Me dije que todo tenía una explicación. Que si Dante se había apartado no era porque no sintiera, sino porque sentía demasiado. Que no todo el mundo sabe quedarse cuando algo importa de verdad. Yo misma había tardado años en atreverme a mirar. Recordé su voz cuando me dijo que necesitaba pensar. No sonaba fría. Sonaba asustada. Recordé sus manos temblando apenas cuando me rozó el brazo, como si ese gesto mínimo le exigiera más de lo que estaba preparado para dar. Eso no era indiferencia. Eso era vértigo. Pensé en cómo me miraba cuando creía que no lo veía. En cómo bajaba la voz al decir mi nombre. En esa forma suya de estar cerca y, a la vez, no saber cómo sostenerlo. No, no estaba jugando conmigo. Si lo hubiera hecho, habría sido más fácil. Más ligero. Más seguro. Dante no tenía

