Ares empezó a desaparecer de los lugares donde antes coincidían. No de forma brusca. No como huida. Simplemente ajustó sus pasos para no cruzarse con los de Luna. Cambió de banco en clase. Salió un poco antes. Entró un poco después. Gestos mínimos que solo alguien muy atento habría notado. No quería que su presencia se confundiera con insistencia. No quería ocupar un espacio que no le habían ofrecido. La veía de lejos, a veces. En el pasillo, concentrada en sus apuntes. En el patio, sentada sola, con la mirada perdida en algún punto que no era el cielo. Ares sentía el impulso de acercarse, de preguntarle si estaba bien, de decirle que no estaba sola. Pero se detenía. Porque sabía que ahora mismo, cualquier gesto suyo podía convertirse en peso. Y amar, entendía, no siempre es estar

