8.

898 Palabras
8. Ante sus palabras yo me encontraba confundida, nunca me había topado con un tipo que no me temiera, y mucho menos que no sintiera temor. Incluso algunos animales huían al verse cerca de mí, y no sabía cómo debía actuar sobre todo en ese momento, que, era seguro que agentes del rey me buscaban. Pero en ese momento, por más que analizaba visualmente al anciano no podía creer que solo fuera un anciano cansado, la forma de hablar que tenía, y sus gestos elegantes me daban la razón de pensar en eso, además que todas sus ropas eran casi tan haraposas como las que yo llevaba, ese no podría ser un individuo cualquiera. —Algo va mal —dije con sospechas—. No confió en ti —¿Por no temerte? —Sí. El anciano soltó una carcajada suave pero natural. —No olvides que soy un anciano, por más estúpido que me vea he vivido bastante como para asombrarme o sentir miedo fácilmente y por cualquier cosa, o en este caso, persona. —Traigo el mal en mi alma —dije como si fuera una advertencia para él. Pero el anciano no se veía afectado por mis palabras, es más parecía que no le interesaba. El anciano no cambió de cara, más parecía que todo lo que yo le decía le sonara divertido. —Yo, ya voy a morir con tu ayuda o sin ella, querida. —No comprendo —le confesé con sinceridad. Como nunca hablaba con nadie que no fuera mi madre, o Anduvia, o las buenas personas que le apreciaban a ella, me era difícil entablar conversación con la gente pero en ese momento, con ese anciano me sentía en confianza. El anciano se acomodó apoyándose en una duna y mirando al cielo me dijo: —Solo hazme compañía, pequeña. En este desierto ha sido un milagro encontrar a alguien, ni siquiera he visto un animal, pero mi hora se acerca y no quiero estar solo. Y mientras me confiaba aquello, mis ojos solo buscaban algo de valor en su viejo cuerpo. Vi que en el cinturón llevaba atada, una pequeña bolsa. —¿Qué llevas ahí? —le pregunté. —¿Te refieres a esto? Es algo que debo devolver a su dueño… —me miró a los ojos y agregó—. Y no se trata de algo robado. —¿Por qué lo cuidas tanto si dices que ya llega tu hora? —llevando las manos a mi cintura le dije:—. Te lo quitare en cuánto tu cuerpo se enfríe. —Oh, eso sería muy lamentable, ya que se lo he prometido. Y las promesas se cumplen… ¿No es así? —dijo el anciano, con un tono cargado de la misma sabiduría de mi madre—. Se lo prometí, y quisiera cumplir mi palabra, pero este cuerpo viejo no da más… —¿Entonces para qué preocuparse? Si ya no puedes devolverlo. Es inútil que te sientas mal por eso. Si no hay solución, no hay problema ¿No? —dije alzando los hombros. Aunque me hacía recordar a mi madre, y eso me ablandaba, yo, era lo suficientemente fuere para controlar mis sentimentalismo, y lo único que quería era apoderarme de ese maldito bolso, quería saber de una lo que llevaba, seguramente debía valer algo. —Sí hay una solución —afirmó entonces el anciano con voz agonizante. —No, tu morirás y yo me llevare lo que tengas encima —le confesé sin sentir pena por él pero el anciano me ignoró, solamente se concentraba en sacar algo del bolsillo pero le resultaba difícil, le costaba mucho. Por un instante comencé a sospechar que lo que buscaba era un arma y me puse en guardia. No quería ser víctima de ninguna trampa, el anciano podría ser un enviado del rey. —Descuida, no llevo armas. No me gusta, ya sabes… por los ladrones y eso... —me dijo al darse cuenta. —¿Qué es lo que tratas de sacar del bolsillo? —Esto. El anciano me lo enseñó con solemnidad. Lo que tenía en su poder era un pergamino tan viejo como lo era él mismo. Solté un bufido. Como mínimo esperaba que fuera un panecillo duro pero no. —Qué interesante —dije con sarcasmo. Estaba desilusionada—. Es un papel viejo como tú, anciano. No entendía el motivo por el que el anciano cuidaba con su alma ese pergamino viejo y roído. Me sentí burlada. —Lo comprendo —me dijo—, tú no lo entiendes pero esto es muy importante y debes creerme. —Entonces ten cuidado, que si lo sigues tocando, se destrozará por lo viejo que es —señalé. —oh, no, no es tan débil como se ve. —Se ve como un pedazo de basura. —Este pergamino en sí, es muy nuevo, pero lo que carga en él es lo que le da ese aspecto de viejo —me explicó el anciano, con brillo en los ojos, pero yo no estaba interesada y no le di mayor importancia. —Bien, hace un rato dijiste que me darías algo a cambio, si te ayudaba. Anciano, ya estás en la sombra, gracias a mí, ahora te toca pagarme. Estiré mi mano para recibir mi pago y mi panza ya me exigía algo de comer.
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