Relato de Kat (1)

1867 Palabras
Soy una gata aunque todavía no tengo nombre. Bueno, específicamente tengo dos nombres. ¡No intervengas mi relato! Me siento como un personaje de alguna novela que nadie lee. Vivía en el apartamento de mi dueño. Él era un escritor muy cutre. ¿Quién diablos escribe una novela titulada: Con aroma a heliotropo? Como sabrán, los gatos somos críticos con nuestros dueños. No solemos tolerar sus actitudes humanas que, de por sí, nos parecen incomprensibles. Dado que su anómalas costumbres me desagradaban, me marché de aquel tugurio para siempre. No obstante, regresé para salvarlo de un mal que lo lastima en el presente. Y esta es la historia de mi triunfal regreso. El día que me largué de su caverna pude respirar la fragancia de las flores del jarrón que estaban cerca del ascensor. Soy una gata inteligente, cuya característica animal superior a los humanos compensa el defecto de mi histeria. Usé el ascensor del edificio. Te preguntarás: «¿Cómo usas el ascensor?». Esperé, pacientemente, que saliera uno de los inquilinos. El vecino, un alcohólico desquiciado, salió con los nudillos ensangrentados. Supongo que estaba golpeando a su mascota, que era una mujer con rostro apocado. Yo no soportaría tal humillación. Ningún gato ni humano merece soportar semejante maltrato. Entonces, el ser descastado entró en el ascensor y, por supuesto, maullé en una esquina para avisar mi noble presencia. El sujeto estaba borracho, tan borracho que presionó el botón de planta baja, masculló unas palabras sin sentido y se desmayó. Lo miré como si se hubiera muerto, aunque en el fondo lo deseaba. ¡Podré ser una gata siniestra, pero no estoy de acuerdo con el maltrato! Su mascota me daba de comer e incluso me acariciaba. Por maldad, arañé la cara de ese individuo maligno. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, erguí mi cola y avancé en silencio con mi refinada elegancia gatuna. Luego de atravesar la r*****a de la entrada del edificio, miré hacia la ventana del apartamento de mi dueño. Una sensación de tristeza me abrumó, no quería dejarlo en aquella soledad que lo trastornaba. Los gatos también sentimos tristeza cuando abandonamos un hogar en el que nos trataban bien. A pesar de sus charlas nocturnas con el aire, de sus sollozos en la noche, de su obsesión por el perfume de heliotropo de su exnovia, de sus escritos patéticos, yo lo quería en cierto modo. Nuestra forma de querer es rara y varía del gato, yo lo quería a mi manera agresiva. Mantuve la mirada en su ventana por un largo rato, tenía la luz encendida, pero una vez que se apagó, sentí como si algo se apagara en mi interior. Suspiré, era el fin de una relación amistosa entre gato y humano. Troté hacia un montículo de basura en una esquina, estaba alumbrado por un poste. Rasgué las bolsas, ya que percibía el apetitoso hedor de una sardina. De improviso, un gato feísimo apareció. Era atigrado, sus líneas negras contrastaban su pelaje castaño claro y sus ojos eran verde pantano. No sé cómo es el color verde pantano, pero lo leí en un escrito de mi dueño, y el color de los ojos de ese gato sucio precisamente concordaban con el verde pantano según mi intuición gatuna. —Hola, señorita. Usted luce hermosa como la luna —me dijo en un tono seductor. Miré al cielo, no había ninguna luna, así que no entendí su referencia. —Disculpa la sinceridad, pero eres horrible —dije. Un montón de pulgas caminaban por su cuerpo, era impresionante el camino que trazaban a través del pelaje. Hizo ademán de sonreír, pero ladeó su rostro como si fuera un psicópata. —Una gata de hogar. ¡Pobrecita! ¿Abandonaste tu dueño? ¡Ya sabía yo! Si odiabas a tu humano, en la calle aprenderás a odiar a todos los humanos —infirió el gato sucio. —No lo odiaba —aclaré, irritada—. Tan solo no soporté sus actitudes. Me senté, estaba cansada de mantenerme en cuatro patas. El asfalto era rústico y frío. —Eres una gatita estúpida, no debiste abandonar a tu dueño. —¡El tipo es extraño! ¿Has leído una novela sobre dos protagonistas que se aman gracias al heliotropo? Por otra parte, habla solo, llora por las noches, huele un perfume horrible. ¿No lo entiendes? —dije, desesperada por encontrar defectos que justificaran mi huida. El gato sucio suspiró y se sentó. —A mi me cuidaba una niña de ocho años. Fui su regalo cuando ella tenía seis años. Duré dos años en su regazo y hoy sigo recordando el calor de su delicado tacto en mi lomo. Un día, ella, jugaba en la calle y un auto la atropelló. Yo vi como su cuerpo fue desmembrado a causa de la velocidad del auto. Desde ese día no quise estar con su familia. Yo dormía con ella, comía con ella, escuchaba sus anhelos, y por la noches cuidaba su sueño. ¿Qué tanto te cuesta dedicar unos minutos a tu dueño? Él no parece un villano, al contrario, tú eres la malagradecida que se va sin motivo. Una lágrima cayó del ojo del gato. No había visto llorar un gato, nunca. Su historia caló en mi alma, pero no en mi voluntad. —No quiero regresar —dije, se escapó un deje de culpabilidad en mi voz. —Te advierto que vivir en la calle es cruel. No es fácil como venir aquí y creer que hay una sardina fresca en la basura. Hay territorios que debes respetar y evitar. No te imaginas la cantidad de perros callejeros que ha matado a uno de los nuestros por desafiar su territorio. Mi consejo personal es que regreses con tu dueño, aunque si deseas probar unos días en la calle para comprobar la veracidad de mis palabras, es tu decisión. Creí que iba a violarme. Ahora su compañía me transmitía seguridad. —¿Puedes acompañarme esta noche? —pregunté. Debo confesarlo: el miedo recorría cada pelo de mi cuerpo. —¡Pobrecita! No puedo. Debo continuar errando en la isla hasta el final de mis días, pues esta es la vida del gato callejero —dijo. Dio una gran salto hacia la cima de la pared de una casa. Volteó para verme, su cola se movía de izquierda a derecha—. Hay una casa abandonada al otro lado de la calle, puedes dormir allí. Acto seguido saltó al techo de la casa que estaba al otro lado de la pared y desapareció. No supe más del gato sucio con voz seductora. La calle solitaria se expandía a mi vista. Habían muchas casas en el largo recorrido, tres esquinas que marcaban las cuadras, cuatro arboles pequeños, y no quise contar los postes que alumbraban la calzada. Giré para observar la casa abandonada. La maleza se había colado por los resquicios del techo, levantándolo; los tubos de las rejas exhibían el óxido, incluso algunas estaban dobladas como si alguien hubiera intentado arrancarlas o hubiera dado unos martillazos. Corrí hacia la puerta principal del enrejado, me deslicé entre los tubos y busqué un espacio acogedor en un rincón. Hacía frío, pero no era un frío normal, era un frío totalmente diferente. Por primera vez experimenté las filosas agujas de la soledad. A veces desaparecía por dos días. No iba tan lejos ni hurgaba en la basura, tan solo salía a pasear y dormía en la entrada del edificio. Cuando me apetecía dormir en el sillón, subía en el ascensor y, una vez que llegaba al piso, maullaba hasta que mi dueño abriera la puerta. Entonces me encaramaba al sillón, y mi dueño me daba unas cuantas sardinas frescas. Lo arañaba si me acariciaba mucho, pero después me arrepentía y recostaba mi lomo en su pierna con la condición que no siguiera tocándome hasta que yo lo permitiera. Yo sé que no soy histérica, pero él, con base en un curso de psicología de dudoso contenido educativo, me diagnosticó. Por tanto, me quedé como una gata histérica. «¿Pensará en mí?», cavilé. Escruté mi entorno: las ventanas estaban cerradas, no podía observar el interior; la puerta de metal para ingresar a la sala de la casa estaba cerrada a cal y canto; danzaban las hojas de los árboles en el piso, era curioso observar la danza de las hojas. Como antes había mencionado, no había luna, solo los postes y sus luces artificiales. A medida que avanzaba la noche, un sopor acogedor envolvía mis sentidos. Junté mis patas, una sobre otra, apoyé cabeza sobre ella y cerré los ojos, deleitándome con el silbido de la brisa nocturna y el follaje. La calma no duró una hora o dos, no sabía cuántas horas dormí, cuando mi instinto me alertó de la presencia de un intruso. Levanté la cabeza para mirar un gato blanco con sarna en las orejas a mi lado, parecía una esfinge con un aspecto repulsivo. —Hola, hermosa —me dijo sin abrir los ojos. Por la línea curva de sus ojos al cerrarse denoté que se esforzaba por parecer guapo a mi vista. —Hermosa es la naturaleza, no yo —repliqué, molesta. —Somos parte de la naturaleza. —Con los ojos cerrados movió la cabeza despacio hacia mí. Su voz era la de un locutor de radio—. Y tú eres lo más hermoso que ha engendrado la naturaleza. No sabía si debía atacarlo o huir. —¿Cómo puedes hacer un cumplido si tienes los ojos cerrados? —pregunté. —No hace falta verte para sentirte a mi lado, debido que tu belleza impoluta limpia mi fealdad absoluta —dijo, pausado. Era un gato con sarna y poeta. ¡Qué maravilla! Lo odiaba. ¿A los gatos machos les parezco hermosa? Uno me comparó con la luna, teniendo en cuenta que no había luna en el cielo, y este con la naturaleza. ¡Qué pesado cae un gato macho! A saber cuántas gatas ingenuas han caído con tan trillada elocuencia. —Escucha imbécil, estaba durmiendo y me interrumpiste. —Me tenía harta. —Me siento solo y no cometo un crimen al verte dormir. —Abrió los ojos, eran azules—. Es una satisfacción espiritual ver una estatua digna de elogio, descansas como si te hubieras fumado un tabaco de opio… ¿Tabaco de opio? Ese gato no estaba en sus cabales. —¡Adiós! —grité y salté al exterior sin voltear. —¡Espera señorita de mis sueños húmedos! —exclamó como una típica película de romance. Corrí hacia la entrada del edificio. Quería subir al ascensor, pero el portero me ahuyentó con una escoba. Deambulé en los alrededores del edificio hasta el amanecer. Intenté escabullirme por la r*****a de la entrada, pero el portero logró golpearme en la pata. Corrí sin contar las cuadras, con lágrimas en mis ojos. Experimentaba las consecuencias de mis actos. Una vez que me había ido de su lado, no podía volver, no podía estar con mi dueño otra vez. ¡La escoba divina era el karma del universo! Sin embargo, un extraño personaje me salvaría de la desdicha: el señor Pájaro.
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