La lluvia golpeaba el pavimento con una violencia que imitaba el caos dentro del pecho de Sofía. El mundo parecía haberse fragmentado en mil pedazos en el instante en que su hermana pronunció aquellas palabras: su madre había sido secuestrada. No era una suposición, era una declaración de guerra ejecutada por los restos de la red de Lucas Rivera, un hombre que, incluso tras las rejas, seguía moviendo los hilos de su pesadilla.
—Súbanse al coche. ¡Ahora! —ordenó Adrián. Su voz, usualmente controlada, vibraba con una furia metálica.
Sujetaba a Mateo contra su pecho con una fuerza protectora que hacía que los nudillos de sus manos resaltaran blancos bajo la luz tenue de las farolas. Sofía obedeció mecánicamente, empujando a su hermana y a Catalina hacia el asiento trasero mientras ella se desplomaba en el lugar del copiloto. Su mente era un incendio.
—¿A dónde la llevaron, Lucía? —preguntó Sofía, girándose hacia su hermana.
—No lo sé... —sollozó Lucía, apretando el teléfono contra su pecho—. Eran dos hombres. Dijeron que tú sabías exactamente lo que ellos querían. Mencionaron una carpeta... una carpeta roja.
Adrián arrancó el vehículo, haciendo que las llantas chirriaran contra el asfalto mojado. Su mirada gris estaba fija en la carretera, pero su mandíbula estaba tan tensa que Sofía temió que sus dientes se quebraran.
—La carpeta roja —gruñó Adrián, esquivando un taxi con una maniobra brusca—. Catalina tenía razón. Lucas la usó como su último seguro de vida.
—¿Qué hay en esa carpeta que sea más importante que la vida de mi madre? —gritó Sofía, perdiendo finalmente el control—. ¡Dímelo, Adrián! ¡Deja de protegerme con silencios que solo nos queman más!.
Catalina, acurrucada en un rincón del asiento trasero, habló con un hilo de voz que apenas se distinguía sobre el rugido del motor.
—No es solo lo que tu padre descubrió, Sofía —dijo Catalina, sus ojos azules brillando con terror en la oscuridad del coche —. La carpeta contiene las pruebas de que el accidente de Alfonso Torres no fue un error de cálculo de Lucas. Fue una trampa donde tu propia tía facilitó la ubicación exacta de tu padre esa noche a cambio de que Vicente Cortés salvara sus propias deudas de juego.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Su tía. La mujer que la había consolado en el funeral. La mujer que había comido en su mesa durante años mientras cargaba con la sangre de su hermano en las manos.
—Eso es mentira... —susurró Lucía, pero sus propios ojos reflejaban una duda corrosiva.
—No lo es —sentenció Adrián, sin apartar la vista del camino—. Mis investigadores habían encontrado rastros de pagos anónimos a una cuenta en el extranjero, pero nunca pudimos confirmar el remitente. La carpeta roja es la pieza que falta. Lucas la tiene escondida, y sus hombres no se detendrán hasta que él obtenga su libertad a cambio de ese silencio.
Adrián frenó en seco frente a un edificio de alta seguridad en el centro de la ciudad: Las oficinas de Marcus.
—Catalina, entra ahí. Marcus te espera. No salgas por nada del mundo —ordenó Adrián con autoridad—. Lucía, quédate con ella. Vigila a Mateo.
Sofía intentó bajar del coche, pero Adrián la detuvo tomándola del brazo. Su tacto, aunque firme, quemaba con una urgencia que ella reconoció de inmediato.
—Tú no —dijo él—. Tenemos que ir a la antigua bodega de los Rivera. Es el único lugar que Lucas todavía controla a través de terceros. Si tu madre está en algún lugar, es allí.
—¿Y si es una trampa? —preguntó Sofía.
—Lo es —respondió Adrián, y por un segundo, la máscara de CEO despiadado se resquebrajó para mostrar al hombre que estaba dispuesto a arder por ella—. Pero no voy a dejar que te quiten a nadie más. Ya perdimos demasiado por culpa de nuestros padres.
El trayecto hacia la zona industrial fue un descenso al infierno. La lluvia se había transformado en una tormenta eléctrica que iluminaba las calles vacías con destellos azulados. Sofía sentía que cada segundo que pasaba era un año de vida que le robaban a su madre.
Cuando llegaron, la bodega se alzaba como un esqueleto de metal y óxido contra el cielo oscuro. Adrián apagó las luces del coche y sacó un arma de la guantera. Sofía lo miró, horrorizada.
—¿Sabes usar eso?
—Tuve que aprender —respondió él secamente—. En este mundo, hay que estar preparados para sobrevivir a hombres como Lucas.
Entraron por una puerta lateral, moviéndose entre sombras que olían a humedad y peligro. El sonido de sus propios pasos resonaba en el vacío del almacén. De repente, una luz cegadora se encendió en el centro de la nave.
Allí, atada a una silla bajo un foco, estaba la madre de Sofía. Tenía el rostro marcado por las lágrimas, pero sus ojos se abrieron de par en par al ver a su hija. Intentó gritar, pero la mordaza se lo impidió.
Detrás de ella, un hombre de hombros anchos y rostro oculto por una gorra sostenía un encendedor de plata, haciendo bailar la llama cerca de la cortina de plástico que rodeaba la silla.
—Llegan a tiempo para el espectáculo —dijo una voz a través de los altavoces de la bodega. Era la voz de Lucas, transmitida desde una terminal remota en la prisión—. Hola, Sofía. Te ves hermosa incluso cuando estás a punto de perderlo todo.
—¡Suéltala, Lucas! —gritó Sofía, intentando avanzar, pero Adrián la retuvo, manteniendo su arma en alto—. Ya perdiste. Estás en una celda. Esto no te dará la libertad.
—Oh, querida... la libertad es relativa —rió Lucas a través del sistema de audio—. Lo que quiero no es salir de aquí. Lo que quiero es que tú sientas lo que yo sentí cuando me abandonaste. Quiero que veas cómo el fuego consume lo que más amas porque elegiste al hijo del hombre que destruyó a tu familia.
Adrián dio un paso al frente, interponiéndose entre el foco y Sofía.
—Tengo la carpeta, Lucas —mintió Adrián con seguridad—. Marcus la tiene. Si algo le pasa a ella, el contenido se filtrará a la prensa en cinco minutos y tú... tú no durarás una noche en esa celda cuando los socios de mi padre se enteren de que guardaste pruebas contra ellos.
Hubo un silencio tenso. El hombre junto a la madre de Sofía vaciló, su mano con el encendedor temblo ligeramente.
—Mientes, Cortés —siseó Lucas—. No tendrías el valor de destruir el legado de tu padre tan pronto.
—Mi padre está muerto, Lucas —respondió Adrián, su dedo se posicionó sobre el gatillo con calma—. Pero mi mujer está viva. Y voy a mantenerla así, aunque tenga que quemar tu imperio y el mío en el proceso.
—¡Hazlo! —ordenó Lucas por los altavoces.
El secuestrador acercó la llama a la cortina. Sofía gritó, pero antes de que el fuego prendiera, Adrián disparó. La bala impactó en el hombro del hombre, haciéndolo caer hacia atrás mientras el encendedor volaba por los aires.
Sofía corrió hacia su madre, desatando los nudos desesperada. Adrián se mantuvo alerta, cubriendo la retirada. La adrenalina le quemaba las venas, pero por fin, después de años de culpa, sentía que estaba haciendo algo correcto.
Lograron salir de la bodega justo cuando las sirenas de la policía, alertadas por Marcus, comenzaban a sonar en la distancia. Adrián subió a la madre de Sofía al coche, quien temblaba incontrolablemente abrazando a su hija.
—Estamos a salvo, mamá. Ya pasó —susurró Sofía, aunque ella misma no podía dejar de temblar.
Adrián arrancó el vehículo, alejándose de las luces azules y rojas que iluminaban el almacén. El silencio en el coche era distinto ahora; no era el silencio del miedo, sino el de la devastación absoluta.
Cuando llegaron de vuelta al penthouse, la atmósfera era tensa. Lucía corrió a abrazar a su madre, mientras Catalina observaba desde la cocina con una expresión de culpa que le deformaba el rostro.
Adrián caminó hacia el balcón, necesitando el aire frío para apagar el incendio en su mente. Sofía lo siguió. Se detuvo a su lado, mirando la ciudad que ahora le parecía un laberinto de secretos sucios.
—Tenías razón —dijo ella—. No íbamos a arder solos.
Adrián se giró hacia ella. Su rostro estaba marcado por el cansancio y las sombras, pero sus ojos grises brillaban con una verdad que ya no podía ocultar.
—Esto es solo el comienzo, Sofía. La carpeta roja... Lucas no se detendrá. Ahora sabe que estoy dispuesto a usarla contra todos, incluso contra mi propia familia.
Sofía tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron, y por primera vez, el contacto no fue solo pasión.
—Entonces terminemos con esto —dijo Sofía de forma seria—. Vamos a encontrar esa carpeta antes que ellos. Y vamos a revelar la verdad, sin importar a quién queme.
En ese momento, el teléfono de Adrián recibió un correo electrónico. No tenía remitente. Solo contenía un archivo adjunto titulado: "La lista de Alfonso".
Adrián abrió el archivo y palideció. No era una lista de transacciones. Era una lista de nombres de personas que habían recibido dinero de los Cortés el mes de la muerte de su padre. El primer nombre en la lista no era el de la tía de Sofía, sino el de su mejor amiga: Miranda.