La lluvia sobre el balcón del penthouse de Adrián no limpiaba la suciedad de las verdades que emergían de la pantalla del teléfono. Sofía observaba el rostro de Adrián, buscando una negación, un error en el código, una falla en la matriz de mentiras que se había convertido en su realidad. Pero el silencio de él, pesado y gélido como el mármol, era la confirmación más dolorosa.
—Miranda —susurró Sofía, y el nombre de su mejor amiga supo a cenizas en su boca.
El primer nombre en "La lista de Alfonso" no era el de su tía, ni el de un socio corrupto de los Cortés. Era el de la mujer que la había sostenido cuando ella no podía ponerse en pie, la que le había advertido sobre Adrián, la que supuestamente investigaba para protegerla.
—Tiene que haber un error —dijo Sofía, su voz se quebró— Ella la odia, Adrián. Ella me ayudó a conectar los puntos sobre tu padre. Ella... ella es mi ancla.
Adrián se giró, guardando el teléfono en el bolsillo de su pantalón, pero sus ojos grises seguían fijos en un punto invisible del horizonte.
—Miranda no conectó los puntos, Sofía. Ella los dibujó para que tú los siguieras —sentenció Adrián con una dureza que le erizó la piel.— Mira la fecha del primer depósito. Fue una semana antes de que tú decidieras regresar a la ciudad.
Sofía retrocedió, chocando con el marco de cristal de la puerta del balcón. Los recuerdos la asaltaron como ráfagas de fuego: Miranda convenciéndola de que el desfile en su ciudad natal era la oportunidad de su carrera, Miranda insistiendo en que debían ir a la boda de su hermana a pesar del riesgo de ver a Lucas, Miranda siempre con una botella de vino y una verdad a medias lista para ser consumida.
—Ella recibió dinero de tu padre —dijo Sofía, dándose cuenta de la magnitud de la traición .— Mientras me abrazaba en el funeral de Alfonso, ella ya tenía el precio de su silencio en su cuenta bancaria.
—No fue solo por silencio, Sofía —añadió Adrián, acercándose a ella, aunque no se atrevió a tocarla, sabiendo que en ese momento él también era parte del incendio.— Tu padre confiaba en ella. Él le entregó parte de la documentación original antes de morir. Miranda no solo cobró de los Cortés; ella usó esa información para manipularnos a ambos desde el primer día que nos vimos en ese bar.
La náusea subió por la garganta de Sofía. Se sentía desnuda, expuesta, como si cada secreto compartido con su amiga hubiera sido una bala entregada directamente a sus enemigos.
—¿Dónde está ella? —preguntó Sofía, con su mirada endurecida y el dolor transformándose en esa rabia letal que Adrián tanto temía y deseaba.
—Está abajo, en el salón con tu madre y Lucía —respondió él .— Todavía juega a ser la heroína que trajo los suministros para Mateo.
Sofía no esperó. Cruzó el penthouse con zancadas decididas, ignorando el rastro de agua que dejaba su ropa aún húmeda por la bodega. Cuando entró al salón, la escena parecía una bofetada de normalidad: Miranda estaba sentada en el sofá, con una mano sobre el hombro de la madre de Sofía, ofreciéndole un vaso de agua con esa expresión de lealtad inquebrantable que Sofía siempre había admirado.
Al ver entrar a Sofía, Miranda se levantó de inmediato.
—¡Sofía! Gracias a Dios estás bien. Adrián me dijo lo de la bodega... —empezó a decir, moviéndose hacia ella con los brazos abiertos.
—No me toques —siseó Sofía. El veneno en su voz detuvo a Miranda en seco.
Lucía y su madre alzaron la vista, confundidas por la violencia del tono.
—Sofía, ¿qué te pasa? Estás en shock, necesitas descansar... —intentó Miranda, manteniendo la máscara de preocupación.
—¿Cuánto te pagó Vicente Cortés por mi amistad, Miranda? —preguntó Sofía, y el silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar la lluvia golpeando los cristales del salón.
El rostro de Miranda no se desmoronó de inmediato. Era una profesional del engaño. Solo hubo un leve parpadeo, una fracción de segundo donde sus ojos buscaron la salida antes de volver a enfocarse en Sofía.
—No sé de qué estás hablando —respondió con una calma que aterrorizó a Sofía.
Adrián entró en el salón, sosteniendo su teléfono con la lista de transacciones iluminada en la pantalla. Se detuvo al lado de Sofía.
—Hablamos de la cuenta en las Islas Caimán, Miranda. De los depósitos mensuales que comenzaron el mismo mes que Alfonso Torres "se suicidó". Hablamos de cómo Lucas Rivera sabía exactamente cuándo Sofía estaría sola en el hotel para enviarle ese primer mensaje.
Miranda miró la pantalla y luego a Sofía. La máscara cayó. No hubo lágrimas de arrepentimiento, sino una mueca de desdén que transformó sus rasgos familiares en algo monstruoso.
—Alfonso era un hombre débil, Sofía —dijo Miranda, con una voz ahora desprovista de toda calidez—. Descubrió algo que era demasiado grande para él. Iba a morir de todas formas. ¿Por qué no sacar provecho de ello?
Sofía sintió el impulso de abalanzarse sobre ella, pero la mano de Adrián se cerró sobre su brazo, manteniéndola anclada.
—¿Lo vendiste? ¿Vendiste a mi padre? —gritó Sofía y las lágrimas finalmente comenzaron a brotar.
—Él me dio los documentos porque sabía que Lucas lo vigilaba —confesó Miranda, cruzándose de brazos—. Pensó que yo los pondría a salvo. Y lo hice. Los puse donde más dinero me daban. Vicente Cortés pagó bien por la "pérdida" de esos papeles.
—Y Lucas... —susurró Lucía desde el sofá, horrorizada—. Tú le decías dónde estábamos.
—Lucas es un psicópata, pero es un psicópata con recursos —respondió Miranda, observando a Adrián—. Él quería a Sofía de vuelta para controlar la herencia que Alfonso dejó oculta. Yo solo facilitaba los encuentros. Pero entonces apareciste tú, Adrián. El hijo pródigo con cargo de conciencia. Arruinaste un plan perfecto con tus "besos de fuego" y tu necesidad de redención.
Sofía se soltó del agarre de Adrián y caminó hasta quedar a centímetros de la mujer que consideraba su hermana.
—Sal de aquí —dijo Sofía, con una voz llena de furia—. Sal antes de que Adrián deje de ser un hombre de negocios y se convierta en el hijo de su padre.
Miranda soltó una risa amarga, recogió su bolso y caminó hacia la puerta. Se detuvo un momento, mirando a Sofía por última vez.
—¿Crees que yo soy el problema? —preguntó Miranda—. Lucas ya tiene lo que quería. La carpeta roja no es solo sobre tu padre o los Cortés. Hay algo ahí sobre ti, Sofía. Algo que Alfonso Torres murió intentando ocultar incluso de su propia hija.
Cuando la puerta se cerró, Sofía se derrumbó contra el pecho de Adrián, quien la envolvió con una urgencia desesperada. Su madre y Lucía se acercaron, formando un círculo de dolor y silencio en medio del lujo del penthouse.
Horas más tarde, la calma después de la tormenta se sentía más peligrosa que el rayo mismo. Lucía y su madre se habían retirado a las habitaciones de invitados, agotadas por el terror de la bodega y la revelación de Miranda. Mateo dormía en su cuna, custodiado por un guardia de seguridad en la puerta de su habitación.
Sofía estaba en el dormitorio principal, de pie frente al gran ventanal que mostraba la ciudad. Llevaba solo una bata de seda negra que Adrián le había dado, su piel aún se sentía erizada por la tensión. Adrián entró en la habitación en silencio, con la camisa desabrochada y el rostro marcado por la guerra que aún no terminaba.
Se acercó a ella por detrás, colocando sus manos sobre sus hombros. Sofía no retrocedió. En ese momento, el único fuego que parecía real era el calor de su cuerpo contra su espalda.
—Me investigaste —dijo Sofía, recordando las palabras de Adrián en el despacho—. Sabías que Miranda estaba bajo sospecha antes de mostrarme esa lista.
—Lo sospechaba desde que Lucas apareció en el apartamento con esos documentos —confesó él, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello—. Nada en la vida de Lucas es azaroso. Si él sabía exactamente qué decir para herirte, alguien le estaba entregando el guion.
Sofía se giró en sus brazos, atrapándolo con su mirada.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, y no era una acusación, sino una súplica por esa honestidad total que se habían prometido.
—Porque no quería ser yo quien te quitara lo último que te quedaba de tu vida anterior —murmuró Adrián, sus labios rozaron los de ella—. Pero hoy entendí que protegerte con mentiras es solo otra forma de dejar que Lucas gane.
El beso que siguió no fue suave. Fue un incendio provocado por la traición, por el miedo y por la necesidad de pertenecer a algo que no estuviera podrido. Las manos de Adrián recorrieron su espalda con una urgencia que hizo que Sofía gimiera contra su boca, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello para no caer en el abismo de sus propias dudas.
Él la levantó y sus piernas se envolvieron en su cintura automáticamente, mientras la guiaba hacia la cama de seda. Allí, bajo la luz tenue de la ciudad, se despojaron de la ropa y de las máscaras. El sexo fue una batalla y una oración; cada caricia era una forma de borrar las huellas de Miranda, de Lucas y de sus padres.
Adrián la reclamaba con una posesividad que en otro momento la habría asustado, pero que ahora era el único anclaje que Sofía estaba dispuesta a aceptar. "Eres mía", gruñó él contra su piel, y Sofía respondió con sus uñas marcando su espalda, una confesión de que, a pesar del veneno, ella seguía eligiendo arder con él.
Al amanecer, mientras el cielo se teñía de un violeta incierto, Sofía permanecía despierta, observando a Adrián dormir. Parecía un hombre diferente sin el peso del control sobre sus facciones.
Se levantó con cuidado y caminó hacia la sala, donde la laptop de Adrián seguía abierta sobre el escritorio. No buscaba "La lista de Alfonso". Buscaba el archivo que Catalina había mencionado en la cafetería: la referencia a la carpeta roja.
Después de varios minutos de búsqueda intensiva en los servidores privados de Adrián, encontró una carpeta oculta titulada "PROYECTO LUNA". Al abrirla, el primer documento no era un registro bancario. Era un acta de nacimiento, el acta de Sofía.
Sofía leyó el documento una, dos, tres veces, sintiendo que el aire se congelaba en sus pulmones. El acta de nacimiento indicaba que ella no era hija biológica de Alfonso Torres. En el espacio reservado para el nombre del padre biológico, el nombre escrito con caligrafía elegante y antigua era: Vicente Cortés.