Prologo
Era la peor primera cita que Kerensa había podido tener.
A sus diecinueve años no había salido a una cita con un chico, no era como nunca le hubiese gustado alguien en su vida, pero ciertamente no había salido con nadie. Y no era como si ese chico le gustara especialmente, pero le agradaba y habían sido amigos mucho tiempo atrás, así que había aceptado cuando él la invitó a salir.
Habían conectado por f*******: luego de años sin verse, como habían hablado y compaginado, a Kerensa le agradó la idea salir con él.
Pero desde el primer momento supo que nada funcionaría, probablemente porque no hubo química.
Primero se sintió incómoda por estar en un centro comercial al que nunca había ido antes, no era precisamente bonito, pero sí era muy grande y muchas personas iban allí.
Luego estuvieron sentados en una cafetería hablando de cualquier cosa, y eso no estaba mal, pero eran cosas triviales y que hicieron a Kerensa verlo solo como un amigo.
Lo verdaderamente malo vino después.
Habían decidido que era hora de irse, pero al salir de la cafetería se habían perdido porque resultaba que el sentido de la orientación de Billie era muy malo y ella no conocía el lugar en lo absoluto.
—Te dije para ir al Motto´s pero no quisiste — se había quejado Kerensa frustrada mientras intentaban encontrar la salida principal.
Entre tantas vueltas, de alguna u otra manera llegaron al área de mantenimiento del centro comercial y fue cuando el punto crucial llegó: estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Observaron a cinco personas vestidas de blanco colocar un gas en el aire acondicionado del centro comercial. Al momento no habían entendido lo que estaban viendo.
—¿Cuánto tiempo falta? — había preguntado uno de ellos.
—Tres minutos — informó otro.
Kerensa miró con preocupación a Billie y de inmediato lo haló detrás de una columna.
—¿Qué? Deberíamos preguntarles cómo salir de aquí — había insistido Billie.
Pero Kerensa supo que no era buena idea.
—Las personas comenzarán a caer en seis minutos — escucharon que dijo otro de los hombres.
—¿Morirán de inmediato?
—Sí, es el plan, será indoloro.
Al escuchar eso, Kerensa confirmó su preocupación y los dos supieron que debían irse, quizás pudieron haber huido si Billie no hubiese sido tan torpe.
Cuando intentaron irse, Billie se tropezó con algo, que Kerensa ni siquiera recordaba qué había sido, y cayó estruendosamente.
—Idiota — se había quejado.
—¿Quién está ahí? — había preguntado uno de los hombres llenándola de pánico.
Intentó colocarle de pie, y salir corriendo, pero apenas tuvieron tiempo de levantarse cuando ya uno de los hombres había salido a verles.
Corrieron lo más rápido que pudieron, pero otros hombres vestidos de blanco los encontraron en el camino.
De esa forma habían terminado secuestrados por estar donde no debieron estar.
Habían pasado días desde que eso tuvo lugar, quizás habían sido solo horas, pero no podía ser, parecía que habían pasado dos días o incluso tres. Lo cierto es que Kerensa esperaba atada en una habitación fría a que alguien apareciera para hacerle daño o para liberarla.
No le habían golpeado o hecho daño hasta el momento y de alguna forma eso se sentía peor. Solo le habían dado agua y pan y un cubo para hacer sus necesidades.
¿Qué harían con ella? ¿Qué habían hecho con Billie? Los había separado luego de llevarlos hasta esa gran casa.
Tenía frío, se había lastimado la rodilla y las palmas de las manos al intentar huir y que ellos la tiraran contra el suelo tomándola de regreso para subirla a la camioneta. Y no podía decir que no tenía miedo o que estaba tranquila, porque lo cierto era que estaba aterrada.
Sus padres debían estar devastados al no saber qué le había sucedido. Su padre debía estar al borde de la locura, siempre la había protegido lo más que había podido para evitar algo así y al final había ocurrido. Su madre seguro estaba consumida por la desesperación de querer encontrar y su hermano debía estar alterado, quizás ya había salido en las noticias y todos sus conocidos estaban buscándola.
Sollozó sin poder contenerlo, ¿no los volvería a ver? ¿No saldría nunca de allí? ¿Por qué había tenido que ir a esa cita? Ella no era de las chicas a las que le gustara salir, siempre prefería quedarse en casa, ¿por qué tuvo que aceptar salir ese día?
La puerta al fin se abrió removiendo sus entrañas y haciéndola acurrucarse en la esquina de esa fría habitación.
—Arriba, mujer — ordenó el hombre vestido de blanco entrando y acercándose a ella.
—No, no, ¿qué quieren de mí? — retrocedió en vano.
—Eso ya lo descubrirás — la tomó por el brazo con más fuerza de la necesaria y la levantó, para luego tomarla por los hombros —. ¿Quieres un consejo? Controla tu respiración y cálmate, necesitarás pensar con claridad.
—¿Qué? ¿Por qué?
Él la ignoró la hizo salir de la habitación.
—¿Qué hicieron con Billie? ¿Dónde está él?
—Él no es tu problema — contestó llevándola por los pasillos.
Los pasillos eran pulcros y las paredes eran de color marfil, todo era tan elegante que le producía escalofríos.
—Por favor, déjeme ir, yo no vi nada, no sé nada, no diré nada.
—Ya deja de lloriquear — reprendió apretando con más fuerza su brazo —. No es a mí a quien debes pedirle eso.
Subieron unas escaleras y pronto se encontraron frente a una puerta blanca.
—Piensa bien — susurró el hombre mirándola con insistencia —, sea lo que sea, decide con la cabeza fría.
—¿Qué? ¿De qué está hablando?
Y sin más, él tocó la puerta.
—Toma la decisión correcta porque no habrá vuelta atrás.
—Adelante — se escuchó antes que pudiese preguntar por algo más.
El hombre abrió la puerta y Kerensa pudo ver el interior de la habitación.
Se trataba de una oficina imponente, en el medio se encontraba un escritorio de madera que era tan grande que ella podría dormir sobre este.
Pero lo más perturbador era el hombre sentado detrás de ese escritorio.
Era un hombre moreno que usaba un traje impresionantemente blanco, su postura era prepotente y sus ojos tenían una mirada desquiciada mientras comía unas gomitas.
—Kerensa, nueva amiga mía, bienvenida — dijo animado abriendo los brazos —, pasa adelante, siéntate.
Su voz era tan alegre y su sonrisa tan amplia que la hicieron temblar.
El hecho que se mostrara así solo indicaba que era más peligroso de lo que podía imaginar.
El hombre que la llevaba la empujó y la hizo sentar en la silla frente al escritorio.
—¿Por qué esa carita de miedo? — Hizo un puchero — Ah, sí, siento mucho la forma en la que has llegado hasta aquí.
—¿Qué es lo que quieren de mí? Por favor, déjeme ir, le juro que no vi nada.
Él asintió y se recostó en su silla mirándola con falsa compasión.
—¿No viste nada? De no haberlo hecho, no estarías aquí, nueva amiga.
—No diré nada, lo juro, por favor.
Nunca antes se había imaginado a sí misma como una chica tan débil como para rogar así, pero la situación la había superado. Todas las películas de terror fueron a su mente, todas aquellas series de criminalística también al igual que los documentales de trata de personas.
Tenía miedo.
—Ya deja de temblar, Kerensa, no te haré daño — habló suavemente —. Solo te he traído aquí para poder pensar en qué hacer contigo, una joven que estuvo donde no debió estar.
—¿Qué… qué es lo que hará conmigo?
Él sonrió y se colocó de pie.
—Es interesante que no has preguntado quienes somos — señaló rodeando el escritorio —. Supongo que solo quieres salir de aquí, ¿no es así?
Él se sentó en el escritorio.
—Sí, solo quiero irme a casa — su voz temblaba casi tanto como sus manos.
—Verás, Kerensa, no soy una persona común — acarició su cabello y ella se quedó muy quieta —. Soy una persona que en realidad busca justicia.
—¿Justicia?
—Sí, así es — hizo una mueca —. Hay un gran — alargó la palabra mientras abría las manos — mensaje que quiero llevar al mundo y para eso necesito personas valiosas con talentos a mi lado.
No le gustaba lo que escuchaba, aunque no era como si alguna cosa pudiese gustarle o agradarle en esas condiciones.
—Cuando te trajeron aquí, mandé a hacer una investigación exhaustiva de quién eras, solo para estar seguros de que no eras una amenaza para mi organización.
—No lo soy, no soy nadie, solo soy una chica…
—Lo sé, lo sé — calmó con una mano —, ya te investigaron para mí, no eres una amenaza.
—¿Entonces va a dejarme ir?
—Verás, amiga Kerensa, no eres una amenaza — sonrió ampliamente y acercó su rostro lo suficiente para quedar a su nivel —, pero eres un potencial activo para esta organización que no puedo dejar pasar.
¿Tanto habían investigado sobre ella que conocían sus talentos?
—No, no soy buena en nada, no soy buena para ustedes, por favor.
—Sabes que lo eres — la señaló y se levantó para caminar de nuevo detrás del escritorio y sentarse frente a ella —. Quiero que te unas a nosotros.
—Yo… no… yo quiero ir a casa.
—Verás, esto no es una oferta de trabajo, Kerensa — él tomó una carpeta entre manos —. Considéralo como que te estoy reclutando de forma obligatoria.
Abrió la carpeta y la colocó frente a ella.
Lo que vio en ella rompió su corazón e incrementó el pánico que corrió por sus venas.
Eran fotos de su familia.
—Tienes una familia amorosa — señaló él —, pero he encontrado que eres especialmente unida a tu hermano, ¿no es así?
Ella lo miró dispuesta a rogarle con todo su ser.
—Por favor, no les haga nada, yo no vi nada, no entiendo nada de esto, no soy nadie, por favor, por favor, déjenos en paz — su voz se rompió y un sollozo volvió a salir de sus labios.
—No les haré nada, lo juro — alzó una mano y la otra la colocó sobre su corazón —. No lo haré de acuerdo a tu decisión.
La palabra hizo eco en su cabeza. El hombre le había insistido en que tomara una decisión correcta.
—¿Cu... cuál?
Él dejó su espalda descansar en la silla y la miró con autosuficiencia.
—Sencillo, puedes morir a tu antiguo tú— abrió una mano —, o puedes ver morir a tu hermano, porque tus padres morirán lentamente como un efecto colateral — abrió su otra mano —. Es tú decisión.
El miedo de Kerensa se transformó en odio en una milésima de segundo y al mismo tiempo, su decisión fue tomada.