Ahora lo recuerdo todo distinto. No como pasó, sino como fue. El primer día que Dante se me acercó de verdad. No aquel del inicio, el del gesto amable y adolescente, sino el otro. El que vino después. El día en que su atención cambió de intensidad, de ritmo, de intención. En ese momento me sentí elegida. Hoy sé que fui señalada. Recuerdo su sonrisa un poco más segura de lo habitual. La forma en que me observaba, como si estuviera comprobando algo. No era deseo todavía. Era curiosidad interesada. —No hablas mucho, ¿no? —me dijo entonces. Yo bajé la mirada, incómoda. —No demasiado. —Me gusta —respondió—. La gente habla por hablar. En aquel instante pensé que me había visto. Ahora entiendo que estaba probándome. Después vinieron los mensajes. No constantes, no urgentes. Medidos. C

