Capítulo 1: Su esposa.
Narra Camille
El cielo parecía estar triste, sentía lo que tenía en mi corazón y lloraba conmigo. Miraba desde la ventana las gotas de agua deslizarse, así como mis lágrimas corrían por mis mejillas.
Respiré profundo y me alejé de la ventana, sentía como el vestido blanco que llevaba puesto, arrastraba el suelo. Lo sentía pesado, creo que mi vestido era la señal de la condena que estaba por pagar.
—Señorita, ¿puedo pasar?
Una mujer que apenas conozco entra a la habitación donde estaba y me entrega un ramo de rosas blancas.
—Venía a entregarle su ramo.
Miré las flores y suspiré con tristeza.
—Debo decir que se ve usted muy preciosa, es la novia más hermosa que he visto.
Bajé mi cabeza y levanté el ramo, para así, ocultar las lágrimas que empezaban brotarse desde lo más profundo de mi ser, de nuevo.
—Oh, debe estar muy feliz.
Ella no tiene idea de lo que siento, hay de todo en mi pecho, menos, felicidad.
Miré hacia el espejo y todo parecía perfecto, un vestido de princesa con tantos detalles, esponjoso y con piedras que lo hacían brillar; el peinado impecable, las joyas que adornaban mi cuello y mis manos, eran costosas, pero cuando miraban mis ojos, el vacío era notorio.
—No quiero hacer esto —susurré sintiendo más lágrimas rodar por mis mejillas.
Sé que mi maquillaje se había corrido por mi rostro, pero no me importaba. Quienes estaban “preparando” todo para la boda, veían mi cara de dolor y pena, pero nadie hace nada, solo ignoran mis ojos cristalinos y siguen como si nada.
Hasta ese momento, no había vuelto a ver el rostro de ese hombre, el tal Lev Orlov, pero a partir de este día, vería su asqueroso rostro todos los días.
—Es la novia más hermosa —dice una mujer vestida elegantemente—. El novio la espera muy emocionado.
Miré a la mujer y sé que vio mi lágrima desbordarse, pero solo sonríe de forma forzada.
—Oh, por aquí, por favor. Espere a que le indique para que entre al salón.
Ella aparta su mirada y se retira.
A nadie le importaba como me sentía, pero es obvio, si no le importó a mi propio padre, mucho menos a una desconocida.
Estaba ahí, frente a una enorme puerta de madera, perdida en mis pensamientos cuando lo escuché.
—Todo está listo, cariño.
Su voz removió mis sentimientos. Cuatro palabras de él me hicieron entender que en un cerrar y abrir de ojos, mi vida había cambiado; ya tenía un vestido blanco encima de mi cuerpo y la obligación de casarme con un hombre al que apenas conocía, que era peligroso y que me ha tenido retenida en una habitación durante largos cinco días. Mi cuerpo completo se paralizó, soltando aquel ramo de rosas blancas de mis manos.
Él, mi padre, toma el ramo del suelo y lo lleva a mis manos.
—Luces más delgada —susurró sacando un pañuelo de su bolsillo y pasándolo por mis mejillas para secar mis lágrimas.
No he querido probar bocado, no he dormido bien, claro que debo verme terrible.
—¿Cómo pudiste? —pregunté con mi mirada fijada a la nada—. ¿Cómo pudiste vender a tu hija como si fuera un trozo de carne?
—Camille, no es como lo imaginas. Yo nunca he… me estoy muriendo en vida por esto. No me dejó más alternativas, pero él, él prometió mantenerte a salvo.
Miré a mi padre y no le dije nada, solo lo miré a los ojos, para que viera en mí el dolor que tengo en mi corazón.
De repente, las puertas del salón se abren, no sé qué lugar es, si estamos en la ciudad o fuera, aquí perdí la noción de todo.
—Sé que nunca me vas a perdonar por esto.
Sentí como mi padre tomó mi mano para caminar a mi lado. No respondí, ya qué podría decirle.
Levanté mi mirada y los flashes de las cámaras aparecen. Junté mis cejas y traté de cuidar mi vista, pero me asombré cuando vi a tantas personas.
¿Quiénes eran?
Miraba a los lados sintiéndome atrapada, rodeada de muchos desconocidos. El único rostro que era conocido para mí, era el de mi padre.
—¿Quiénes son estas personas?
—No lo sé, cariño.
—¿Dónde está mamá? ¿mis hermanas?
—Ellas… a ellas no les permitieron venir.
Mi corazón latía con fuerza, mi respiración estaba acelerada. En cada rincón de este lugar había un hombre armado y eso me intimidaba, limitaba todas mis posibilidades de huir de aquí.
En aquel lugar, en frente de un altar lleno de rosas blancas naturales, estaba él.
—Eres realmente preciosa —dice extendiendo su mano.
Mi padre estaba frío. Lentamente va estirando su mano que lleva la mía hacia Orlov.
—Prometiste que cuidarías de ella —rectifica.
—Dije que la mantendría con vida, Dimitri. Soy un hombre de palabra.
Mi padre va soltando mi mano, entregándola a ese hombre y siento como el nudo en mi garganta de nuevo se va formando.
¿Cómo pueden todos los presentes ser partícipes de algo como esto? ¿Cómo pueden sonreír emocionados?
Esta gente estaba completamente desquiciada.
Alguien con túnica aparece, un sacerdote, una persona que sirve a Dios está aquí apoyando algo descabellado.
—Hoy estamos aquí, reunidos ante Dios, para ser testigos de la unión de esta hermosa pareja…
¿Esto es enserio?
Aquel hombre levantaba sus manos al cielo, mencionaba el nombre de Dios en su sucia boca a pesar de saber con qué clase de personas está lidiando.
¿Acaso no ve el dolor en mis ojos?
Mi mente en un mecanismo de defensa, se nubla al punto de hacerme perder en mi propia consciencia. Dejé de escucharlos a todos, simplemente me perdí y en ese mundo en blanco y n***o, me sentía bien de nuevo.
Mi dura realidad me trajo de vuelta cuando el hombre tomó mi mentón y levantó mi mirada, me hizo verlo a la cara y su simple rostro, me hizo salir de aquel trance.
Sus ojos marrones, aquellas sombras oscuras debajo de sus ojos, le daban una mirada terrorífica. Los cabellos blancos en su cabeza, mostraban su edad, tiene unos cuarenta y ocho o cincuenta años, lo que quiere decir que me duplica la edad y me triplica mi peso.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dice en ese tono que me genera desprecio.
—Es el momento de firmar —dice alguien que no conozco, otro hombre de traje y corbata, ¿de dónde salió? Me pregunté tomando el bolígrafo que extiende hacia mí.
Mi mano estaba temblosa, tomé aquel bolígrafo como si fuera la primera vez que escribo mi nombre.
—Aquí, por favor.
Empecé a formar algunos documentos en las zonas donde me iban señalando.
—Es todo —dice el hombre de traje cerrando aquella carpeta de cuero y llevándose los documentos.
—Ahora sí, puede el novio, besar a la novia —indica el sacerdote.
Toda mi piel sintió esas palabras, tragué sonoramente y clavé mis pies al suelo.
—Mi esposa —dice con una sonrisa. Sus ojos miran mis labios, reparan mi cuerpo sin disimulo.
Su mano haló un poco la mía, pero no pude moverme de donde estaba. Creí que poner resistencia lo limitaría a forzarme, más porque hay muchas personas mirándonos, pero eso no fue importante.
—¿Qué estás esperando? —dice halando mi mano con brusquedad, haciendo que me abalance hacia él.
—¿Acaso escuchaste al sacerdote?
Sus palabras llenas de poder me hicieron temblar las piernas.
El hombre toma mi rostro con sus dos manos y lleva mi boca a la suya, apreté mis ojos y quise apretar mis labios, pero tuve miedo de hacerlo. Solo me quedé quieta y sentí como su boca tomó la mía. Su boca y su lengua húmeda, la siento por fuera de mi boca, en mi mentón, en la piel de mi rostro. Era horrible.
Las personas aplauden como si fuera el momento más increíble de sus vidas, aquellos gritos de emoción como si su equipo favorito hubiese ganado la final de un campeonato.
Lev levantó mi mano y la euforia aumentó, él me exhibía como si yo fuera el trofeo.
—¡Ahora a celebrar! —gritaba el hombre levantando mi mano con brusquedad, hacía que mi cuerpo se zarandeara.
Mi mentón estaba tembloso, pero eran mis sentimientos a punto de reventar. La gente se acerca y lo felicitan a él, a mí no me miran, era como si no existiera.
Pasé en frente de mi padre y esa fue la última vez que lo vi.
Pasamos a otro salón, mi mano seguía siendo halada por este hombre al que ahora debo llamar esposo. Me lleva con él al fondo de este salón y dice:
—Debes quedarte aquí —señala una silla que tiene forma de un trono.
Aún tenía aquel ramo en mis manos, habían más de esas rosas blancas por todos lados, eran tantas que me abrumaba. Jamás pensé que pasé de amar esas rosas a que se convirtieran en las más terribles para mí.
Aquel salón estaba exageradamente decorado, había meseros por todos lados llevando a las mesas las botellas de champán más costosas.
Aquel hombre seguía recibiendo elogios, y fue cuando me di cuenta que esta celebración era para él.
Cada tanto miraba hacia donde estaba y me sonría de esa misma manera, sentía que con sus ojos me desnudaba.
—Ven, esposa, acércate.
Lev me pide acompañarlo.
Me puse de pie, sin soltar aquel ramo.
—Es momento de brindar.
Me da una copa de champaña y abraza mi cuerpo, su mano en mi cintura apretaba con tanta fuerza, que dolía. Cada que tomaba mi mano, que tocaba cualquier rincón de mi piel, dolía, pero no sabía que, con cada tacto, estaba haciendo una declaración de propiedad sobre mí.
—¡Salud por los esposos!
—¡Salud!
Él chocó su copa con la mía y tomó toda la champaña, yo solo miraba el líquido sin poder llevarlo a mi boca.
—Anda, tómalo.
Tomó mi muñeca y llevó la copa a mi boca, lastimando un poco mi labio.
La gente grita aún más fuerte.
—Ahora sí… eres toda mía.
Pasé el respaldo de mi brazo por mi boca, queriendo arrancar el rastro de aquel beso. Me sentía terriblemente mal, pero la noche, apenas empezaba para mí.
La comida estuvo en abundancia, los músicos llegaron, vi artistas reconocidos. Vi dinero en cantidad, billetes en efectivo. Vi personas consumiendo todo tipo de sustancias, tomando licor como si no hubiera un mañana… ver eso, me hizo saber que se avecinaban días difíciles.
Hoy sin duda, es el peor día de mi vida, pero, si este día hubiera sabido que sería la última vez que vería a mi padre, quizás mis palabras hacia él fueran menos hirientes. Solo me quedé con esa mirada vacía, llena de dolor y tristeza.
—Ya quiero tener mi primera noche con mi esposa, mi esposa —rectifica Lev Orlov como si se trata de una adquisición que acaba de tener.