No pasó nada concreto. Y, sin embargo, todo estaba distinto. Lo noté al entrar al instituto, como se notan los cambios de tiempo: no por lo que ves, sino por cómo te pesa el cuerpo. Las conversaciones se cortaban cuando yo pasaba. Las risas sonaban un segundo más forzadas. Nadie me miraba de frente demasiado tiempo. Me senté en mi banco de siempre, junto a la ventana. El mismo de todos los días. El mismo que solía ser refugio. Esa mañana, en cambio, me hizo sentir expuesta. Abrí el cuaderno y fingí concentrarme. No lo estaba. Había silencios nuevos. No incómodos. Cargados. Como si algo hubiera empezado a circular sin mí. Escuché mi nombre una vez, al fondo del aula. No supe quién lo dijo. No supe en qué tono. Solo supe que lo había oído. Y eso bastó para que se me tensaran los hom

