No fue una frase concreta lo que me hizo pensar. Fue el cansancio. Ese agotamiento raro que llega cuando llevas días justificando cosas que no terminan de cuadrar. Cuando tu cabeza hace malabares para que todo encaje… y aun así, algo siempre se cae. Estaba sentada en mi cama, con los apuntes abiertos sin leerlos, repasando conversaciones pasadas como si fueran escenas sueltas de una película mal montada. El te quiero tardío de Dante. Las medias frases. El necesito tiempo. La forma en que Ares se había ido apartando, como si supiera algo que no podía decir. Me llevé las rodillas al pecho. Pensé en aquella risa escuchada sin querer. En el pobrecilla. En la palabra juego dicha con ligereza. Hasta entonces, todo lo había mantenido separado. Compartimentos estancos. Pero esa noche,

