Capítulo 2: Ecos en la Piedra

779 Palabras
Mateo El reloj marcaba las siete y media, pero para mí, la jornada ya llevaba horas en marcha. La luz mortecina de mi lámpara de escritorio se aferraba a los pergaminos y libros antiguos que cubrían cada superficie de mi pequeña oficina en la universidad, un refugio polvoriento en el corazón de Quito. El silencio era casi total, roto solo por el suave zumbido de mi computadora y el crujido ocasional de una página vieja al pasarla. Era un silencio que apreciaba, un compañero constante en mi búsqueda por desentrañar los secretos que la historia se obstinaba en guardar. Mi café, tan n***o como la tinta de los manuscritos que examinaba, ya estaba frío. No importaba. El sabor amargo era un recordatorio bienvenido de la realidad, un contrapunto a las fantasías y dramas de los siglos pasados que poblaban mi mente. Siempre fui así, un observador, un descifrador de enigmas. Los vivos a menudo me parecían más complejos y menos coherentes que los muertos, cuyas vidas, una vez documentadas, ofrecían una narrativa más clara, aunque fragmentada. El correo de la Fundación del Patrimonio me había llegado anoche, interrumpiendo mi concentración en un fascinante informe sobre las rutas comerciales incas. "Colaboración en el proyecto de restauración de la Casona del Sol", decía el asunto. Mi primera reacción fue de fastidio. Mis proyectos de investigación eran sagrados, mi tiempo, limitado. No me gustaba que me desviaran de mi camino, especialmente por algo tan... tangible como la restauración de un edificio. Mi interés radicaba en el relato, en las voces del pasado, no en la materialidad de sus estructuras. Pero luego leí el cuerpo del mensaje. Hablaban de "hallazgos inesperados", de "elementos ocultos que podrían reescribir la historia conocida del sector". Eso captó mi atención. Como un viejo cazador de tesoros, las palabras "ocultos" y "reescribir" eran como un cebo irresistible. Los edificios antiguos de Quito, especialmente aquellos en el centro histórico, eran cápsulas del tiempo, cada piedra un posible susurro del pasado. El correo también mencionaba a la arquitecta líder del proyecto, Emilia Ríos. El nombre no me sonaba. Eso era inusual en mi círculo, donde todos conocíamos a los principales actores en la preservación del patrimonio. Presumí que sería otra de esas jóvenes idealistas, llena de buenas intenciones pero quizás carente de la perspectiva histórica necesaria para comprender la verdadera magnitud de lo que significaba desenterrar el pasado. Mi experiencia me había enseñado que la pasión, sin un rigor académico y una mente analítica, podía ser una espada de doble filo. Mi propia historia me había empujado hacia este camino, hacia la seguridad de los hechos y la fría lógica de la investigación. Tras perder a mi familia en un accidente que la historia oficial atribuyó a un "fallo estructural" en una vieja casa en la que vivíamos, me aferré a la idea de que si uno entendía el pasado, si uno desentrañaba cada detalle, se podían evitar futuros errores. Había una verdad en cada g****a, en cada cimiento, si solo sabías cómo leerla. Los sentimientos, las emociones, eran para los poetas y los novelistas, no para un historiador. Aunque mi mente se resistía a este desvío, mi curiosidad era demasiado fuerte. La Fundación no solía dramatizar, así que si hablaban de "elementos ocultos", era porque realmente había algo de peso. Quería saber qué. Quería ser yo quien desvelara esos secretos, quien diera voz a esas piedras silenciosas. Dejé a un lado el pergamino inca y abrí el archivo adjunto del correo. Era una primera evaluación de la Casona del Sol, con fotos de su estado actual. Decrépita, pero con una nobleza innegable. Las imágenes de ciertos muros, con lo que parecían ser fragmentos de frescos antiguos ocultos bajo capas de yeso, me hicieron apretar los labios. Mi pulso se aceleró un poco. Esto no era una simple restauración. Esto era una excavación arqueológica enmascarada. Vi el nombre de Emilia Ríos de nuevo, asociado a los planos arquitectónicos iniciales. Sus bocetos eran detallados, sí, pero lo que realmente me llamó la atención fue una pequeña nota al margen, escrita a mano: "Mantener el alma". El alma. Una palabra tan... etérea. Algo que, en mi mundo de hechos y fechas, no tenía cabida. Un suspiro escapó de mis labios. Esta colaboración prometía ser... interesante. Yo buscando hechos, ella buscando un "alma". Dos mundos, dos enfoques. Una colisión parecía inevitable. No sabía si la detestaría o si, de alguna manera incomprensible, me obligaría a ver el mundo a través de una lente diferente. Solo sabía que el día de mañana me encontraría cara a cara con la Casona del Sol y con Emilia Ríos, y que nada volvería a ser exactamente igual.
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