Abrí el cajón y saqué el cuaderno sin pensar. No porque tuviera prisa, sino porque el cuerpo ya sabía qué hacer antes de que la cabeza lo discutiera. Pasé las páginas hasta encontrar una en blanco y escribí la palabra salida en la parte superior, pequeña, sin subrayar. Empecé por lo práctico. Horarios. Fechas. Qué llevar y qué no. Nada grandilocuente. Nada simbólico. Solo decisiones concretas que no admitían sentimentalismo. Doblé la ropa justa. Elegí la mochila que no llamaba la atención. Dejé fuera cosas que me gustaban pero no necesitaba. Aprendí a distinguirlo en ese momento: lo que acompaña y lo que pesa. Miré el billete sobre la mesa. Aún no estaba comprado, pero ya existía. En mi cabeza, en el recorrido, en el tiempo exacto en el que el instituto quedaría atrás y el paisaje e

