Cuando amar se vuelve posesión

1293 Palabras

Dante empezó a estar en todos los lugares. No de forma evidente. No de manera que pudiera señalarse sin parecer exagerada. Simplemente… coincidía. Demasiado. A la entrada del instituto. En el pasillo que yo tomaba cuando cambiaba de aula. Cerca de la biblioteca, aunque ya no tenía por qué pasar por allí. No se acercaba siempre. A veces solo miraba. Otras fingía hablar con alguien mientras sus ojos me buscaban con insistencia. Yo lo sentía antes de verlo. Ese cosquilleo incómodo en la nuca. Esa certeza de estar siendo observada incluso cuando nadie decía mi nombre. Una mañana, al salir de clase, lo encontré apoyado en la pared, como si me estuviera esperando desde hacía rato. —No te he escrito —dijo—. Porque sé que no quieres. Asentí. —Pero necesitaba verte. No era una petición.

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