—Padre Lorenzo —dijo Grecia cuando se acercó con el bebé en brazos—. La tua benedizione (Su bendición).
El Sacerdote le hizo una cruz en la frente y ella dijo amén.
—Y por supuesto el pago de su bendición —dijo Dante cuando chasqueó los dedos para que dejaran el maletín repleto de billetes al ras de su sotana—. Gracias por cedernos un poco de su tiempo.
El Sacerdote recogió el maletín para llevarlo hasta su altar, y empujando a un lado todas las reglas, las consagraciones y los lineamientos en los que el dinero no importaba, abrió el maletín justo cuando Isabella se asomó a través de la cortina del confesionario. Eran fajos de billetes verdes de cien euros. El Sacerdote lo cerró con rapidez, y caminó con rapidez hasta la puerta hacia su estudio para dejarlo, y regresar con una sonrisa.
—Comenzaremos cuando lo dispongan —dijo sonriente.
Isabella movió la cabeza y regresó a su banco. Ella no era ciega. La mayor mafia y corrupción estaba detrás de la túnica, y era absurdo creer que una persona que tuviera tratos con esas personas, podría vivir bajo los lineamientos de pobreza de ellas. Mientras ellas comían sobras, ellos se compraban camionetas último modelo con el dinero de las mafias. Isabella solo miró el dinero, y que estaban escoltados. La iglesia entera estaba llena de personas, cubriendo los pasos, y se persignó dos veces mientras se ocultó en el confesionario. Esperaba que se fueran para poder irse.
—Dalla polvere siamo, e alla polvere ritorneremo (Del polvo somos, y al polvo regresaremos) —dijo Alessandro cuando volvió a golpear su bastón de oro y madera contra el piso y soltó el humo de su habano—. ¿Dios perdona a los hombres que fuman?
El Sacerdote le sonrió.
—Dios perdona todos nuestros pecados. Solo debe confesarlos.
Alessandro miró a Dante.
—Prima tu, figliolo (primero tú, hijo) —le dijo a Dante.
Dante rodó la mirada de su padre al Sacerdote. A Dante no le gustaba la idea de que un tercero conociera sus pecados. Sus pecados eran suyos, internos, y solo la familia cercana o sus víctimas los conocían antes de morir. La estela de cadáveres que dejó a su paso, era suyo, propio, y el Sacerdote no debía conocer los litros de sangre que goteaban de sus manos.
—La iglesia se incendiaría si conociera todos mis pecados —dijo Dante—. Llevo el infierno en el alma, Padre. ¿Quiere conocerlo?
El Sacerdote se tocó el Cristo que colgaba de su cuello, y lo apretó. Debía sonreír, y no dejarse envolver por los ojos oscuros de Dante. Ese hombre respiraba muerte, y tenía el aura tan pesada, que el Sacerdote sintió la necesidad de ser mejor para que el diablo de Dante no le hiciera daño. Con ellos debía comportarse lo más correcto posible, y colocarse de rodillas si se lo pedían.
—¿Tiene tiempo para bajar al infierno conmigo, Padre? —preguntó Dante con la mandíbula prensada.
El Sacerdote asintió con la cabeza y le señaló el confesionario. Debía prepararse psicológicamente para lo que el hombre le diría, pero justo cuando Dante se encaminó al confesionario, recordó que la novicia estaba dentro, por lo que se atravesó en medio.
—Tengo a una novicia confesándose —le dijo.
—Sáquela. No tengo tiempo ni paciencia para esperar.
El Sacerdote alzó un dedo y se sentó al otro lado. Isabella volvió a escuchar el banco crujir, y la respiración pesada del hombre. Si quería que dejara el confesionario, debía pedirle ayuda. Su ayudante no estaba ese día porque Dante pidió específicamente que solo estuviese el Sacerdote. Si había alguien más y no era un ayudante, tendría problemas. Olvidó que debía estar solo esa tarde, y el morbo por Isabella lo llevó a cometer errores.
—Hermana Sforza —dijo del otro lado—. ¿Podría ayudarme?
Isabella frunció el entrecejo sin comprender del todo.
—Disculpe, Sacerdote, pero ¿sabe quiénes son esas personas?
—Son hijos de Dios que volaron hasta aquí para recibir una bendición —dijo cuando peinó las pelusas de su estola.
Isabella colocó sus manos sobre sus muslos.
—¿Cobra por las bendiciones?
El Sacerdote la miró a través de los agujeros. No le gustaba cuando le hablaban como si fuese superior. No lo era.
—Son contribuciones a la iglesia —mintió.
—Son de la mafia.
La mujer era hermosa, pero estaba cruzando un límite. Él era quien le ordenaba, no ella, y si le pedía que limpiara el piso de la iglesia con el cabello, debía hacerlo. No estaba en posición de ser quien diera las directrices ni lo corrigiera, debido a que si la llegaban a encontrar allí, tendrían problemas y correría sangre.
—¿Importa eso? En la casa del Señor, todos somos iguales —respondió exasperado porque ella no solo decía sí, padre, y accedía—. Ahora ve a la parte trasera por lo que necesito para bautizar al niño del hombre que fue tan amable de donar dinero.
Isabella no fue una mujer intachable en su pasado. Cometió muchísimos errores, sin embargo, eligió esa nueva vida, y por ende, debía cambiar su forma de pensar. Antes lo hubiera aceptado con tal de dividir las ganancias. Hubiera callado por algo de dinero, pero en ese momento, fue firme y fiel a su nueva vida.
—Perdóneme, Padre, pero no lo haré —dijo segura—. No me manchará con el pecado que esta cometiendo. El dinero es del mundo, y repudiamos lo que nos hace. No lo necesitamos.
El Sacerdote tiró del cuello de su sotana y respiró rápido.
—Es para caridad.
—Eso no fue lo que dijo —replicó ella.
No había tiempo. Había un hombre furioso al otro lado, que no dudaría en entrar a arrancarle el brazo para sacarla.
—Es una orden.
—Entonces repórteme con la Madre Superiora, y le diré que esta recibiendo dinero de la mafia —dijo Isabella, sacando parte de su antiguo ser a flote—. ¿Quién será más reprendido?
La carta que le enviaron era un llamado por algunas irregularidades en la iglesia que dirigía. No podía equivocarse más, ni permitir que le quitaran el poder de la iglesia que recibía más dinero en toda Milán. Esa era la iglesia favorita de la Sagrada Familia, y si la perdía, colocaría en juego su vida. Por eso, y porque el silencio de Isabella era lo que necesitaba en ese momento, dobló las manos para que la mujer, solo por esa tarde, ganara.
—Bien, pero esto no termina aquí, Hermana Sforza —dijo entre dientes cuando se levantó y salió para hablar con Dante—. Esta orando y no podemos interrumpir su comunicación con Dios.
Dante miró la cortina que lo separaba de la persona al otro lado, y pensó en correrla para gritarle que se fuera. Se preguntó quién era la persona al otro lado, y sintió un extraño escozor en la mano derecha. Se tocó el borde de los labios con la punta de la lengua, y el Sacerdote señaló la pila bautismal con la corona de Cristo.
—Comencemos con el bautizo.
Dante alzó una mano.
—Primero mis hombres revisarán toda la iglesia, sino le importa, Padre —ordenó Dante cuando lo miró—. Evito que este día especial sea opacado por nuestros enemigos.
El Sacerdote miró el confesionario, y luego le sonrió a Dante.
—Adelante.
No tenía nada que ocultar, y tampoco quería problemas con ellos. Dante movió a sus hombres, y dándole una última mirada al confesionario, giró. Sus hombres sacaron sus armas, y cuando Isabella escuchó que revisarían todo el lugar, bajó del banco y se arrodilló. Nadie le disparaba a una novicia, y pegando su nariz de sus manos, movió los labios en un rezo. Los hombres crujieron sus botas en el suelo, subieron las escaleras que daban a la parte superior donde el coro de la iglesia se paraba los domingos, y entraron a las puertas y corrieron la cortina del confesionario.
Miraron a la mujer con el hábito y el velo, y solo le pidieron que los mirase. Ella movió un poco el cuello. Comprobaron que no parecía un peligro y bajaron la cortina. Isabella respiró profundo. Volvió a persignarse y cerró los ojos. Era la primera vez que estaba tan cerca del peligro ese último año. Miró como la apuntaron con ese rifle, y como la pequeña luz seguro estaba en su frente. No tomaban atajos. Eliminaban a sus enemigos.
Los hombres le dijeron que todo estaba despejado, y el Sacerdote los reunió a todos alrededor de la pila de bautismo. Comenzó con una oración, con unas palabras sobre la vida, sobre el amor, sobre la familia y lo que el bautismo significaba. Ese bebé esta siendo entregado a Dios esa tarde, cuando el Sacerdote acercó al bebé al borde de la pila y metió la mano bajo el agua tibia.
—Stefano Bertolini Cavalli, ti battezzo nel nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo (Stefano Bertolini Cavalli, te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) —dijo cuando dejó que el agua cayera sobre su frente y mojara su cabello—. A partir de este momento, serás un nuevo siervo del Señor.
Grecia le sonrió y le susurró a su bebé cuando le mojó la cabeza. Su padre tiró un poco de su ropa de algodón, seda fina y encaje para la ocasión. Iba vestido de blanco, como la pureza en su corazón. Grecia lo acunó y le secó la cabeza para calmarlo.
—Le agradezco, Padre —dijo Grecia como agradecimiento.
Alessandro le repitió el lema familiar, y Dante miró al bebé tan diferente al Sacerdote. Para el hombre de Dios, ese bebé era un siervo. Para la familia Cavalli, ese niño era el futuro de su mafia. En la sangre de Stefano estaba el futuro, estaba el legado de la familia y el enorme peso de mantener ese lugar en Italia.
Solo era un bautizo. Solo era mojar la cabeza con agua bendita, pero internamente era algo más grande que solo agua, y una vez que el bebé dejó de llorar, Dante volvió a mirar el confesionario. No entendía por qué había algo con eso. Nunca le gustó confesarse. Como dijo, no le gustaba que terceros conocieran sus pecados, pero el saber que había alguien al otro lado y que él no lo sabía, lo incomodaba. Le gustaba controlarlo todo, y el no saber quién era la mujer al otro lado, le estaba comiendo la cabeza. No se trataba de confesarse. Se trataba de que necesitaba conocerla.
—¿Me iré sin confesarme? —le preguntó al Sacerdote.
El hombre volvió a mirar el confesionario y tragó.
—Esta ocupado.
Dante sacó la mano de su bolsillo.
—Nada esta ocupado para mí —dijo comenzando a caminar.
El Sacerdote fue detrás de él para evitar un escándalo.
—No puede interrumpir una oración.
—Y usted no debía tener invitados este día —replicó con esa mirada que partía en dos—. Acción y consecuencia, Padre.
Los hombres de Dante le dijeron al Sacerdote que lo dejara, que lo mejor que podía hacer era sentarse del otro lado y escucharlo. Alessandro soltó más humo, Grecia acunó a su bebé y Dante estiró los dedos hacia la cortina para correrla. Isabella tembló cuando escuchó que la abrieron y la luz bañó el interior del confesionario. Lo primero que Dante miró fue todo el hábito blanco. Miró la túnica cubrir sus piernas, el velo llenar su espalda, y no hizo más que sentir que estaba pisando un terreno peligroso.
Su padre les inculcó la importancia de la religión, y Dante era respetuoso en lo que pudiera. Intentaba ser lo más correcto con las personas de Dios, pero no le apetecía permitirle su oración.
—Me importa mierda quién eres y qué haces, pero quiero que tomes tu oración y la termines afuera —dijo Dante.
Isabella apretó más sus manos y continuó rezando. No le prestó atención a la voz del hombre, ni la entonación. Isabella estaba apretando sus rodillas al suelo y sus manos sobre el banco, cuando escuchó la pesada respiración de Dante.
—¿No escuchaste? —preguntó más fuerte—. ¡Fuera!
Ella no se movió, y fue cuando Dante, completamente fuera de las líneas de la paciencia, se inclinó para rozar su velo.
—No me obligues a apuntar ese lindo velo blanco —susurró.
Isabella abrió los ojos de golpe cuando a su nariz llegó el aroma del perfume del hombre, con ese tono grueso en la voz. Su boca se secó de inmediato, su corazón comenzó a golpear su pecho y sus manos temblaron ligeramente. ¿Qué probabilidad había de que el mismo hombre que estaba en otra región, estuviese allí?
Dante volvió a suspirar, y sin esperar, sacó la pistola de su cintura. Ella escuchó el metal crujir en su mano, y cerró los ojos. No habían quedado en malos términos. Habían tenido una noche interesante y ella hizo todo lo que él quiso. No podía matarla.
—Primer paso sacar el arma —dijo apuntándole el velo blanco—. Segundo paso, llenar el confesionario con tus sesos.
Dante le dijo que se levantara y que saliera. Isabella temía por lo que era el hombre, no porque ella hiciera algo malo, y cuando él le rozó más el velo, no tuvo más opción que levantarse. Era más pequeña que él, y cuando Dante retrocedió un paso, ella respiró profundo y giró. La pistola perdió agarre en su mano cuando miró sus ojos claros, y esa perfecta nariz que ni muerto olvidaría. Ella bajó la cabeza con rapidez, pero él sabía quién era.
—Levanta la cabeza —ordenó—. ¡Levanta la maldita cabeza!
Isabella tragó, y respirando profundo, lo miró a los ojos. Dante nunca sintió terror, nunca tembló, pero ella lo hizo temblar.
—Maldita sea —exclamó Dante cuando sus ojos se encontraron con los de ella—. Mierda, mierda. ¡Puta mierda!
—El lenguaje —dijo el Sacerdote—. Esta en la casa de Dios.
—Me importa poco el puto lenguaje —respondió cuando bajó el arma y dio un paso hacia ella, arrinconándola—. Eres tú.
Dante alzó sus dedos hacia ella e Isabella despegó los labios y cerró los ojos cuando sintió el toque caliente y rústico del Underboss. Ninguno se había olvidado, y esa búsqueda exhaustiva terminó dos años después donde jamás pensó encontrarla.
—Eres tú —repitió cuando miró sus labios y pasó el pulgar por ellos—. Eres la mujer que he buscado por dos malditos años.