—Confieso que no esperaba encontrar un lugar con tanto encanto —dijo Isabella, deslizando la servilleta de lino entre sus dedos antes de limpiar delicadamente el borde de sus labios. La explosión de sabores exóticos aún danzaba en su paladar, una grata sorpresa—. Debo admitir que me has sorprendido, Leonardo. Gratamente.
—Siempre hay algo más allá de la primera impresión —respondió Leonardo con una sonrisa cálida, sus ojos brillando a la luz tenue de las lámparas. Tomó la botella de vino y rellenó cuidadosamente la copa de Isabella, luego la suya—. Brindemos… por Ícaro. Por tu visión, Isabella.
—Por Ícaro —repitió ella, sus ojos encontrándose con los de Leonardo en un breve instante que sintió electrizante. El suave tintineo de las copas resonó en el tranquilo ambiente del restaurante.
La música suave, una melodía instrumental con toques orientales, se mezclaba con el murmullo suave de las otras mesas, creando una atmósfera íntima y relajada. La luz tenue, cálida y dorada, envolvía el lugar en un halo de misterio y sofisticación. Isabella se sentía cómoda, relajada por primera vez en muchos días. La tensión de la presentación y la presión del trabajo se disipaban lentamente, reemplazadas por una agradable sensación de bienestar. La recomendación de Leonardo había superado con creces sus expectativas; era un lugar que sin duda querría volver a visitar.
—Volveré en un momento —dijo Isabella, incorporándose suavemente de su asiento. Una ligera corriente de aire fresco la envolvió al alejarse de la mesa.
Isabella no era alguien que se distinguiera por vestir prendas extremadamente elegantes. Esa noche llevaba un sencillo vestido de corte limpio que realzaba su figura, una chaqueta oscura que cubría sus hombros y unos zapatos bajos, cómodos y discretos. Odiaba los tacones; solo conservaba un par en su guardarropa para ocasiones excepcionales.
Al entrar en el baño, Isabella notó que no estaba sola. Una mujer, de pie frente al espejo, retocaba su maquillaje con movimientos precisos. Isabella la reconoció al instante: Genevive Moneau, la asesora financiera de su padre. Una mujer que, a pesar de la confianza que Jean-Luc depositaba en ella, siempre le había generado una profunda desconfianza. Algo en su actitud, en su mirada calculadora, le hacía sospechar que ocultaba algo.
—Así que has venido a celebrar el éxito, ¿verdad, Isabella? —dijo Genevive sin apartar la mirada del espejo, su voz con un deje de ironía apenas perceptible. Sus dedos, adornados con anillos de oro, se movían con delicadeza sobre su rostro, aplicando una fina capa de polvos—. Felicidades. No todos los días se consigue una victoria así.
—Gracias, Genevive —respondió Isabella, lavándose las manos con lentitud. El agua tibia resbalaba entre sus dedos, pero no lograba calmar la creciente tensión que sentía—. Aunque esto es solo el principio. Espero que podamos trabajar juntas para llevar a Industrias Valois a lo más alto.
Genevive finalmente giró su rostro hacia Isabella. Sus ojos, fríos y penetrantes, recorrieron a la joven de arriba abajo, deteniéndose por un instante en su rostro. Era una mujer que rondaba los cincuenta, con el cabello corto y canoso cuidadosamente peinado y un maquillaje impecable que intentaba disimular las líneas de expresión que comenzaban a marcar su rostro. Sin embargo, la frialdad en su mirada y la tensión en su mandíbula delataban su verdadera edad.
—Por supuesto que sí, Isabella —dijo Genevive con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Había algo forzado en su expresión, como si estuviera ocultando algo detrás de una máscara de amabilidad—. Estoy… ansiosa por trabajar contigo —pronunció su nombre con una lentitud deliberada, casi como si lo saboreara, y luego continuó con un tono que heló la sangre de Isabella—: No dejes que nada te arrebate tu felicidad.
Con una última mirada que pareció escrutarla hasta el alma, Genevive se dio media vuelta y salió del baño, dejando a Isabella con una sensación de inquietud que la acompañaría durante el resto de la noche.
Isabella se tomó un momento para recomponerse en el baño, repasando mentalmente el extraño encuentro, y regresó a la mesa donde Leonardo la esperaba. En esta ocasión, lo vio conversando con otro hombre. Un hombre cuya presencia, incluso a cierta distancia, irradiaba una intensidad silenciosa. Vestía con una elegancia loable, un traje oscuro de corte impecable que contrastaba con el ambiente relajado del restaurante, como si estuviera listo para cerrar un trato importante en cualquier momento.
—Isabella, permíteme presentarte a Klaus Kaiser, dueño de Atlas Dynamics —dijo Leonardo al verla acercarse, con una sonrisa que denotaba cierto respeto, casi admiración—. Klaus, ella es Isabella Valois, la brillante mente detrás del Proyecto Ícaro, e hija del magnate Jean-Luc Valois.
—Señorita Valois —saludó Klaus con una voz profunda y resonante, extendiendo una mano firme. Isabella notó que sus ojos grises, fríos y penetrantes, la escrutaban con una intensidad que la hizo sentir observada hasta el último detalle. Los lentes de montura fina que llevaba no ocultaban la agudeza de su mirada, sino que la intensificaban, dando la impresión de que analizaba cada uno de sus movimientos. Su cabello rubio platino, peinado con una precisión milimétrica, y sus facciones angulosas le daban un aire de sofisticación distante, casi glacial—. He tenido el placer de coincidir con su padre en varias ocasiones, en diferentes congresos. Sin embargo, es un verdadero honor conocerla a usted. Su reputación la precede.
—El placer es mío, señor Kaiser —respondió Isabella, estrechando su mano. Su agarre era firme, pero no agresivo, transmitiendo una seguridad que la intrigó.
—Debo retirarme, Leonardo —dijo Klaus, apartando la mirada de Isabella para dirigirse a su acompañante—. Te contactaré en breve para discutir los detalles del proyecto. Señorita Valois —volvió a mirarla, esta vez con una leve inclinación de cabeza que denotaba un respeto distante, casi calculado—. Ha sido un… encuentro memorable.
Con una última mirada que dejó a Isabella con una extraña sensación, Klaus se dio media vuelta y se alejó con una elegancia silenciosa, dejando tras de sí una estela de misterio y una palpable sensación de poder.
Cuando Klaus se hubo marchado, Isabella comenzó a recoger sus pertenencias. Aunque no lo había hablado con Leonardo, sentía una necesidad imperiosa de volver a casa y procesar todo lo que había sucedido esa noche.
—¿Y el postre? —preguntó Leonardo con una sonrisa pícara, arqueando una ceja—. ¿No vas a probar el famoso postre de mango con arroz glutinoso?
—Leonardo, eres un encanto —respondió Isabella con una sonrisa cansada—, pero si como algo más, creo que podría explotar. Necesito urgentemente llegar a casa y descansar.
—De acuerdo, entiendo —dijo Leonardo con una sonrisa comprensiva—. Entonces, permíteme pagar la cuenta. Espérame en el auto.
Al llegar al auto, Isabella sintió que por fin podía respirar hondo. Si bien había disfrutado de la compañía de Leonardo y la exquisita comida, el encuentro con Genevive había dejado una sombra de inquietud en su mente. La mirada penetrante de Klaus, por otro lado, había añadido una nota de… intensidad al ambiente. No era tensión, precisamente, sino más bien una sensación de que algo importante se avecinaba. Sin embargo, apartando esos dos encuentros fugaces, la velada había sido encantadora.
Mientras esperaba a Leonardo, Isabella sacó su celular de la cartera. Al abrir el grupo de chat de su equipo, una oleada de calidez la inundó al leer los numerosos mensajes de felicitación. Sus empleados, sus compañeros, la felicitaban con entusiasmo por el éxito del Proyecto Ícaro. Una sonrisa genuina iluminó su rostro. Era cierto, el proyecto llevaba su nombre, pero sin el esfuerzo y la dedicación de su equipo, nada de esto habría sido posible. Ellos eran el verdadero motor de Ícaro, el apoyo constante que la impulsaba a seguir adelante.
Conmovida por el gesto, Isabella comenzó a escribir una respuesta: “Chicos, chicas… ¡lo hemos logrado! Este éxito es tan mío como de cada uno de ustedes. Su arduo trabajo, su creatividad y su compromiso han sido fundamentales para que Ícaro despegara. ¡Lo hemos hecho increíble, equipo! Ahora, a mantener el ritmo para que este proyecto alcance su máximo potencial. ¡Mañana lo celebramos como se debe! Cena de equipo a la vista”. Envió el mensaje, sintiendo una profunda gratitud hacia su equipo.
Apenas envió el mensaje, sintió la vibración de su celular. Un número desconocido. La intriga, mezclada con una ligera impaciencia, la impulsó a esperar un par de timbrazos más antes de contestar.
—¿Hola? ¿Quién habla? —preguntó con cautela.
—¿Es usted la señorita Isabella Valois? —preguntó una voz femenina al otro lado de la línea. Era una voz profesional, aunque con un tono que denotaba cierta urgencia.
—Sí, soy yo. ¿Quién es? —repitió Isabella, con el corazón comenzando a latir un poco más rápido.
—Nos comunicamos de la Clínica Vitalis. Lamentamos informarle que su padre, el señor Jean-Luc Valois, ha ingresado hace unos momentos debido a un accidente de tráfico.
El mundo de Isabella se detuvo. Literalmente. Sintió como si el aire se le hubiera escapado de los pulmones, dejándola sin aliento. Un frío glacial le recorrió el cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta la raíz del cabello. Un nudo doloroso se formó en su garganta, impidiéndole articular palabra. No era miedo, no exactamente. Era una preocupación desconocida, una sensación que nunca antes había experimentado con tanta intensidad. La protección que siempre había sentido al lado de su padre se había esfumado, dejándola expuesta a una vulnerabilidad repentina.
—¿Señorita Valois? ¿Está ahí? —insistió la voz al otro lado del teléfono, sacándola bruscamente de sus pensamientos.
Isabella parpadeó, intentando enfocar la mirada. Las luces de la calle se veían borrosas a través de las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus ojos.
—Sí… sí, estoy aquí —logró decir, con la voz apenas un susurro—. Voy… voy de inmediato para allá.
Cortó la llamada con la mano temblorosa, sintiendo que las lágrimas finalmente comenzaban a rodar por sus mejillas. El mundo, hacía apenas unos minutos lleno de posibilidades y celebraciones, se había reducido a una sola y angustiosa certeza: tenía que llegar al lado de su padre lo antes posible.
—Dejaré una reseña contundente en internet sobre este lugar —comenzó Leonardo, intentando aligerar el ambiente con una broma al entrar al auto, pero su voz se apagó al ver la expresión de terror en los ojos de Isabella—. Isabella… ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas, la voz apenas un susurro entrecortado por la angustia. Su labio inferior temblaba y sus manos se aferraban con fuerza a su bolso como si fuera un salvavidas.
—Llévame… llévame a la Clínica Vitalis —logró decir, con la voz quebrada. Una sola frase que resonó con un peso terrible en el silencio de la noche—. Papá… ha tenido un accidente.
El rugido del motor rompió el silencio de la noche mientras aceleraba a toda velocidad, dejando atrás las luces del restaurante y adentrándose en la oscuridad, hacia un destino incierto.