12.

1150 Palabras
12. El extraño color del cielo rojo amarillento me decía que había llegado a las runas, pero por más que me esforzara en hallar al Curaca del lugar, no lo veía por ninguna parte, al menos deseaba encontrarme con un ser vivo ya que era inútil seguir buscando en ese terreno tan inhóspito, seco. Comencé a creer que tal vez y me había equivocado de camino. Revisé el pergamino, vi que tenía que buscar en ese terreno un pequeño agujero, una cueva que anexe a la ciudad que se encontraba debajo de mí. Tardé más de un par de horas en encontrarlo. Se trataba de una cueva ligeramente oculta entre las dunas. Me parecía una broma del destino que estuviera a la vista de cualquier persona, podría dar con ella por error. Mientras iba adentrándome me vi en una escalera trabajada en la misma piedra. Entretanto me iba adentrando más y más en ese lugar oscuro, noté que me faltaba el aire y costaba respirar y que una luz rojiza comenzaba a predominar. Cuando llegué a una segunda puerta, no tan visible como la primera, vi que tres personas o lo que fueran que sean se encontraban delante de esta como si fueran la guardia del rey. Tú no debería estar aquí —sentenció uno de ellos. El del medio. A pesar de sus palabra me acerqué unos metros más y desde ese lugar pude verle mejor. Se trataba de un anciano con una túnica color ámbar, vieja y sucia. —Lo sé, pero tengo viejo y corroído pergamino —les enseñé levantándolo y sin darle importancia. —Lo sabemos todo. Vrag —respondió con un tono cansado pero atento. —Igual pienso irme de acá lo antes posible. No me está gustando nada. Solo vine para cumplir una promesa que le debía al anciano. —Síguenos. Quédate cerca de nosotros. —¿Por qué haría eso? —Porque si no lo haces, podrías caer al abismo y de ahí, hasta el día de hoy nadie ha vuelto. Miré a un costado y en efecto, se me rebeló al instante un profundo precipicio y yo me encontraba al borde. Un paso en falso y chau vida. —¡¿Qué demonios?! Retrocedí unos pasos sintiéndome una inepta. En silencio me dirigieron por calles angostas alumbradas con el fuego de illuminati. En ese momento pensé en mamá, de alguna forma ese sitio me parecía algo familiar, quizás ella me había hablado de él, pero yo no lo recordaba en ese momento, y mientras me movía con cautela, siempre detrás de los ancianos, iba admirando la luz violácea de ese peculiar fuego, desde ahí se veían construcciones pequeñas que debían ser casas que parecían abandonadas y tenían un aire fantasmal y triste. Nunca podría haber imaginado que existieran ciudades que estuvieran al margen del reinado humano y en estratos bajos de la tierra. Cuando me di cuenta nos encontrábamos en una especie de sala redonda igualmente iluminada que toda la ciudad, y los tres seres se giraron en torno a mí y se quedaron mirando con estupor, iban examinándome como a un espécimen en extinción. —¿Nunca antes vieron a una Vrag? —les pregunté. Era algo molesto que hicieran algo así, y eso que no tenía más las marcas en la cara. Me di cuenta que ya no estábamos solos y que nos encontrábamos dentro de una gran sala. Era la sala del gran Curaca. Un altísimo elfo con una túnica blanca me arrebató de las manos el pergamino del anciano. —Denle lo que pida y que se vaya –dijo en cuánto revisó el pergamino. —¿Por qué tanto apuro Curaca, tú también me temes? —Tengo todo un pueblo que cuidar, y no eres de las mejores visitantes que hemos tenido últimamente. —Sabes cómo hacerme sentir como en casa —dije con sarcasmo. Y eso que ya no tenía la marca en la cara. Me comenzaba a preguntar si era conveniente dar con otro de esos duendes poren y hacer negocios con ellos, así mi aspecto la cambiaría de una vez por todas. El Curaca que no parecía entender el comentario se limitó a proseguir. —Traes energías ambiguas. Tu destino no está marcado aún, y por todo ello, tu presencia no le hace bien a mi gente. —¿Energía ambigua? Hablando de energía ¿me obsequiarías una bola de illuminati? Así ya no tienes que temer que tu gente me vea. —Sí, si claro que sí. —Al instante, el Curaca tomó una bola de la luz que tanto me llamaba la atención y me la ofreció a modo de pago. Y una vez que le recibí, desvió la mirada, como si le causara incomodidad. —Entonces, tú tienes tu pergamino, y yo mi luz. Creo que es hora de volver arriba —dije. El Curaca miró las monedas y las piedras en el bolso que me había quedado del anciano. —¿Sabes lo que contiene las esferas verdad? —preguntó con cierto disfrute en su voz, como si supiera algo que yo no. ¿Cuáles esferas? Quería preguntar. Claro que no sabía. Solo pensaba que se trataban de monedas y unas piedras con bonitas formas y nada más, pero no eran solo monedas lo que tenía la bolsa, claro que en ese momento me estaba enterando, pero no iba a admitirlo. —Sí —respondí tajantemente. —¿Y sabes lo que implica abrirlos?—se aventuró el anciano Curaca. Claro que lo ignoraba pero de vuelta, no iba a mencionárselo y admitir que no sabía ni pio. —Creía que tú lo sabrías mejor que yo, ¿acaso no eres tan poderoso? —y con una risa, llena de confianza me despedí de ese lugar que conocí gracias al anciano—. Bien, es hora de irme. Giré sobre mis pasos y me vi regresando mis pasos. No era del todo agradable quedarse ahí, sobre todo por la falta de aire. Pero el Curaca tenía otros planes para mí, según me enteré luego, en ese momento no debía dejarme marchar como si nada. Una persona, hace mucho tiempo atrás se lo había pedido pero el peso del bienestar de todo su pueblo era mayor y aunque sintiera culpa se limitó a ver que me alejaba. Por mi parte, yo había cumplido con mi promesa, el anciano esté dónde sea que esté, debía sentirse orgulloso y en paz. Había devuelto el pergamino a su propietario, mi mamá se pondría contenta por mí. Me detuve de golpe. Era una tonta, debí aprovechar que el anciano Curaca era sabio para preguntarle qué rayos significaba Vrag. Me di la vuelta para ver si aún estaba ahí, pero ya era demasiado tarde. Me vi una vez más al pie de la entrada solo que esta vez, el nexo estaba sellado. No había paso atrás.
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