No tardaron en notarlo. No porque yo dijera nada, sino porque dejé de fingir lo suficiente. Inés me miró dos veces seguidas en clase. Bruno me preguntó si estaba bien con ese tono que ya trae la respuesta incorporada. —Sí —respondí—. Cansada. Era la verdad más pequeña que podía dar sin romperme. En el recreo se sentaron conmigo. Intentaron hablar de cualquier cosa: una serie, un profesor, una tontería que había pasado el día anterior. Yo asentía, sonreía cuando tocaba, pero estaba lejos. Tan lejos que ni siquiera el ruido me alcanzaba. —Si quieres hablar… —empezó Inés. —No quiero —dije rápido—. De verdad. Se miraron entre ellos, incómodos. No insistieron. Y aun así, su presencia empezó a pesarme, como si me pidieran algo que no tenía. En casa fue peor. Mi madre me observó desde la

