Isabella miró sus grandes ojos oscuros, oscurecerse el doble cuando descubrió que estaba frente a él, a pocos centímetros de su rostro, con el pulgar tirando de sus labios secos, y con esa atmósfera de tensión que envolvía el Duomo. Isabella era una mujer que conocía a perfección lo que era el toque de un hombre y sus deseos más primitivos a través de su mirada. Cuando lo conoció dos años atrás, Dante irradiaba la misma toxicidad y posesividad con la que le acarició la piel que se achinó a su toque. Dante era un hombre imponente, misterioso, y tan impresionante que su sola presencia disminuía y convertía en ceniza a cualquiera, mientras ella era esa rosa delicada que se oscurecía, quemaba y consumía al toque de sus manos. Isabella era la clase de mujer que sobrevivía a las dificultades, p

