La luz del amanecer en el penthouse de Adrián no traía esperanza; era una intrusa de color grisáceo que desnudaba la devastación en el rostro de Sofía. Ella permanecía rígida, con la mirada perdida en los restos del portarretratos quebrado en el suelo, cuyas astillas reflejaban su propia imagen distorsionada.
Vicente Cortés. El nombre golpeaba en su cabeza. Ese hombre que había orquestado la caída de su familia, el que había empujado a Alfonso Torres al abismo, era, según aquel papel maldito, el origen de su propia sangre.
—Siento que cada célula de mi cuerpo le pertenece a él. A ese monstruo.—susurró Sofía con tristeza.
Adrián, la abrazó con más fuerza.
—Tu sangre no es tu destino, Sofía —dijo él—. Alfonso te eligió. Él te dio su apellido y su vida para protegerte de la sombra de Vicente. Eso es lo que te define, no un código genético escrito por un sociópata.
Sofía se giró bruscamente.
—¡Es fácil para ti decirlo! —exclamó, levándose del sofá donde había permanecido y caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—. Tu madre te dio la libertad con su confesión. Tú no eres un Cortés. Pero yo... yo llevo el sello del diablo en mi acta de nacimiento. Si esto sale a la luz, si Lucas usa esa carpeta roja, no solo seré la mujer que se acostó con su supuesto hermano ante los ojos del mundo... seré la heredera de un imperio de dolor.
Adrián la atrapó por los hombros, obligándola a detener su marcha errática. El contacto eléctrico, que antes la hacía derretirse, ahora le provocaba un escalofrío de duda.
—Escúchame bien —le dijo—. No voy a permitir que ese papel dicte quiénes somos. Hoy mismo iremos al laboratorio privado de la clínica. Haremos la prueba de ADN. Necesito que veas los resultados con tus propios ojos. Necesito que sepas que cuando te toco, no hay pecado, solo una verdad que nos pertenece únicamente a nosotros.
Él inclinó su rostro, buscando sus labios, pero Sofía desvió la cara en el último segundo. El rechazo vibró en el aire como un látigo. Adrián cerró los ojos, apretando la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se tensaron.
—¿Ahora me tienes asco? —preguntó él, con un hilo de voz que delataba una herida profunda.
—Tengo miedo, Adrián —confesó ella, rompiéndose finalmente en un sollozo ahogado— ¿Cómo podemos construir un hogar sobre las cenizas de mi padre Alfonso, sabiendo que Vicente lo mató para "reclamarme"?
La mañana transcurrió en un silencio luego de eso. Sofía se vistió con movimientos mecánicos: un traje de sastre n***o que le servía de armadura. Necesitaba ver a Mateo. El pequeño era el único punto de luz en aquel laberinto de sombras.
Lo encontró en el cuarto de juegos, custodiado por el guardia que Adrián había apostado allí. Mateo jugaba con unos cubos de madera, ajeno a todo. Sofía se arrodilló y lo atrajo hacia ella, aspirando el aroma a talco y bebé que emanaba de su cuello.
—Pase lo que pase, pequeño, tú eres mío —susurró contra su oído—. No dejaré que el veneno de los Rivera ni el de los Cortés te toque.
Adrián apareció en la puerta, ya vestido con un traje gris marengo impecable, la máscara de CEO de hierro estaba de vuelta colocada perfectamente en su sitio.
—El coche está abajo. Marcus nos espera en la clínica —dijo, seco y eficiente—. Catalina, tu madre y Lucía se quedarán aquí con el equipo de seguridad. Ellas cuidarán de Mateo. No podemos arriesgarnos a que Lucas intente otro movimiento mientras estamos fuera.
El trayecto hacia la clínica privada fue una tortura. Sofía miraba por la ventana, preguntándose cuántas personas en esa ciudad vivían vidas normales, sin actas de nacimiento que escondieran homicidios y obsesiones enfermizas.
Al llegar, la eficiencia del personal médico de confianza de Adrián fue abrumadora. En menos de diez minutos, ambos habían entregado sus muestras de sangre.
—Los resultados estarán listos en seis horas, Sr. Cortés —dijo el hematólogo, bajando la vista ante la intensidad de la mirada de Adrián.
—Que sean cuatro —sentenció Adrián, entregando una tarjeta que no aceptaba negativas.
Mientras esperaban el resultado, Adrián llevó a Sofía a un lugar que ella no esperaba: una oficina discreta en el sótano de una de sus empresas textiles, lejos de las cámaras de seguridad y de los ojos de los inversores.
Allí, sobre una mesa de metal, estaba la laptop que Miranda había usado antes de su traición.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Sofía, sintiendo que el ambiente olía a cables quemados y secretos.
—Si Miranda nos vendió, dejó rastros —dijo Adrián, abriendo una serie de archivos encriptados—. Ella mencionó que Alfonso Torres guardó documentos para protegerte. Y mencionó algo que tu padre quería ocultar incluso de ti.
Sofía se acercó, la curiosidad venció momentáneamente al dolor.
—"Proyecto Luna" —leyó ella en la pantalla, el mismo nombre de la carpeta que había visto en el penthouse.
—No es solo un acta de nacimiento, Sofía. Mira esto.
Adrián abrió un archivo de audio. Al principio, solo hubo estática, pero luego, una voz cansada y familiar llenó la habitación. Era Alfonso Torres.
"Sofía, hija mía... si estás escuchando esto, es porque Vicente ha ganado o porque yo ya no estoy para interponerme. Perdóname por mentirte toda la vida. Vicente Cortés no solo reclamaba tu paternidad; él afirmaba que tu madre y él tenían un pacto de sangre antes de que yo apareciera. Pero hay algo más... algo que descubrí en los laboratorios de su farmacéutica. Él no quería una hija, Sofía. Él quería un sujeto. El 'Proyecto Luna' no era sobre una familia, era sobre una herencia genética modificada..."
Sofía sintió que apenas alcanzaba a respirar. La voz de su padre Alfonso se cortó de golpe en un estallido de estática.
—¿Modificada? —susurró ella, mirando sus propias manos como si fueran extrañas—. ¿De qué estaba hablando?
Adrián cerró la laptop de golpe y sus ojos grises brillaron.
—Estaba hablando de que Vicente era un monstruo que jugaba a ser Dios —dijo él—. Pero eso explica por qué Lucas está tan desesperado por tener la carpeta roja. No es solo chantaje por el asesinato de tu padre, Sofía. Es algo que podría destruir el valor de las acciones de los Cortés y de los Rivera para siempre... están experimentando con personas.
El regreso al penthouse fue tenso. Al entrar, encontraron a Lucía llorando en el sofá y a Catalina tratando de consolarla.
—¿Qué pasó? —exigió Adrián, colocando su mano instintivamente en el arma oculta en su cinturón.
—Miranda —sollozó Lucía—. Ella... ella llamó. Dijo que tiene la carpeta roja. Dijo que si no te apareces solo en el muelle viejo esta noche, le enviará el archivo del "Proyecto Luna" a todos los medios de comunicación del país.
Sofía sintió que el fuego de la rabia finalmente consumía el frío del miedo. Se acercó a su hermana y la tomó de los hombros.
—¿A qué hora? —preguntó Sofía con una calma que asustó incluso a Adrián.
—A las once de la noche —respondió Catalina, interviniendo—. Pero es una trampa, Sofía. Lucas tiene hombres allí. Realmente no quieren a Adrián, lo que quieren es la carpeta y eliminarlos a ambos.
Adrián se giró hacia el balcón con los puños apretados. Sabía que debía ir, pero también estaba seguro que Catalina decía la verdad, era una trampa.
—Iré —dijo él—. Terminaré con esto de una vez.
—No irás solo, iré contigo —sentenció Sofía, colocándose a su lado, Adrián negó con la cabeza—. Soy la hija de Alfonso Torres, y si Vicente Cortés reclama mi sangre, le enseñaré que la sangre de los Torres quema más fuerte —soltó con seguridad. Tras unos segundos pensando en silencio y un fuerte suspiro, Adrián aceptó, sabía que no habría manera de convencerla de lo contrario.
Pero antes de que pudiesen ir a algún sitio, quedaba algo pendiente y a las cuatro de la tarde, el teléfono de Adrián sonó para dar respuesta a las preguntas que se habían quedado en el aire. Era el laboratorio enviando los resultados.
Sofía contuvo el aliento mientras él revisaba la pantalla en silencio. El rostro de Adrián no mostraba ninguna emoción, era una máscara de frialdad. Miró a Sofía.
—¿Y bien? —preguntó ella, sintiendo que su vida entera pendía de un hilo de seda.
Adrián caminó hacia ella y le entregó el teléfono con el correo abierto. Sofía leyó los resultados.
Probabilidad de parentesco sanguíneo entre Sujeto A (Adrián Cortés) y Sujeto B (Sofía Torres): 0.00%
Sofía comenzó a llorar de alegría y alivio. No eran hermanos. La confesión de la madre de Adrián era cierta: él no llevaba la sangre de Vicente. Eran libres para amarse, pero el acta de nacimiento de Sofía seguía siendo una verdad innegable: ella sí era una Cortés.
Adrián se arrodilló frente a ella, tomando su rostro entre sus manos.
—No hay pecado en nosotros, Sofía —murmuró él, antes de besarla con una pasión que sabía a redención y a guerra—. Ahora, vamos a por Miranda. Vamos por la carpeta roja. Y vamos a quemar el legado de Vicente Cortés hasta que no queden ni las cenizas.
Sofía respondió al beso con una ferocidad nueva. Ya no era la víctima que huía de Lucas Rivera. Era una mujer que reclamaba su propia identidad en medio del incendio.
—Esta noche —susurró ella contra sus labios—, el fuego no nos consumirá. Nosotros seremos el fuego.