—¡Ayúdenme, por favor! —clamó Isabella cuando la ataron de manos y pies a una especie de estructura de madera—. ¡Por favor! Estaba rodeada de hombres con túnicas negras que cubrían sus cuerpos, sus rostros, y guantes negros de cuero para cubrir sus manos. La desnudaron por completo, escogieron cada uno un látigo, y la rodearon en un círculo religioso de purificación. —Por favor —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. No he hecho nada malo. Solo soy una novicia. Soy inocente. Uno de ellos abandonó su lugar en el círculo y apretó su mentón. Sus guantes se hundieron en sus mejillas y su boca se abrió. —Nadie es inocente, y en ti, depuraremos nuestros pecados. La voz era ronca, como de un anciano. Isabella suplicó que no lo hicieran, pero nadie le prestó atención. Para nadie importaba lo

