- Tú no puedes decir eso - murmuré, y él me besó los labios mientras me tomaba de la cintura y nos quedábamos abrazados. Así pasaron los días, que se convirtieron en dos meses de convivencia en los que me sentía feliz a su lado. Pero un día, para mi sorpresa, cuando estaba a punto de preparar el desayuno, vi maletas en la puerta. - ¿Qué es esto? - pregunté confundida a Santiago, corriendo hacia él en el pasillo. - ¿Por qué hay muchas cosas en la puerta? - Me iré - dijo, y lo miré sin entender. - ¿A dónde? - pregunté, y él respondió: - Me iré a vivir a mi antigua casa con mi madre. - ¿Pero por qué? - pregunté de nuevo. - ¿Estás enfermo? - No, no lo estoy - respondió. - Entonces, ¿por qué te vas? - pregunté de nuevo. - Creo que ya estás lista para vivir sola - dijo. - Pero tengo m

