El idiota de Raúl no debería ser un tema de conversación entre Santiago y yo. Menos cuando hemos tenido un encuentro bastante candente. Puedo ignorar su pregunta y cambiar de tema, pero hay algo dentro que me impulsa a abrirme a él. Y no hablo únicamente de las piernas. Si no de algo más profundo, más sentimental. —¿Tú crees? —termino por preguntar. Santiago se encoge de hombros mientras sus dedos acarician la curva de mi cadera. Trato de ignorar el escalofrío que me atraviesa, pero es imposible que no se haya dado cuenta del efecto que tiene sobre mí. Acabamos de tener sexo, el mejor sexo de mi vida, y mi cuerpo sigue anhelando más. —No lo sé, pero es la única explicación para que una chica como tú, prefiera la monotonía de un pueblo —responde. Sus dedos se deslizan con maestría sobre

