Cerré la puerta de mi habitación con cuidado. No la golpeé. No tiré nada al suelo. Eso vino después. Me quedé de pie unos segundos, con la mochila todavía colgándome de un hombro, como si el cuerpo no hubiera recibido aún la orden de caer. El silencio era demasiado limpio. Demasiado grande. Entonces me senté en la cama. Y todo se desarmó. El aire dejó de entrar con normalidad. Me doblé hacia delante, abrazándome el estómago, como si algo se estuviera rompiendo ahí dentro. No era un dolor concreto. Era una mezcla imposible de sostener. La imagen de Dante explicando. La mirada de Ares aceptando. Mi propia voz diciendo no puedo. Todo junto. Me quité la mochila y la dejé caer al suelo. El golpe seco sonó más fuerte de lo que esperaba. Me hizo temblar. —j***r… —susurré. Las manos

