El silencio del penthouse, que horas antes parecía un refugio tras la tormenta, se transformó de repente en una jaula de cristal asfixiante. Sofía sentía que el suelo bajo sus pies se desvanecía, dejando solo un abismo oscuro y profundo. Sus ojos ardían, clavados en la pantalla de la laptop de Adrián, donde las letras negras sobre el fondo blanco del acta de nacimiento gritaban una verdad que no podía ser real.
Padre biológico: Vicente Cortés.
—No —susurró, y su propia voz le pareció la de una extraña.— No, no, no...
El aire se negaba a entrar en sus pulmones. El hombre al que ella había odiado con cada fibra de su ser, el hombre que supuestamente había destruido la vida de su padre, Alfonso... era su verdadero padre. Y Adrián, el hombre que dormía a pocos metros de distancia, el hombre con el que acababa de compartir su cuerpo y su alma en una entrega absoluta... era su hermano.
La náusea la golpeó con la fuerza de un impacto físico. Se tapó la boca con ambas manos, sintiendo que el corazón le martilleaba en los oídos hasta casi dejarla sorda. Cada beso, cada caricia de la noche anterior, cada palabra de amor susurrada en la oscuridad comenzó a rebobinarse en su mente como una película de terror. No podía ser. El destino no podía ser tan retorcido, tan cruel.
Se levantó de la silla con movimientos erráticos, tirando un portarretratos de la mesa. El ruido del cristal rompiéndose resonó en el apartamento.
—¿Sofía? —La voz de Adrián, ronca por el sueño, llegó desde el dormitorio.
Ella se quedó paralizada, temblando violentamente. Escuchó sus pasos aproximándose, el sonido rítmico de sus pies descalzos sobre la madera preciosa del suelo. Quería correr, quería saltar por el balcón, quería desaparecer de la faz de la tierra antes de tener que mirarlo a los ojos.
Adrián apareció en el umbral, solo con los pantalones de dormir, su torso aún estaba marcado por los arañazos de pasión que ella le había dejado horas antes. Al verla de pie, con el rostro pálido y los ojos desorbitados, su expresión de preocupación se transformó en una de pura alarma.
—Nena, ¿qué pasa? ¿Qué haces despierta? —Se acercó a ella con rapidez, extendiendo una mano para tocarle la mejilla.
Sofía retrocedió.
—¡No me toques! —gritó con la voz quebrada a punto de llorar.— ¡Aléjate de mí!
Adrián se detuvo en seco, con la mano suspendida en el aire. Sus ojos grises estaban llenos de confusión.
—Sofía, ¿de qué hablas? ¿Qué ha pasado? Estábamos bien...
—¡Estábamos viviendo una mentira! —Sofía señaló con un dedo tembloroso la pantalla de la laptop.— ¡Míralo! ¡Dime que es un error, Adrián! ¡Dime que lo pusiste ahí para probarme, para jugar conmigo!
Adrián frunció el ceño y caminó hacia el escritorio. Sus ojos recorrieron el documento. Sofía lo observó, esperando ver sorpresa, horror, la misma devastación que ella sentía. Pero lo que vio fue algo mucho peor: una resignación pesada que le hundió los hombros. Él cerró la laptop lentamente, sin hacer ruido.
—¿Lo sabías? —preguntó Sofía.— ¿Lo sabías mientras me besabas? ¿Lo sabías mientras me hacías el amor?
—No lo sabía con certeza —respondió él.— Encontré ese documento en la caja fuerte de mi padre hace algunos años. El "Proyecto Luna" era su mayor secreto. Él estuvo obsesionado con tu madre mucho antes de que tú nacieras. Pero siempre pensé que era solo una obsesión, una aventura... hasta que apareciste tú.
—¡Somos hermanos, Adrián! —chilló ella, golpeándolo en el pecho con los puños cerrados.— ¡Me usaste! ¡Me dejaste entregarte todo sabiendo que esto podía ser verdad!
Adrián atrapó sus muñecas con firmeza, obligándola a mirarlo. .
—¡No somos hermanos, Sofía! ¡Escúchame! —la sacudió ligeramente para sacarla del ataque de pánico.— Mi madre me confesó antes de morir que yo no era hijo de Vicente. Ella también tuvo sus propios secretos para sobrevivir a ese hombre. Yo soy hijo de un hombre al que él mató por celos. Vicente Cortés no es mi sangre, pero siempre sospechó que tú sí eras la suya. Por eso destruyó a Alfonso. No fue por dinero, fue por propiedad. Quería reclamar lo que consideraba suyo: a ti y a tu madre.
Sofía dejó de luchar, sus brazos cayeron a los costados. La cabeza le daba vueltas. Secretos sobre secretos. Mentiras sobre mentiras.
—¿Cómo puedo creerte? —susurró.— ¿Cómo puedo saber qué es real en esta casa de espejos?
—No lo sé —confesó él.— Pero mírame, Sofía. Siente esto. —Puso la mano de ella sobre su corazón, que latía con una fuerza.— ¿Crees que si fuese tu hermano sentiría por ti esta sed que me quema los huesos? ¿Crees que el destino nos habría unido de esta forma si estuviéramos condenados?
Sofía lo miró, buscando la verdad en sus ojos. Quería creerle. Necesitaba creerle para no volverse loca. Pero la imagen del acta de nacimiento seguía grabada a fuego en sus retinas.
—Mi padre... Alfonso... —dijo ella, con las lágrimas fluyendo sin control por sus mejillas.— Él lo sabía. Por eso me alejó. Por eso me envió lejos con Lucas. No quería que Vicente me tocara.
—Alfonso Torres fue un héroe, Sofía —dijo Adrián, acercándose hasta que sus frentes se tocaron.— Él te protegió de la única forma que pudo, dándote su nombre y su amor, aún sabiendo que no compartían la sangre. Murió protegiendo el secreto de tu identidad para que nunca tuvieras que llevar la carga de ser una Cortés.
Sofía se hundió en sus brazos, llorando con una angustia que parecía no tener fin. Adrián la sostuvo, envolviéndola en su calor, besando su cabello y sus sienes, murmurando promesas de que encontrarían la salida de ese infierno.
—Lucas lo sabe —dijo ella de repente, separándose un poco.— Lucas tiene la carpeta roja original. Si el "Proyecto Luna" está ahí, él lo usará para destruirnos públicamente. Dirá que somos hermanos, nos arrastrará por el fango de la opinión pública... Mateo...
—No lo permitiremos —gruñó Adrián.— Mañana mismo haremos una prueba de ADN privada. Necesitas esa paz mental, y yo necesito que sepas que eres libre de amarme sin culpas.
Pasaron el resto de la madrugada en el sofá, abrazados, mirando cómo el sol comenzaba a lamer los rascacielos de la ciudad. Pero la paz era un espejismo.
—Lo sabías —susurró Sofía sin girarse. —Sabías que mi padre Alfonso murió protegiéndome de la verdad de que yo podía ser una Cortés, y aun así dejaste que me enamorara de ti.
Adrián se acercó, pero se detuvo a un paso de distancia, respetando su espacio.
—Solo quería que tuviéramos una oportunidad, Sofía. Una oportunidad de ser felices lejos de las cenizas de nuestros padres.
Sofía se giró, con los ojos llenos de lágrimas pero la mirada endurecida por la resolución.
—No somos hermanos, pero la confesión de tu madre sobre tu verdadero padre te libera a ti... pero el acta de nacimiento de mi madre me encadena a Vicente Cortés para siempre. Ahora soy la hija del hombre que arruinó mi vida, y tú eres el hombre que me rescató de él. ¿Cómo se supone que construyamos algo real sobre este cementerio de secretos?
Adrián la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Quemando los secretos, Sofía —dijo él con una intensidad que la hizo temblar. —Hasta que solo quedemos nosotros tres.