Se mordió los labios, y sus ojos se llenaron de lágrimas al llegar al cuarto.
Era una réplica exacta, a su anterior habitación. Cada uno de los muebles de un color blanco y con manijas de tono rosa pálidos.
La cama, tenía un dosel, colgando sobre un respaldar cálido y blanco con capitone; incluso la cobija era la misma, se sorprendió tanto que se quedó sin habla.
—El amo, lo pensó todo. Él es muy buena persona, no tiene por qué temer.
—Esto... es increíble —comentó tartamudeante, sin poder creer la maravilla que era ese sitio.
—Lo es, por favor descanse, cuando llegue le va a dar todas las explicaciones que usted quiera.
Alma asintió. No estaba convencida del todo. Sus dudas se afirmaron, sosteniendo la perilla dorada, no cedió.
—Me dejó encerrada... ¡Maldición!
Puso los ojos en blanco, adivinando que la dejarían encerrada. Se giró sobre sus talones. Acarició con delicadeza el colchón. Tan cómodo. A diferencia del fino rincón donde dormía
Un golpeteo la despertó. Sin darse cuenta, se quedó dormida. Su torso encima del borde derecho, estaba a punto de caerse.
Aún seguía con el mismo vestido de novia, y su cabello ahora estaba despeinado.
Corrió hasta la puerta, encontrándose con el hombre más atractivo que había visto en su vida.
Era alto, levantó la barbilla, los labios entre abiertos, detonaron su sorpresa.
Unos ojos cálidos, color fuego, la miraban sin un ápice de curiosidad. Tenía la punta de la nariz muy elegante, incluso su mandíbula cuadrada, era poderoso. Su cabello, de un rubio cobrizo.
"¿En el sol parecería naranja?"
Sus músculos. Incluso se notaban debajo de ese traje de color azul.
No podía decir nada, nunca había visto un hombre tan hermoso en toda su vida.
¿Acaso sería un guardaespalda más?
—Hola, soy Esteban —comentó bajando la vista y ella lo observó con curiosidad.
—¿Es de verdad esto? —preguntó sin saber qué decir.
—Claro, aunque... no se a que te refieres ¿qué otra cosa no podría hacer de verdad?
—Es que... No puedo creer que estés aquí en realidad. No sé ni qué decir.
—Tranquila.
Ella sonrío.
—Yo...
—No me interesa tu opinión. Lo único que quería decirte... —mencionó y la sonrisa de Alma, desapareció —tienes que cumplir con el almuerzo, el desayuno obviamente y la cena. Lo tienes que hacer conmigo, no sola. No me interesa tu actitud de niña mimada.
—Yo...
—Se que has tenido hasta ahora.
—Perdona. Yo no soy una niña mimada —dijo enojada.
Se cruzó de brazos, y lo miró desafiante.
El sujeto, la ignora olímpicamente y se giró.
—Espera... Quiero saber qué hago aquí —comentó mientras lo seguía, arrastrando sus pies.
—Ni siquiera sabes caminar, ¿por qué debería yo esforzarme en explicarte algo? —preguntó sin darse la vuelta.
—Si se caminar, ¡estoy descalza! —exclamó.
—Pareces un bebé gateando —dijo.
— Oye, por favor dime una explicación.
Esteban, se encerró en una oficina, y ella lo siguió.