación para ser un lunático —comento tomando mi laptop y tirándome a su lado, la enciendo, me desespera lo lenta que enciende, o no, era otra cosa que me desesperaba—. Quieres ya dejar mi cabello. —Vale, gruñona. —desenvuelve una fibra de mi cabello de su índice. —Gracias, zombi. Da un gran gruñido que me asusta. Salto girándome a él, se ríe y se acerca. —Cerebro. —me susurra con vos gruesa. —Sí, no tienes cerebro, estúpido. —mascullo molesta por el susto, y porque halla sacado mi lado cobarde. —Aburrida. —Ridículo. —Asustadiza. —Payaso. —Enana. —DEGENERADO, TONTO, COBARDE Y RASCACIELOS HUMANIZADO. —insulto a una velocidad increíble. —Enana enojona. —Vete a la… —Grosera —sisea callándome, me roba la laptop—. Veamos que podemos piratear por aquí. Gruño, cruzo brazos. Me escruta jocoso, abre la boca y deduje que saldría burlas, me le adelanto. —Y no —siseo igual que él—, no soy gruñona ni grosera, analfabeta. Ríe retomando la búsqueda de la película. —Listo —avisa, acomodándose—. Ponte cómoda. —¿Qué tan cómoda? Cuánto duraría la película. —Puedes usarme de almohada. —me guiña. Porqué mi mente nos visualiza de tal forma. CEREBRO, ME TRAICIONAS. Giro los ojos. —Patético. —rechisto recostándome a su costado, dejando distancia entre ambos. —No muerdo ni tengo gripa —saca a relucir despojando la distancia que tanto me costaba conservar—. ¿Qué tanto sabes de Star Wars? —Pues… me he visto dos episodios. Dos películas, en las cuales terminé dormida. Lo considera, chasquea la lengua. —Veremos el episodio cinco. —El imperio contraataca… —leí de la pantalla. —Sh, me distraes. —ríe por el gozo de cerrarme el hocico. Estúpido. Y todo comenzó con “Había una vez en una galaxia lejana, muy lejana…” Ataques; un Yoda muy sabio, dos lados en guerra con el otro, la buena onda de Chewbacca, y muchas peleas con rayos láser; después… —¿ES SU PADRE? —exclamo en mera incredulidad, girándome para reclamarle mejor—. Porqué no me dijiste que Darth Vader era el padre de Luke… Veía el porque. Estaba dormido. —Genial. —musito, regresando a la película, pero, PERO… le hago caso a mis ideas de cabra loca, mis ojos van a su cara neutral, curiosean su rostro. Se ve tan pacífico. Su respiración tranquila me dice que lleva en esa labor desde hace mucho, las ojeras debajo de sus ojos son notorias y por más que sus pestañas cubran las noto, da la impresión de no dormir bien, de no dormir, pero ahora podrían destruir la estrella de la muerte y él seguiría dormido. ¿Qué estará soñando? Un lunar muy llamativo me anima a tocar su piel, a tocarlo. Acaricio sutilmente el costado de su frente, en donde está el lunar, alejo el cabello que cae y cubre otro lunar hermoso. Tres lunares. El cabello que retengo con la mano me da un poco de su textura, es liso y sedoso. Mis dedos recorren cada uno de los tres lunares hasta caer en su cabellera, desplazo mis dedos por su cabello disfrutando de la sensación tan… relajante. Encontré un nudo, no se peinaba. Sonrío. ¿Desde cuando no usas un cepillo? ¿Sabes qué es un cepillo? Río internamente. Que chico desalineado. Lo entiendo, no lo necesita, su cabello luce bien a simple vista. Peino y desenredo muy despacio, gozando de cada fibra que roza mis yemas. De pronto gruñe. Wtf. ¿Ha sido eso un gruñido? Pero fue raro, fue un gruñido de satisfacción, de placer. Enseguida retiro mi mano, frunce más su ceño. —Sigue. —pide con voz profunda, sin abrir sus ojos. Niego avergonzada, me ha pillado. —Lunático. —mascullo, apagando la laptop, cruzando brazos. —Por favor. —suplico suspirando. —No me pagan para esto. —me levanto, tengo algo pendiente por hacer, salgo de la habitación de un quejoso Nick somnoliento. Dramático, por no peinar su cabello no se iba a morir. Me dispongo a marcar el teléfono de mi hermana desde el mío. —Más vale me contestes. —digo inserviblemente, no ha respondido. Me descuelga. —¿Cuándo vendrás a ver a papá? —me ataca desde el segundo cero. Suspiro agotada del tema. —Pronto. —Bien. —con eso da inicio al silencio entre ambas. Silencio atormentado de tristeza. —Ariadna. —Dime. —dice secamente. Pienso en como decirle. No es algo ligero para digerir al instante. Me costó dos minutos decirlo. —Papá hipotecó la tienda. Más silencio, su respuesta tarda en llegar, me agobia la espera. —Lo sé. —confiesa con total tranquilidad. Me choca. Ya sabía. —También sabías que no ha pagado ni una cuota y que podemos perder la tienda. —añado esperanzada de que desconozca ese dato. —Yo te lo dije, Ariana, te dije que el papá estaba sacando dinero, ¿no se te cruzó por la cabeza que había vendido la tienda? Era demasiado obvio. —me recalca. No pierdo la cabeza, necesito soluciones. —Debemos pagar las cuotas. —¿Yo? —sonó muy indispuesta—. Ariadna tengo mis propias deudas, he cancelado las primeras dos cuotas, del resto ya no alcanzo. No puedo, lo siento. Lo sabía. Estoy sola en esto. —Entiendo. —Sabes que siempre tendrás tu casa. —Lo sé. —cuelgo al rato. Una casa. Sí, tenía una casa. No un hogar. —Enana enojona. Me giro encontrándolo. —Lunático Jirafasaurio. —menciono igualando. —Eres cruel. —Y tú un dormilón de lo peor. —cruzo brazos. Se encoje de hombros. —Me dormí en comerciales. Río, negando con la cabeza. —Crosby, la película está completa, sin comerciales. —le remarco. —Fue… el auto-corrector. —Descarado. —Amargada. —Ridículo. —sonrió en el insulto. Se acerca para oír perfectamente lo que dirá. Estoy preparada para cualquier ofensa. —Teletubi. Solo eso me hace hervir la sangre. Atravieso sus ojos con los míos. —Deja de meterte con mi estatura —le sugiero seria—, te lo advierto. —Qué me harás. —Cosas horribles. —Cosas horribles. —me imita en mofa. Me mofó. Aprieto la mandíbula, muy enojada. —Sal de aquí. —Sal de aquí. —repite otra vez en burla. —Hablo en serio, Nick. —le doy otra oportunidad. —Hablo en serio, chico más guapo que he visto en mi vida. —¿El chico más guapo que he visto? —me carcajeo—. Ni te peinas. —Igual soy sexy. —me guiña. Le sonrío. —Igual eres idiota. —Vale, ganas este round —concede sonriéndome—. Tengo que irme. —Bien. —asiento, fijándome de que no se va. ¿Porqué no lo quiero dejar ir? —Bien. —me copia revolviendo su cabello, que es de admitir, un desastre, camina a la puerta midiendo sus pasos. —Espera —lo detengo, giro mis ojos por lo que haré, me posiciono delante de él—. Baja un poco. Mi petición le alza una ceja, igual me obedece, baja hasta estar a mi altura. Río por lo patético que luce con sus piernas flexionadas a medias. Acerco mis manos a su cabello, peinando ese desastre, peino y peino quedando listo. Me gusta la sonrisa que me da, pero su mirada me pone nerviosa. —No me mires así. —sigo peinándolo para ignorarlo. —¿Nerviosa? —No. —dejo de peinar, cruzo mis brazos. —Nerviosa. —sentencia sacando algo de su pantalón. Un billete de cincuenta dólares que me entrega. —¿Qué esto? —le señalo el dinero. —Propina. —No, Nick, no lo aceptaré —deniego—, esto no fue una cita. —Lo dijiste. —sonríe el triple. —¿Qué? No logro entender. —Cita. Oh, mierda, ahora SÍ la he puesto. Tomo el billete, odio su sonrisa, no me importa ser el motivo de ella, la odio. —Ya lárgate. Ríe caminando a la puerta y antes de cruzarla me da un vistazo por encima del hombro, me sonríe y pasa la puerta. Desde aquí veo como se pone el casco, sube a su moto, la enciende y se va. Me quedo fijada al lugar en donde ha estado su motocicleta, recordando las palabras que dijo. “Eres lo más cercano al cielo que he estado” Sonrío. Por fin, después de tantas denominaciones negativas, era algo lindo para alguien.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR