Un par de días en Múnich sirviendo para que mi salud mental volviera a cierta estabilidad y mis ánimos crecieron increíblemente. Alan y Erin me habían dado un tour por la ciudad, que me recordaba mucho a Dortmund, y hoy era la convención de la que mi prima me había hablado, así que Alan y yo vamos a acompañarla. —¿Y ya sabes que futbolistas van a estar? —le pregunto interesada y mi prima rueda los ojos. —No sé, Mackenzie, no me importa tampoco. —Amor, cálmate —dice su esposo tomando su mano, mientras un guardia de seguridad nos entrega nuestros pases. —Dios, odio a los futbolistas muchísimo —murmura entre dientes y yo la golpeo en la espalda para que se calle—. A ti también te odio, Mackenzie Brady. El mismo guardia de seguridad nos lleva a Alan y a mí a nuestros lugare

