Ares me esperó al final del pasillo. No se colocó delante de mí. No me cortó el paso. Simplemente estaba allí, apoyado en la pared, como si supiera que forzar el encuentro sería el primer error. —Luna —dijo cuando me acerqué—. ¿Podemos hablar un momento? No sonó urgente. No sonó culpable. Sonó… cansado. Me detuve, pero no di el paso que nos habría dejado frente a frente. Me quedé a una distancia prudente, esa que ya empezaba a usar como defensa automática. —¿Sobre qué? —pregunté. Ares respiró hondo antes de responder. —Sobre todo esto. No necesitó especificar. Lo miré. De verdad. Vi en sus ojos algo que no había visto en Dante: miedo a decir lo incorrecto. No a perder control. A herir. —Sé que estás pasando por mucho —continuó—. Y no quiero justificar nada. Solo… Se interrumpi

