—Jesús mío, penétrame toda para que pueda reflejarte en toda mi vida. Divinízame de modo que mis acciones tengan el valor sobrenatural. Haz que tenga para cada alma, sin excepción, amor, compasión y misericordia —susurró la mujer, de rodillas ante el Jesús de dos metros en la capilla del monasterio a las seis de la mañana, rodeada de las demás—. Oh Jesús mío, cada uno de tus santos refleja en si una de tus virtudes. Yo deseo reflejar tu corazón compasivo y lleno de misericordia, y deseo glorificarlo.
Ella apretó más las palmas de sus manos, con el crucifijo colgando entre ellas, y la cabeza levemente gacha hacia el piso.
—Que tu misericordia, oh Jesús, quede impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello, y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra —agregó cuando sus rodillas ardían—. Glorificar tu misericordia es la tarea exclusiva de mi vida.
Las novicias del monasterio de la abadía Sant'Anna, se reunían para la oración de la mañana en la capilla del sur. Era tradición y una normativa, que las novicias iniciaran el día agradeciéndole a Dios por el despertar, y rogándole el entendimiento necesario para avanzar en el camino religioso. Los ayunos eran necesarios para depurar su cuerpo de la inmundicia de la que fueron rescatadas, y con sus estómagos vacíos y sus rodillas rojas, suplicaban al cielo que sus corazones fuesen puros y su cuerpo fuese enteramente al servicio de Dios y de la comunidad.
Isabella Sforza abandonó una vida de lujuria, de pecados, de vanidad y egoísmo un año atrás, por consagrarse a Dios. Isabella lavó sus pecados de rodillas, y limpió el piso con su cabello, hasta que su alma fue libre de las ataduras carnales y mundanas. Con sus manos unidas, sus ojos fuertemente cerrados y sintiendo el espíritu de Dios recorrer su cuerpo, Isabella decidió que después de una vida de pecados y de ser el objeto s****l de muchísimos hombres, Dios la llamó una noche para que sirviera en su congregación antes de ser arrebatados al cielo con él. Isabella era una de las novicias más prodigiosas que la abadía conoció en los últimos diez años. Su servicio era ejemplar, sus oraciones eran bien recibidas, y su consagración estaba a un paso de ser real.
—Nel nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo —dijo cuando acabó la oración y abrió los ojos para mirar a Jesús crucificado—. Non lasciarmi oggi (No me abandones este día).
Isabella se colocó de pie, se limpió las rodillas y caminó por el pasillo con la cabeza gacha. El resto de las hermanas quedaron en el piso orando fuertemente, moviendo sus rodillas y estirando un poco la espalda por el dolor de la posición. Isabella abrió la puerta y la cerró cuando salió. Ese lugar era sagrado, y el silencio de los pasillos era tan diferente al ruido ensordecedor de los clubes en los que trabajaba, que acostumbrarse a esa nueva vida fue complicado. Para cuando eligió salir de ese mundo y explorar uno diferente, el cambio fue tan radical, que le costó adaptarse.
La Abadía donde estaba les proporcionaba a las novicias una intensa formación espiritual y una completa devoción a la iglesia y a Dios. El tiempo de noviciado estaba dedicado en edificar una relación de la hermana con Jesús Misericordioso cada vez más profunda, con el fin de que la novicia, imitando al Señor, pudiera ofrecer su vida como sacrificio a su Amado Dios, rico en misericordia. El trabajo interno era tan pesado, pero los horarios, las tareas comunales y el ser siempre servicial y atenta, era tedioso al inicio; lo suficiente como para querer renunciar algunas noches en las que sus pies se ampollaban por las zapatillas.
La Madre Superiora era una de las maestras de las novicias, y su carácter era impresionante. Isabelle nunca antes conoció a una persona tan entregada, que se autoflagelaba por los pecados de los demás, y que llevaba cerca de cuarenta años dentro de ese lugar sin esperar nada más, con sus manos callosas y su piel arrugada.
Ella, con otra de las Madres Superioras, regían el lugar al que iba un Obispo una vez al mes para comprobar que todo se mantuviese en orden y siguiendo los lineamientos. En ese tiempo, Isabella no podía decir que fue reprendida de forma violenta, que la amenazaron, o que la golpearon con algo. Fueron bastante pacientes, más de lo que ella esperaba, y el ambiente era ameno.
Lo único malo era todo lo que le quitaron en el proceso para convertirse en esa persona. Las restricciones, las limitantes, y el no ser una persona independiente nunca más, y alejarse de todo fue la parte más difícil, pero necesaria para sus propósitos.
Cada día, la Madre Superiora las introducía en la vida consagrada al Señor Jesús, según los consejos evangélicos y de acuerdo con el carisma de la abadía. Asimismo, debían ayudar a las novicias a ir penetrando en el desarrollo de la vida espiritual, profundizando la vida de oración y la ascesis. Debían conocer la liturgia de la Iglesia y el apostolado de la congregación. Las novicias debían conocer a fondo el modo de vida de la Congregación, su participación en la vida y misión de Cristo, así como también aprender a confiar en la Misericordia de Dios, a vivir la obediencia sobrenatural a la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de María, Madre de la Misericordia. Las hermanas novicias procuraban que el espíritu de misericordia estuviera presente en toda su vida, deseando que dicho espíritu fuese penetrando, en particular, en su relación fraternal con las demás hermanas de la comunidad y con otras personas que estaban a su alrededor.
Cada mañana después de un baño para fregarse la suciedad, se colocaban la túnica larga blanca y holgada que le cubría hasta los tobillos. Un escapulario rectangular sobre los hombros. El velo que cubría su cabeza y hombros, igual de blanco, y un cinturón alrededor de la cintura que ajustaba la túnica del resto del hábito.
El rosario o crucifijo con el que rezaban, era una cadena de cuentas con un Cristo crucificado que solían llevar colgado alrededor del cuello y en sus manos cuando rezaban tres veces al día, sin excepción. Isabella nunca tuvo sus rodillas tan rojas como después de entrar en ese lugar, pero nunca antes sintió tanta paz haciendo la masa para el pan u horneando pasteles para recoger fondos para la caridad. Le gustaba sentirse útil, y ese día, después del desayuno, se centró en la cocina a amasar la masa para los panes que comerían el resto de la semana en carestía.
Ellas mismas tenían un huerto donde cultivaban sus frutas y verduras, y con materia prima, horneaban el pan y preparaban la pasta que consumían. La cocina era calurosa, pequeña, rocosa y robusta, con un horno similar al de las pizzas. Había recipientes de arcilla y un rodillo de madera con el que aplanaba la masa para comenzar a formar las bolitas con levadura y yema de huevo.
Otra de las novicias estaba lavando unos tomates para la salsa del almuerzo, cuando miró a Isabella sudar. El voto de silencio no era necesario dentro de la abadía, pero por órdenes superiores, el silencio era la mejor conexión con Dios. El silencio era la clave para poder escuchar, y con las cinco novicias que habían superado el primer año en la cocina alistando la comida, una de ellas, la que estaba frente a Isabella, lamió sus labios y tragó saliva.
—Ha sido duro, ¿no crees? —preguntó.
Isabella no quitó las manos del rodillo y giró la masa para aplanarla y que los panes se abombaran solo por la levadura.
—Dejarlo todo —agregó la jovencita.
Isabella pasó el dorso de su mano por la escasa frente que sobresalía del velo. El hábito era putamente caliente, y el calor que expedía el horno encendido, hacía que su piel se sintiera hirviendo. Lo menos que quería era hablar y gastar el aire frío con ella.
—Alice, llevamos un año encerradas —dijo Isabella cuando la miró sobre sus pestañas negras—. Cuida lo que dices.
Alice era más que solo la hermana que intentaba conversar algo. Era la que siempre estaba cerca de Isabella. Eso era como un internado, solo que sin las fraternidades y la cerveza. Compartían todo, hasta el vino y el pan los domingos. Alice estaba en la cama junto a Isabella, y las primeras noches después que su familia eligió que lo mejor era enviarla lejos para que el pecado que la contaminaba no los ensuciara, Isabella era la única con la que podía hablar. Eso entabló cierta amistad entre ellas, e hizo que no se sintieran solas. Fue agradable, pero la única amistad que les permitían era con Dios, la Virgen y el Espíritu Santo en sus oraciones. Eran hermanas en Dios, no hermanas de carne.
—Según la Hermana Bianca, no estamos encerradas. Servimos al señor —dijo Alice con una sonrisa cuando metió tomate por tomate en una olla antiquísima—. Bendito Sea.
Isabella achinó los ojos porque sabía que una parte de Alice se burlaba, y estaba mal, pero esa parte carnal que intentaban apagar, estaba siempre presente, y un chiste como ese debía disfrutarse.
—Cuando tomaste tu velo y recibiste el nombre de Hermana, elegiste no ser parte de ese mundo corrompido —dijo Isabella cuando buscó una taza para hacer las formas del pan—. Estás dejando que tu espíritu se corrompa por los chistes del mundo.
Alice rodó los ojos y buscó dos tazas de agua para hervir los tomates. Alice era menos recta que Isabella. Era una novicia religiosa igual que ella, pero había cierto secreto que le impedía entregarse por completo a Dios. Ella no era perfecta para eso, aun cuando fue levemente obligada a servir por sus inclinaciones.
—Me gusta esto. Me gusta el silencio y ser un ser servicial, pero a veces me pregunto si esto es lo que Dios quiere para mí —dijo cuando miró a la otra novicia de perfil, con un mechón de cabello fuera del velo y los labios separados que incitaban al pecado—. Si quiere esto para mí, ¿por qué me hizo así? ¿Por qué soy diferente?
Isabella no necesitó mirar. Le golpeó la mano con la taza con la que marcaba la masa, y Alice chilló por lo bajo.
—Todos somos perfectos —corrigió Isabella—. Todos tenemos un propósito, y quizás el tuyo es cambiar esa forma de pensar.
Alice continuó viendo a la mujer, como el mechón rubio rozaba su mejilla, y suspiró cuando miró a Isabella. Eso era pecado, ella lo sabía, pero no podía dejar de sacarlo de su mente. No podía solo dejarlo, y por más que rezaba para que esos pensamientos y deseos fueran consumidos por el fuego del Señor, continuaban allí.
Isabella conocía la verdad porque parte de ser una novicia era decir sus pecados a la persona que más confianza le tenían. Fue un ejercicio a los pocos meses de llegar a la abadía. Fue parte de un ritual para limpiarse, y para sentirse uno con la iglesia, con Dios y con sus hermanas. No se debía exponer, solo contarlo en la privacidad. Alice pensó que Isabella podría guardar el secreto y en cierta parte entenderla, por lo que le dijo la razón por la que estaba allí, y que ella estaba perdidamente enamorada en pecado, cuando la persona de la que se interesó, no era un hombre.
Por supuesto Isabella fue incapaz de contarle a la Madre Superiora, y le prometió guardar el secreto. Le prometió que eso quedaría solo entre ellas como el más grande secreto, e Isabella tampoco fue capaz de juzgarla. Entendía que no todos eran iguales, y tampoco era la primera persona que sufría con eso. Era entendible y hasta cierto punto normal cuando eran reprimidas.
—Confío en Dios, Bella —dijo Alice cuando respiró profundo y apretó sus labios—, pero no acepto que no pueda amar.
Isabella le tocó la mano y Alice le sonrió.
—Dios te ama, y sé que podrás amar de la misma forma que él te ama —susurró y se inclinó adelante—. Sé que no debo decir esto, pero creo que el amor, sin importar distinción, al final es amor. No importa de quien venga, ni para quien sea.
Si algo tenía Isabella, era el poder de calmar, de consolar y de brindar esperanza. Eso era algo admirable considerando la vida que tuvo y que le contó a Alice. Isabella era perfecta bajo los ojos de Alice. No solo era hermosa, sino que sabía qué decir en el momento justo. A veces Alice no entendía por qué estaba allí, por qué lo dejó todo, cuando en ella había una paz que no vio en nadie más. Y luego se respondía que era por eso, por encontrar paz.
—Hermana Sforza —llamó la Madre Cecilia desde la puerta. Isabella y Alice se enderezaron y bajaron la cabeza y la mirada cuando la mujer entró con imponencia—. Necesito que salga de la Abadía esta tarde, lleve esta carta al Duomo de Milán, y se la entregue en persona al Sacerdote Lorenzo. Es muy importante.
El corazón de Alice golpeó con fuerza su pecho al imaginar si alguien la escuchaba. Si eso se sabía, la reprenderían y la enviarían a la calle. Si eso se llegaba a descubrir, dejaría de verla. Para su suerte, la Madre Cecilia llegó cuando se habían dejado de tocar, pidiéndole un favor a Isabella para que eso llegase a salvo.
En todo ese tiempo, se creó confianza en Isabella, y por ende, le colocaban tareas que no estaban de acuerdo con el rango. Isabella era más una monja aprendiz que una novicia, y si el egoísmo existiera, algunas tendrían miedo de que ella avanzara más rápido. Lo que asombró a Isabella fue el mandato. Le asombró que la enviara a ella, esa tarde, justo el día de la colaboración.
—¿Por qué debo ir yo, Madre? —preguntó.
Alice apenas miró arriba, y la Madre apretó sus manos en su regazo. Odiaba cuando intentaban abolir su mandato.
—¿Cuestionas mi elección? —preguntó en un tono tajante.
Isabella meneó la cabeza cuando sintió que podría subir el tono. Como dijo, nadie la había golpeado, pero siempre había una primera vez, y según algunos rumores, Cecilia no era paciente con las personas que no la obedecían, y tampoco quería comprobarlo.
—No, Madre —corrigió Isabella—. Por supuesto que no.
Cecilia alzó el mentón y apretó las nalgas bajo el hábito.
—Entonces irás, y regresarás para la liturgia.
Isabella asintió y el velo rozó su espalda.
—Por supuesto.
Isabella se lavó las manos con agua y jabón, y usó uno de los bolsos de cuero que ellas mismas fabricaban, para llevar la carta. Había una antigua bicicleta que era para casos extremos, pero a Isabella no le gustaba usarla porque las personas la miraban diferente cuando veían a una mujer con hábito sobre una bicicleta. Por eso caminó. Estaba a más de un kilómetro de distancia, pero se escondió bajo algunos toldos y el sol estaba cayendo para cuando llegó al Duomo y el Sacerdote la bendijo antes de recibir la carta. No eran buenas noticias, y sin mostrar más que una sonrisa para la linda novicia, la escaneó un poco. Tenía la piel más tersa y delicada que alguna vez vio en una mujer de hábito, y unos labios rosados que estaban cerca de ser una tentación por la que tendría que rezar. No era la primera vez que la veía, y cada vez que Dios lo bendecía con la presencia de Isabella, agradecía fuerte.
Isabella le dijo que si no la necesitaba, tenía que regresar para la liturgia. Le dijo que la Madre Cecilia la esperaba. El Sacerdote conocía a Cecilia. Era una maldita, solo que no con todas.
—¿Quieres confesarte? —le preguntó el Sacerdote.
Isabella sintió como la tela del hábito le picaba en los hombros.
—Tengo que regresar.
El Sacerdote se acercó un poco más, y sin tocarla, sintió como su presencia y su cargo intentaba aplastarla como una cucaracha.
—Una confesión nos aliviana las cargas.
Isabella no sonrió, pero bajó más el rostro.
—Me he confesado con Dios.
—Pero no conmigo —dijo serio, tajante, casi arrogante y ansioso por saber sus secretos—. Entra al confesionario. Iré tan pronto como busque mi estola para recibir a Dios.
Isabella no quiso discutir con el hombre, y con la cabeza gacha, caminó hasta el confesionario y se sentó sobre el banco de madera. Miró los pequeños agujeros que la conectaban con la persona al otro lado, y el Sacerdote besó su estola antes de colocársela. Isabella escuchó cuando el banco al otro lado crujió, y se pasó la mano por la frente para secarse el sudor. Estaba sudando, no sabía si de nervios o porque se trataba del padre Lorenzo. El hombre tampoco tenía una buena reputación, y estar a solas con él le producía urticaria. No le gustaba como la miraba. No le gustaba como se sentía, pero era un hombre de Dios, y no la lastimaría.
—Perdóneme, Padre, porque he pecado —comenzó y se silenció unos segundos al intentar recordar algo malo por lo que confesarse—. No recuerdo el último pecado que cometí, pero he pecado con anterioridad muchas veces. He sido una persona egoísta, he tenido impulsos de asesinato, y he cedido a los deseos de los hombres tanto como mi cuerpo lo ha pedido. He sido hija del pecado, de la lascivia, de lo inmoral e incorrecto. Por eso he tomado este destino para mí. Estaba cansada de la vida lasciva que llevaba, y de esa lujuria que recorría mi cuerpo todas las noches.
El Sacerdote se lamió los labios cuando la escuchó. La imagen que se creó de ella, iba acompañada de la posible manera en la que su voz sonaba como algo punzando dentro de ella. Imaginarla con poca ropa, sudada, bailando en un tubo, siendo observada por hombres duros, lo llevó a removerse en el banco. Se tocó apenas el muslo, sin llegar a su entrepierna. Deseó que ella fuese como el resto. Deseó que se entregase a él y que le diera un baile privado para comprobar con sus propias manos lo suave que era su piel.
Era pecado, y por ellos se flagelaba, pero el deseo que recorría su cuerpo cuando imaginaba el anterior trabajo de Isabella siendo Fantasy, lo llevaba a sucumbir al pecado de desear tocarse por encima de la ropa y bajo, ella hasta correrse caliente en su mano.
El padre Lorenzo carraspeó su garganta y tragó. Sus pensamientos impuros llenaron su cabeza, y decidió alimentarlos.
—¿Disfrutaste el pecado de la fornicación? —preguntó.
Isabella alzó una ceja y miró por los orificios. Ese hombre no le gustaba, y descubría cada día un poco más del porqué.
—Disfruté todos mis pecados, Padre, por eso quiero su perdón.
El Sacerdote estaba a punto de preguntarle con detalle sus pecados, cuando escuchó como un bastón golpeó el piso de granito de la iglesia. Su cita para esa tarde había llegado, y pidiéndole a Isabella que no se moviera, salió para recibir a la familia y al imponente Dante Cavalli en ese pequeño universo.
—Perdóneme, Padre —dijo Dante cuando miró la fastuosidad de la iglesia más grande de Milán—. El pecado tocó a la puerta, y estoy seguro que nos recibirá con los brazos abiertos.