No fue una decisión dramática. Fue silenciosa. Y por eso, definitiva. Al día siguiente actué como si algo dentro de mí se hubiera apagado justo donde antes dolía. No miré el móvil al despertar. No repasé conversaciones. No busqué explicaciones nuevas para sostener lo que ya no podía sostenerse. Me vestí con calma. Desayuné sin prisas. Salí de casa sin ese nudo habitual en el pecho. En el instituto, crucé el pasillo sin bajar la mirada. Cuando vi a Dante al fondo, no desvié el rumbo… pero tampoco me detuve. Él se acercó. —Luna. Lo miré. Solo eso. —Hola. Mi voz sonó normal. Demasiado normal para lo que él esperaba. —¿Podemos hablar un momento? —preguntó. —No —respondí—. No ahora. No fue un portazo. Fue un límite. Vi cómo fruncía el ceño, desconcertado. —¿Te pasa algo conmigo?

