Ares llevaba todo el día con la sensación de estar sosteniendo algo demasiado frágil. En clase apenas tomó apuntes. Miraba la hoja, escribía una frase, la tachaba. No era falta de concentración: era exceso de pensamiento. Cada vez que levantaba la vista, buscaba a Luna sin darse cuenta. Y cada vez que la encontraba, algo se le apretaba en el pecho. La había visto con Dante. La había visto escuchar. La había visto dudar. Si lo supiera, pensó. La idea volvía una y otra vez, como una tentación peligrosa. Decírselo sería fácil. Solo unas palabras. Un gesto. Un corte limpio. Pero también sabía lo que vendría después. El golpe. La caída. La forma en que ella se cerraría del todo. Ares apretó el bolígrafo entre los dedos. No estaba protegiendo a Dante. Eso lo tenía claro. Tampoco se e

