El móvil vibró cuando menos lo esperaba. Estaba sentada en la cama, con el libro abierto por la misma página desde hacía rato, fingiendo leer. Miré la pantalla sin prisa, más por costumbre que por esperanza. Y entonces vi su nombre. Dante. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apoyar el móvil sobre las piernas para que no se me notara en las manos. Tardé unos segundos en abrir el mensaje. No porque no quisiera. Porque, durante ese breve instante, todo volvió a estar en equilibrio: antes de saber, antes de leer, antes de que nada pudiera estropearse otra vez. ¿Podemos hablar? Nada más. Sin emoticonos. Sin explicaciones. Tragué saliva. Escribí sí… lo borré. Escribí ahora no puedo… lo borré también. Al final, dejé que saliera lo único que era verdad. Dime. Pasaron

