Capítulo 3: El Primer Enfrentamiento

895 Palabras
Emilia La alarma de mi teléfono sonó con una melodía que juraría que era más estridente de lo habitual. Eran las ocho de la mañana y la ansiedad de la reunión de hoy ya había tejido una red apretada en mi estómago desde el momento en que abrí los ojos. No era nerviosismo por presentar un proyecto, algo que hacía con facilidad, sino por el factor desconocido: Mateo Vargas. Un historiador, una figura que la Fundación había enviado como si yo, con mis años de experiencia en restauración y mi conocimiento íntimo de la Casona del Sol, no fuera suficiente. Me puse mi traje más profesional, un blazer azul marino y una blusa de seda blanca, buscando proyectar una imagen de competencia inquebrantable. Hoy no era un día para la creatividad desaliñada del estudio. Hoy era un día para defender mi visión, para demostrar que mi enfoque, el de "Raíces y Renacimiento", era el correcto. Mientras me recogía el cabello en una cola de caballo pulcra, me miré al espejo. Mis ojos, grandes y expresivos, mostraban un brillo de determinación, pero también una pizca de desafío. No me dejaría intimidar. El desayuno fue una distracción necesaria. Tostadas con aguacate y un segundo café, esta vez descafeinado, para no añadir más combustible a mis nervios. Mientras comía, repasé mentalmente los planos de la Casona, cada detalle que habíamos descubierto, cada desafío estructural que habíamos anticipado. Habíamos hecho un trabajo preliminar exhaustivo, pero el correo de la Fundación había insinuado algo más profundo, algo que no habíamos visto. ¿Qué podría ser? ¿Y por qué un historiador sería el indicado para desenterrarlo? El viaje hasta la Casona del Sol fue corto. Las calles empedradas de Quito me eran tan familiares como las líneas de mi mano. Al llegar, el imponente edificio se alzaba ante mí, una mezcla de majestuosidad y abandono. Sus paredes ocre desvaído, las ventanas tapiadas o rotas, el jardín salvaje que amenazaba con devorarla. Para otros, era una ruina. Para mí, era un lienzo, un paciente esperando ser sanado. Cuando entré en el patio central, el silencio me recibió, amplificado por la reverberación de mis pasos en las baldosas agrietadas. Ya había algunos miembros de mi equipo de pie, revisando notas y preparando el equipo. Un par de miembros de la Fundación también estaban allí, sus rostros serios y expectantes. Pero mi mirada se detuvo en una figura alta y esbelta que estaba de espaldas a mí, estudiando una de las arcadas del patio. Su postura era erguida, con un aura de concentración casi palpable. Vestía de manera sencilla, pero con una elegancia discreta: camisa de lino azul oscuro y pantalones de tela. Cuando se giró, nuestros ojos se encontraron. Mateo Vargas. Su rostro era anguloso, con pómulos marcados y una mandíbula firme. Sus ojos, de un color indefinible entre el gris y el verde, tenían una intensidad que me hizo sentir como si estuviera siendo analizada, cada pensamiento, cada emoción, desnudada. Su cabello, oscuro y ligeramente revuelto, le daba un aire de intelectualidad un tanto desordenada, lo que contrastaba con su postura rígida. No era guapo de una manera convencional, pero había algo en él que resultaba extrañamente cautivador, un magnetismo sutil pero potente. "Señorita Ríos, asumo", dijo, su voz era grave y resonante, sin rastro de calidez. No era una pregunta, sino una afirmación. "Arquitecta Ríos, sí. Y usted debe ser el Dr. Vargas", respondí, forzando una sonrisa profesional que sentía más como una mueca. Su tono era tan formal que mis defensas se activaron de inmediato. Extendí mi mano, esperando un apretón firme. Él la tomó, y su tacto fue sorprendentemente cálido, pero breve, casi evasivo. Sus ojos no abandonaron los míos. "Es un placer, Arquitecta", dijo, aunque su expresión no reflejaba precisamente placer. Parecía más bien una mezcla de curiosidad y un escepticismo apenas velado. "He estado revisando la documentación preliminar de su equipo. Impresionante, para ser un proyecto que parece priorizar la estética sobre la historia". Mi sangre hirvió. ¿"Priorizar la estética"? ¿Sobre la historia? Era un ataque directo a mi filosofía, a mi trabajo. "Dr. Vargas", empecé, mi voz un poco más tensa de lo que pretendía, "mi equipo y yo dedicamos cada esfuerzo a honrar la historia de cada edificio que intervenimos. La estética es inherente al patrimonio, es parte de su alma. Pero sin una estructura sólida, esa alma no tiene dónde residir". Una comisura de sus labios se levantó ligeramente, una sombra de lo que podría ser una sonrisa irónica. "El alma", repitió, con un dejo de incredulidad que me irritó aún más. "Interesante elección de palabras para un arquitecto. Mi trabajo, Arquitecta Ríos, es asegurar que no se pierda ni un solo fragmento de la verdadera historia en su afán por 'revivir' el edificio". Sus palabras resonaron en el patio, frías y desafiantes. La chispa de emoción que había sentido ayer se había transformado en un fuego de indignación. Este hombre no solo era arrogante, sino que parecía tener una idea preconcebida de mi trabajo y de mí. La colaboración no sería sencilla. Sería una batalla. Y por alguna razón, una parte de mí, esa parte indomable que mi abuela siempre había elogiado, se sintió extrañamente... viva. La Casona del Sol no solo sería restaurada, sino que también sería el escenario de un enfrentamiento de voluntades. Y yo no planeaba perder.
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