Estabas a punto de terminar tu turno en el trabajo, y estabas un poco ansiosa porque aquel chico que iba todos los sábados a la misma hora junto a su hermanito pequeño aún no aparecía por el lugar. Genial, ahora tendrías que esperar más de una semana para verlo. Viste el reloj y te diste cuenta de que solo te quedaban diez minutos y te reíste, jamás habías querido tanto trabajar horas extra, pero al parecer Dios te escuchó y oíste la campanilla de la tienda. Oh my god. Ahí estaba él, alto, delgado, su cabello rubio que parecía brillar y sus hoyuelos que salían a la luz cada vez que sonreía, creíste que morirías con tan solo verlo. Se acercó a ti y como si fuera posible, agrandó su sonrisa. —H-hola —tartamudeaste y te quedaste embobada al verlo. —Bienvenidos, ¿Qué van a pedir? —preguntas

