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Consiguiendo Marido en Tres Meses

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Descripción

Isabella Valois, una joven brillante y decidida, se enfrenta a un desafío sin precedentes tras la muerte de su padre, el magnate Jean-Luc Valois. Heredera de Industrias Valois, un conglomerado tecnológico líder en biotecnología y medicina regenerativa, Isabella descubre una cláusula en el testamento que la obliga a encontrar un marido entre un grupo de CEOs rivales en tan solo tres meses. Lejos de amedrentarse, Isabella ve en esta imposición una oportunidad.

Armada con su inteligencia y su astucia, decide convertir la búsqueda de un consorte en un juego estratégico, atrayendo a cada pretendiente a su órbita mientras busca alianzas que fortalezcan su empresa y la protejan de las oscuras ambiciones de hombres como Klaus Kaiser, director de Atlas Dynamics, un gigante de la tecnología militar.

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Proyecto Ícaro
"Para proteger el futuro de mi hija, Isabella Valois, y el de Industrias Valois, dispongo que, para heredarla plenamente, deberá contraer matrimonio en tres meses con un hombre de negocios de reconocida trayectoria y liderazgo. De lo contrario, un tutor legal asumirá el control hasta que ella lo considere pertinente." */* Isabella Valois inhaló profundamente, el aroma a cuero pulido y café recién hecho llenando sus pulmones. No era la primera vez que se enfrentaba a la junta directiva de Industrias Valois, pero esta vez era diferente. El Proyecto Ícaro era suyo, una visión que había cultivado durante años, noches en vela dedicadas a ecuaciones y simulaciones, y que ahora presentaba ante los accionistas, con su padre, el legendario magnate industrial Jean-Luc Valois, observando desde el extremo de la mesa, su rostro una máscara impenetrable. En la pantalla, las complejas ecuaciones y los modelos tridimensionales de tejidos regenerados parecían danzar bajo la fina luz roja de su puntero láser. —Este proyecto no solo revolucionará la medicina, sino que definirá el futuro de Industrias Valois —dijo con voz firme, aunque una nota de nerviosismo vibraba en su interior. Sus ojos, normalmente de un azul tranquilo, brillaban con una intensidad que reflejaba la pasión que sentía por Ícaro. Estaba lista para tomar las riendas del imperio familiar, no por ambición de poder, sino por el deseo genuino de llevarlo a nuevas alturas de innovación y bienestar. —¿Cuál considera que es el mayor fuerte del proyecto Ícaro? —inquirió una accionista de cabello cano, con una mirada penetrante que parecía leer a través de ella—. Existen muchas IA en el mercado. ¿Qué hace singular a este proyecto? Isabella respiró hondo, buscando las palabras precisas. —Ícaro no se limita a ofrecer soluciones; capacita a los profesionales médicos con simulaciones avanzadas, permitiéndoles practicar procedimientos complejos antes de aplicarlos en pacientes reales. Imaginen, por ejemplo, una joven madre con una lesión medular. Ícaro podría generar un modelo tridimensional de su columna vertebral, identificar las áreas dañadas y guiar a los cirujanos en la regeneración del tejido nervioso, ofreciéndole la posibilidad de volver a caminar, de sostener a su hijo en brazos. Incluso, en ciertos casos, Ícaro puede supervisar y ajustar la maquinaria médica durante una intervención, garantizando la precisión y minimizando el riesgo de errores humanos. Al fusionar diversas inteligencias artificiales especializadas, creamos una sinergia sin precedentes, optimizando cada etapa del proceso regenerativo. No se trata solo de tecnología; se trata de esperanza, de devolver la calidad de vida a quienes la han perdido. Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Isabella sintió una oleada de alivio, pero mantuvo la compostura. Las preguntas continuaron, pero ahora notaba una genuina curiosidad en los ojos de los accionistas. Jean-Luc Valois permanecía en silencio, pero Isabella captó un sutil movimiento de su cabeza, un gesto casi imperceptible que interpretó como una señal de aprobación. Finalmente, se realizó la votación. El silencio en la sala era palpable. Isabella sintió el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Cuando se anunció el resultado, una mezcla de incredulidad y alegría la inundó. El Proyecto Ícaro había sido aprobado. —Confiaremos en que llevará a cabo un trabajo impecable, vicepresidenta Isabella —reconoció un accionista con una sonrisa sincera, justo antes de que la junta se disolviera. Isabella asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad, pero también una profunda satisfacción. La sala finalmente quedó vacía, el eco de las conversaciones extinguiéndose lentamente, dejándola a solas con su padre. Jean-Luc Valois, un hombre cuya presencia siempre llenaba cualquier espacio, se mantuvo observándola detenidamente, con una expresión que Isabella tardó en descifrar. No era la frialdad habitual que mostraba en público, sino algo más cercano a una admiración contenida. A pesar de su imponente figura y su reputación de hombre duro, Isabella sabía que, en el fondo, reconocía sus logros, aunque le costara expresarlo con palabras. —Estoy orgulloso de ti —dijo finalmente Jean-Luc, su voz grave resonando en el silencio—. Siempre quise un hijo varón, es cierto, pero solo tuve dos… digamos, deslices —una leve sonrisa curvó sus labios antes de continuar, con un tono más suave—. Y luego llegaste tú. Tú eres diferente, Isabella. Jean-Luc se puso de pie, colocando una mano firme pero cálida en el hombro de su hija. —Ícaro será un proyecto maravilloso. Lo sé. Y sé que harás un trabajo excepcional. No me defraudes. La frase, aunque dicha con un tono paternal, llevaba consigo un peso que Isabella sintió en el estómago. No era una amenaza, sino una expectativa, una confianza que debía honrar. Jean-Luc se retiró, dejando a su hija sola en la inmensa sala de juntas. Las luces comenzaban a atenuarse automáticamente, creando sombras alargadas que danzaban sobre las paredes. Eran pasadas las diez de la noche y el cansancio comenzaba a sentirse, un suave hormigueo en las sienes, pero la inmensa alegría por los frutos de su trabajo la mantenía alerta. Isabella, por fin, sentía que se había ganado, no solo la aprobación de su padre, sino también su respeto. Ahora, la verdadera prueba comenzaba. Recogió sus cosas, sintiendo el suave cuero de su portafolio bajo sus dedos, y salió de la sala, dispuesta a subir a su vehículo y volver a casa, a un baño caliente y una taza de té que la ayudara a relajarse… de no ser porque, al salir del edificio, en la entrada iluminada por las farolas de la calle, fue interceptada por una figura que reconoció de inmediato. Un escalofrío le recorrió la espalda. No era un encuentro casual. —Isabella, verte así me hace sentir… nostálgico. ¿Recuerdas cuando jugábamos en el jardín de niños y llorabas porque te quitaba el caramelo? —dijo Leonardo con una sonrisa traviesa que iluminaba su rostro. Sus ojos oscuros, llenos de un brillo juguetón, no dejaban de observarla. No era una burla, sino una forma cariñosa de recordar su larga historia. Leonardo Laurent, uno de los accionistas más importantes de Industrias Valois y director de una de las tres empresas más influyentes del país, poseía un carisma magnético que atraía la atención sin esfuerzo—. Pero debo admitir que has superado con creces cualquier expectativa. Verte presentar Ícaro hoy… simplemente me cautivó. —¿Siempre recurres a esos comentarios… pintorescos? —preguntó Isabella con una sonrisa divertida, arqueando una ceja con picardía. No había molestia en su voz; conocía bien el estilo de Leonardo. —Solo cuando la ocasión lo amerita —respondió él con una sonrisa encantadora, acercándose un poco más. Su mirada se posó en los ojos de Isabella, transmitiendo una calidez que la hizo sentir ligeramente nerviosa—. Y créeme, Isabella, esta ocasión lo amerita con creces. Ver tu pasión, tu inteligencia… es inspirador. De verdad, estoy inmensamente feliz por ti. Leonardo era alto, con una complexión atlética y un estilo impecable que combinaba la elegancia clásica con un toque moderno. Su cabello n***o, cuidadosamente peinado, enmarcaba un rostro atractivo que irradiaba confianza y amabilidad. Su carisma no era estridente, sino sutil y envolvente. —Un logro como este exige una celebración a la altura —continuó Leonardo con una sonrisa seductora—. ¿Aceptaría la brillante creadora del Proyecto Ícaro el honor de cenar conmigo esta noche? —Siempre tan… insistente —dijo Isabella, negando con la cabeza con una sonrisa que delataba su diversión. —Solo cuando se trata de algo que realmente vale la pena —respondió Leonardo con una mirada intensa, manteniendo el contacto visual por un instante que hizo que el corazón de Isabella diera un vuelco—. Y tú, Isabella, vales mucho la pena. —Está bien, Leonardo —cedió Isabella, con una sonrisa que no podía ocultar—. Iré por mi auto. —De eso nada —replicó Leonardo con una sonrisa pícara—. Esta noche, yo tengo el honor de ser tu chofer. No todos los días se celebra la aprobación unánime de un proyecto tan revolucionario. Eres la estrella de la noche, Isabella. Y las estrellas no conducen. Isabella soltó una risita, incapaz de resistirse al encanto de Leonardo. Asintió, observando el elegante Ferrari rojo que lo esperaba. Leonardo, con un gesto impecable de galantería, se apresuró a abrir la puerta del copiloto para ella, asegurándose de que se acomodara antes de rodear el auto y ocupar su lugar al volante. —¿Algún antojo en particular, estrella de la noche? —preguntó Leonardo, encendiendo el motor del Ferrari. El suave rugido del motor llenó el aire, un contraste con el silencio que habían dejado atrás en el edificio. El interior del auto olía a cuero nuevo y a un sutil perfume masculino que Isabella no pudo identificar, pero que le resultó agradablemente familiar. Leonardo la observó con una sonrisa mientras esperaba su respuesta—. ¿Alguna preferencia culinaria? ¿Italiano, francés, tal vez algo más exótico? Isabella se acomodó en el asiento de cuero, sintiendo su suavidad bajo sus manos. El ambiente dentro del auto era cálido y acogedor. —La verdad, me apetece algo diferente —respondió, con una mirada pensativa. —Entonces tengo el lugar perfecto —dijo Leonardo con una sonrisa que denotaba confianza—. Te llevaré a un sitio que te transportará directamente a las calles de Bangkok. Confía en mí, será una experiencia… inolvidable. Leonardo pisó suavemente el acelerador, y el Ferrari se deslizó con suavidad por la calle. La luz de las farolas se reflejaba en la carrocería roja, creando destellos que iluminaban el rostro de Isabella. La música suave que sonaba en la radio creaba una atmósfera íntima y relajada.

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