El salón comunal de la Manada estaba lleno de murmullos y susurros cuando Aneliz y su abuela llegaron. Parecía que toda la comunidad se había congregado para el censo. Aneliz sintió una oleada de ansiedad al ver tantas caras conocidas y desconocidas. Habían pasado casi diez años desde la última vez que estuvo en ese lugar, y la mayoría de los rostros le parecían extraños. Sin embargo, algunos, especialmente los mayores, le recordaban vagamente a los tiempos antes del ataque.
La abuela de Aneliz la guió a través del gentío con una determinación tranquila, abriéndose paso hacia la mesa de registro. Allí, un hombre corpulento con una expresión severa les indicó dónde firmar y les dio instrucciones sobre dónde esperar.
—Tendrán que reunirse con el Alfa después del censo —dijo el hombre sin mirarlas a los ojos, señalando un área designada cerca del escenario principal—. Es una formalidad, nada más.
Aneliz sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Sabía que era más que una simple formalidad. Había oído historias de encuentros con el Alfa, encuentros que raramente terminaban bien para los involucrados. No obstante, asintió y siguió a su abuela hacia el área indicada.
El salón estaba decorado con estandartes y símbolos de la Manada, recordándole a Aneliz de sus raíces y de lo que había perdido. Las voces alrededor de ella se mezclaban en un zumbido constante mientras intentaba calmar sus nervios. Su abuela le apretó la mano, ofreciéndole un consuelo silencioso.
De repente, un silencio profundo cayó sobre la multitud. Aneliz levantó la vista y vio a Steven Stone, el Alfa, entrar en el salón. Su presencia dominaba la habitación, y su aura de poder y autoridad era palpable. Era alto y musculoso, con una mirada penetrante que parecía atravesar a todos los presentes. A su lado caminaban varios Beta, todos ellos con posturas firmes y alertas.
Aneliz tragó saliva, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con más fuerza. Steven Stone tenía una reputación bien ganada de ser implacable y feroz. Verlo en persona solo confirmaba los temores que había albergado durante tanto tiempo.
—Bienvenidos todos —dijo Steven con una voz profunda y autoritaria que resonó en el salón—. Hoy llevaremos a cabo el censo anual de la Manada. Es un momento para reafirmar nuestros lazos y recordar nuestra fuerza como unidad.
Los ojos del Alfa recorrieron la multitud, deteniéndose un instante en Aneliz. Ella sintió un escalofrío cuando sus miradas se encontraron, pero no desvió la vista. No quería mostrar debilidad.
Después de su discurso, los miembros de la Manada comenzaron a pasar uno por uno para registrarse y recibir sus instrucciones. El proceso era meticuloso y lento, pero finalmente llegó el turno de Aneliz y su abuela. Se acercaron a la mesa, donde un joven Beta les pidió que confirmaran sus datos.
—Aneliz Miller —dijo el Beta, mirando los papeles—. Tú y tu abuela deben presentarse ante el Alfa después de completar el censo.
Aneliz asintió, sintiendo nuevamente ese nudo en el estómago. Una vez más, su abuela la guió, esta vez hacia el área donde Steven Stone estaba esperando. Los demás miembros de la Manada los miraban con curiosidad, conscientes de la importancia del encuentro.
Steven los recibió con una expresión inescrutable. Su mirada se centró en Aneliz, evaluándola detenidamente. Ella sostuvo su mirada, negándose a ser intimidada, aunque por dentro sentía que se derrumbaba.
—Aneliz Miller —dijo el Alfa finalmente, su voz baja pero llena de autoridad—. He esperado este momento.
Aneliz frunció el ceño, sin comprender completamente sus palabras. Antes de que pudiera responder, Steven dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos.
—Eres mi mate —dijo, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
El mundo de Aneliz se tambaleó. No podía ser cierto. Se negó a aceptar la realidad que tenía ante sí. No quería ser la mate de alguien como Steven Stone, no quería que su vida cambiara de esta manera.
—No —dijo ella, dando un paso atrás—. No puedo aceptarlo.
Steven la miró con una mezcla de sorpresa y admiración. No estaba acostumbrado a que alguien se le opusiera de esa manera.
—No puedes rechazar lo que está predestinado —respondió, su tono más suave pero igualmente decidido—. Eres mi mate, Aneliz. Lo aceptes o no, estamos destinados a estar juntos.
Aneliz sintió que las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuvo. No podía dejar que él viera lo asustada que estaba.
—No soy tuya —dijo con firmeza—. No quiero esta vida. No quiero ser parte de la Manada.
Steven se quedó en silencio por un momento, observándola con atención. Finalmente, asintió lentamente.
—Te daré tiempo —dijo—. Pero no te equivoques, Aneliz. No renunciaré a ti. Eres mi mate y lucharé por ti, aunque tenga que demostrarte que no soy el monstruo que piensas que soy.
Con esas palabras, Steven se dio la vuelta y se alejó, dejando a Aneliz con un torbellino de emociones. Su abuela la abrazó, ofreciéndole consuelo. Pero Aneliz sabía que su vida había cambiado irrevocablemente. El Alfa había hablado, y ahora su destino estaba entrelazado con el de Steven Stone, quiera o no.