EL PESO DE UNA MADRE

1226 Palabras
El aire en la pequeña cafetería se volvió denso, casi irrespirable. El nombre de Catalina Bautista flotó entre las mesas como una sentencia de muerte para la frágil paz que Sofía había intentado construir. Frente a ella, la mujer que decía ser la madre biológica de Mateo se veía pequeña, rota, pero sus ojos azules —esos malditos ojos que Sofía besaba cada noche en el rostro del bebé— no mentían. Sofía sintió un escalofrío. Apretó los puños bajo la mesa y sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos para no gritar. —¿Catalina Bautista? —repitió Sofía—. ¿Y esperas que te demos una medalla por aparecer ahora?. —Sofía, por favor —intervino Adrián, su voz era baja, pero en tono de advertencia. En su regazo, Mateo se removió en sueños, ajeno a que su destino se decidía entre sorbos de café frío. Catalina bajó la mirada, sus dedos se entrelazaron con nerviosismo. Parecía una niña asustada, no una mujer de veintiuna años. —No quiero medallas —susurró Catalina, las lágrimas finalmente se desbordaron por su mejilla—. Sé lo que piensan. Sé cómo se ve. Pero Lucas... él no me dio opción. Me dijo que si no entregaba al bebé, mi madre no sobreviviría a la semana. Sofía soltó una risa seca, carente de humor. —Esa historia me suena —escupió Sofía con sarcasmo—. Pero hay una diferencia, Catalina. Yo no abandoné a nadie. Yo regresé para enfrentar mis fantasmas. Tú dejaste a un niño de tres años en una cesta como si fuera basura. —¡No fue basura! —Catalina levantó la vista, y por primera vez, hubo un destello de fuego en su mirada azul—. Lo dejé en TU puerta, Sofía Torres. ¿Crees que fue casualidad? Sabía quién eras. Sabía que tú lo protegerías mejor que nadie. Sabía que Adrián Cortés tenía el poder para mantenerlo a salvo de Lucas. Adrián se tensó, sus ojos grises se clavaron en la joven frente a ellos. —¿Cómo sabías de nosotros? —preguntó Adrián. —Lucas hablaba de ustedes todo el tiempo —confesó Catalina, limpiándose el rostro con el dorso de la mano—. Estaba obsesionado con Sofía, con recuperarla, con destruirte a ti, Adrián. Mateo era solo un peón para él. Me obligó a quedar embarazada, me mantuvo encerrada... y cuando Camila se volvió loca, él decidió que ya no necesitaba a Mateo cerca. Sofía sintió una punzada de náuseas. La mención de Camila, la hermana de Lucas que terminó en un psiquiátrico por "depresión postparto", cobró un sentido nuevo y macabro. —Camila no fue quien tuvo una depresión postparto —dijo Sofía, conectando los puntos con horror—. Ella estaba cuidando al hijo que Lucas te obligó a tener a ti. —Ella era la única que lo quería —sollozó Catalina—. Lucas la usó para que cuidara de Mateo mientras yo estaba en la clínica de rehabilitación donde él me metió para que nadie me creyera si hablaba. Pero cuando Camila descubrió lo que Lucas le hizo a tu padre, Sofía... ella colapsó. No pudo con la culpa. Adrián cerró los ojos un momento, el peso de los pecados de su familia y los de Lucas chocaron en su pecho. —¿Por qué ahora, Catalina? —preguntó Adrián—. ¿Por qué aparecer justo cuando Lucas está en una celda?. —Porque ahora es el único momento en que puedo respirar sin permiso —respondió ella con una madurez repentina y dolorosa—. Porque supe que lo arrestaron. Porque quiero que Mateo sepa quién soy, aunque no pueda ser su madre. Sofía sintió un nudo en la garganta. El miedo a perder a Mateo luchaba contra la empatía que sentía por esa mujer que claramente había sido otra víctima del monstruo de Lucas Rivera. —No puedes simplemente aparecer y esperar un lugar —dijo Sofía, aunque su voz ya no era tan dura—. Mateo ha pasado por mucho. Casi muere por una infección porque estaba malnutrido cuando lo dejaron. Catalina ahogó un grito, tapándose la boca con ambas manos. —Yo no sabía... Lucas me dijo que estaría bien... —Lucas miente siempre —sentenció Adrián —. Escucha, Catalina. No vamos a entregarte a Mateo. No hoy, ni mañana. Legalmente, su registro es falso y tú no figuras como su madre en ningún papel oficial. —No vengo por la custodia legal —dijo Catalina, mirando al niño con una mezcla de anhelo y resignación—. Vengo porque Lucas tiene gente afuera. Miembros de su antigua red. Y me contactaron. Sofía y Adrián se miraron, la alarma se enciendió simultáneamente en sus ojos. —¿Qué te dijeron? —exigió Adrián. —Dicen que Lucas tiene una carpeta roja —susurró Catalina, bajando aún más la voz—. Una carpeta que no entregó a los fiscales. Dicen que en esa carpeta hay pruebas de que Vicente Cortés no solo pagó por el silencio de Alfonso Torres, sino que fue quien dio la orden final para el accidente... y que hay alguien más en la familia Torres involucrado. Sofía sintió que el mundo se inclinaba. ¿Alguien más de su propia familia?. —Mientes —dijo Sofía, aunque sus manos temblaban. —No miente —dijo Adrián, su voz sonó como una tumba—. Lucas mencionó secretos que nos destruirían a todos. En ese momento, el teléfono de Adrián vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Marcus. Adrián lo leyó y su rostro se volvió de papel. —¿Qué pasa? —preguntó Sofía con el pánico subiendo por su garganta. —Es sobre Camila —dijo Adrián, mirando a Sofía con terror—. Acaban de informar que hubo un "incidente" en la clínica donde la trasladaron. Alguien entró. Catalina se puso de pie bruscamente, tirando su silla. —¡Es él! —gritó Catalina, llamando la atención de los pocos clientes de la cafetería—. ¡Lucas no necesita estar afuera para quemarlo todo! Adrián se levantó, sujetando a Mateo con firmeza contra su pecho. —Tenemos que irnos. Ahora. Catalina, vienes con nosotros. Marcus te pondrá en una casa de seguridad. —No —dijo una voz desde la entrada de la cafetería. Sofía se giró y sintió que el corazón se le salía del pecho. En la puerta, empapada por una lluvia que acababa de empezar a caer, estaba su hermana, pálida y con el teléfono en la mano. —Sofía —dijo su hermana con la voz rota—. Mamá... acaban de llevársela. Unos hombres dijeron que tenían documentos que tú necesitabas ver. Sofía miró a Adrián, luego a Catalina, y finalmente al pequeño Mateo que despertaba en los brazos de Adrián, sus ojos azules se llenaron de lágrimas ante la tensión del ambiente. El fuego no se había extinguido con el arresto de Lucas, solo se había extendido hasta su propia casa. —Dime que no es verdad —susurró Sofía, sintiendo que las llamas finalmente la alcanzaban. Adrián la tomó del brazo con fuerza. —No vamos a arder solos, Sofía —gruñó Adrián al oído de ella—. Si Lucas quiere guerra, le daremos un infierno.
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